Educación

La educación vaciada de Dios

Horacio Silvestre, director del Instituto de Excelencia San Mateo de Madrid y gran defensor de las humanidades, el esfuerzo, la memorización y otras habilidades que cada vez se valoran menos en las aulas, reflexiona sobre el papel de la religión en la educación.

Horacio Silvestre·1 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

“Todo está lleno de dioses”. A Tales de Mileto, el del teorema, atribuye la tradición la cita con la que empieza esta reflexión sobre la miseria educativa que nos lleva circundando ya demasiado tiempo en España. Dado que Tales pasa por ser uno de los primeros pensadores dignos de tal nombre, quizá no deberíamos perder de vista sus palabras, por si nos pueden ayudar a entender lo malo que nos pasa y si, de eso que nos pasa, podemos encontrar una pista que nos conduzca a su remedio.

De hecho, cuando reflexiono sobre lo que ocupa buena parte de mis quehaceres diarios, se me vienen a la cabeza tres vivencias que, como se verá, nos pueden dar alguna clave para explicar el vacío enorme que se siente en la escuela española. Porque, triste es reconocerlo, el fracaso académico del que se hacen eco todos los organismos internacionales dedicados a medir los resultados de los sistemas educativos —un fracaso que quienes habitamos ese biotopo desde más de cuarenta años conocemos de primera mano— no es más que el síntoma de un caos amorfo, del barco sin rumbo en que se ha convertido la escuela española. En realidad, son dos vivencias y una experiencia lírica sublimada. Empezaré por esta última.

Una canción italiana

En una de las estrofas de la genial canción Azzurro (1966), que hizo archifamosa el cantante Adriano Celentano a partir de 1968 —pero cuya letra había salido de la pluma de Vito Pallavicini—, el enamorado protagonista de la historia declara que su melancolía presente le recordaba a cuando de niño tenía que quedarse en el patio del colegio durante el verano; y añade textualmente lo siguiente: “ahora me aburro más que entonces y ni siquiera tengo un cura para charlar”. Es significativo que uno de los elementos que llenaba el espacio y el tiempo de la escuela era la presencia de un sacerdote. 

Una cercanía perdida

La segunda escena, esta vez una vivencia personal, nos lleva a septiembre de 1983. Acababa yo de aterrizar en mi primer destino como catedrático de latín. Quizá el término aterrizar no es el más indicado, ya que para llegar a Alcañiz, en la provincia de Teruel, no era precisamente lo más práctico coger el avión. El instituto de Bachillerato se llamaba por entonces Cardenal Ram. Era un pequeño instituto para que los chicos de Alcañiz y su comarca que tuvieran interés y cualidades pudieran tener una formación académica clásica que les permitiera seguir estudios superiores en la Universidad. Había otro centro para la formación profesional. Años después de que yo pasara por allí, los unificaron; y, naturalmente, el instituto resultante perdió el capelo cardenalicio y, supongo, cualquier pretensión de que sus alumnos siguieran una formación académica clásica. 

El caso es que, cuando llegué allí, entre los profesores del claustro había dos curas, jóvenes, dinámicos, con los que solía yo discutir sobre la pronunciación óptima del latín. Yo les decía que lo mejor era emplear la pronunciación reconstruida, la que supuestamente se oiría en tiempos de César, Cicerón, Horacio o Virgilio. Así se honraría la época de mayor esplendor político y económico de Roma, que también era la época que había dado la mayor cosecha de poetas, oradores y pensadores. Ellos bromeaban y me hacían ver que, si se pronunciaba la palabra audivisti (en español has oído/oíste) como yo decía, sonaba a audigüisqui; y, claro, que el güisqui (whisky para los puristas anglófilos) no se toma por los oídos, sino por la boca. 

He de decir que aquellas conversaciones, intrascendentes en apariencia, no sólo eran simpáticas, sino incluso educativas, ya que reflejaban una realidad entrañable que formaba parte del paisaje familiar de una escuela con contenido y con sentimiento. 

La Iglesia, corazón de la educación

La tercera estampa pertenece a un paisaje lejano en el espacio, pero cercano en el corazón. Nos situamos en septiembre 2010. Me encontraba yo con mi mujer en Nauplio, una pequeña ciudad del Peloponeso, en la región ancestral de la Argólide, que tuvo el honor de ser la primera capital de la Grecia liberada del yugo turco en 1821. Allí, como también en España, estaba dando comienzo el curso escolar y tuve la oportunidad de presenciar in situ el discurso inaugural del director de uno de los ‘liceos’ de la localidad. 

Como era de rigor y como hacemos todos -cabe pensar- en los puntos cardinales del mundo civilizado, el director, vestido con la corrección debida, lanzaba a los estudiantes la arenga habitual sobre las bondades de la educación y cómo el estudio iba a beneficiarles. Los chicos, como también es natural, le prestaban poca atención y esperaban estoicamente a que acabara todo aquel rollo, entrañable, imprescindible, memorable, pero rollo a la postre. 

Lo interesante de aquella estampa era que al director en cuestión le flanqueaban dos popes. La presencia de los curas me resultó a la vez reconfortante y extraña. Era reconfortante, porque hay que recordar que Grecia y el griego se salvaron para la civilización gracias a la Iglesia, gracias a que los popes siguieron enseñando a los niños la lengua griega, para que pudieran seguir su liturgia y conocer los textos sagrados. 

La Iglesia, custodiadora de la educación

En paralelo a los escriptorios occidentales, donde se preservó de la barbarie el latín y su legado intelectual, la Iglesia Ortodoxa preservó la tradición literaria griega y salvó a la población del borrado de su lengua. 

Por otro lado, es preciso subrayar que el Renacimiento y su recuperación de la excelencia clásica lo pusieron en marcha gentes piadosas que con el estudio afinado de los textos querían despojar los textos clásicos y los sagrados de todas las inexactitudes que habían acumulado por el paso del tiempo y la falta de cuidado. Erasmo y los demás humanistas, paradójicamente, querían conocer con exactitud la Palabra de Dios. Esa es la razón de proyectos fantásticos como la Biblia Políglota Complutense de nuestro Cardenal Cisneros. La educación floreció de la mano de la Iglesia. 

La cuestión de fondo

¿Por qué me resultó extraña la presencia de los dos popes en la inauguración del curso en Nauplio? No creo que a ningún lector español se le escape la razón. Al pobre Cardenal Ram le quitaron su instituto y a todos los institutos de España les han quitado sus curas. La última vez que compartí claustro con un cura fue en Vallecas en el cambio de siglo.

Se podría decir, sin temor a equivocarse, que la educación en la España de nuestros días —y de nuestros pecados— se ha vaciado de Dios. En tal ausencia, en ese vacío, quizá, podríamos tener una de las principales causas de la ruina educativa que aqueja a lo que pomposamente se llama ‘sistema educativo’, que está lleno de palabras grandilocuentes, competencias evanescentes, tecnologías emergentes y burocracia impertinente; pero, está vacío de tradición cultural, de ideas, de contenidos, del familiar realismo español, de lenguas clásicas… Lo han vaciado de espiritualidad. Lo han sacado del axioma de Tales. 

Dios quiera que vuelva a estar lleno de todo lo valioso que nos legaron las tres atalayas de nuestra civilización: Jerusalén, Atenas y Roma.

El autorHoracio Silvestre

Catedrático de latín y director del Instituto San Mateo de Madrid.

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