Así se ha expresado el sacerdote venezolano Gustavo José Perozo Pérez, ordenado en 2020 e incardinado en la diócesis de Carora, en declaraciones a la Fundación CARF: “La esperanza persevera en los corazones de la mayoría de los venezolanos”. En la actualidad, Gustavo José Perozo cursa estudios de Derecho Canónico en las Facultades eclesiásticas de la Universidad de Navarra.
El sacerdote creció en un ambiente de fe en su país natal, pero su vocaciòn no surgió en la infancia. Fue más adelante, ya en su etapa juvenil, cuando, a través de la catequesis, su tarea de monaguillo, la parroquia, la cercanía de algunas religiosas y el testimonio del párroco, cuando comenzó a plantearse su llamada al sacerdocio. “Todo eso fue despertando en mí la búsqueda de algo más”, ha contado.
Y en 2012, con 19 años, dejó sus estudios universitarios de Geografía e Historia e ingresó en el seminario. Ocho años después fue ordenado sacerdote. Hoy asegura que “Venezuela necesita canonistas bien formados, y los necesita con urgencia”.
Formarse para la misión
Tras ser enviado por su obispo a las Facultades Eclesiásticas de la Universidad de Navarra, el joven padre Gustavo considera que “el Derecho Canónico aporta mucho a la misión de la Iglesia, está a su servicio. Desde esta perspectiva, se evidencia su contribución a la acción pastoral de la Iglesia en Venezuela, y al mismo tiempo, la necesidad de especialistas en Derecho Canónico en todas las ramas, que puedan favorecer este servicio”.
“Construir una sociedad fundada en la justicia, la verdad, la libertad y la fraternidad, y así salir de la grave crisis que aflige al país desde hace muchos años”, alentó el Papa León XIV en su Discurso al Cuerpo Diplomático en enero, al referirse a Venezuela y otros países. Y “el Derecho Canónico puede contribuir no solo en el seno de la Iglesia sino también en la compleja situación sociopolítica actual”, subraya el sacerdote venezolano al CARF.
Compromiso de la Iglesia en Venezuela
En un contexto de restricción de derechos humanos y libertades como el que ha denunciado León XIV, la acción de la Iglesia no es pasiva, sino que “permanece presente y comprometida, intentando iluminar cada realidad con criterios e iniciativas centradas en el Evangelio”, añade el sacerdote Gustavo José Perozo.
A su juicio, la acción más visible es la labor social, especialmente a través de Cáritas, con comedores, bancos de medicinas, programas de nutrición, atención médica y capacitación laboral.
Sin embargo, el compromiso eclesial va más allá: “En medio de toda la realidad vivida y sufrida, en cada lugar y de distintas formas, la presencia de la Iglesia se ha ido adecuando a las necesidades, evangelizando y ofreciendo una respuesta a cada necesidad que se le ha planteado; todo esto, fruto de una escucha comprometida y de un esfuerzo compartido”, ha señalado a la Fundación CARF.
Perfil del servicio: “una diaconía”
“Este servicio tiene, además -añade- un valor profundamente social y político gracias a muchísimos agentes pastorales que, con su entrega, disponibilidad, sensibilidad, generosidad y oración, en espíritu de comunión y caridad, y desde las instituciones propias de la Iglesia, son las manos y los pies que acercan, dan, levantan, cargan y posibilitan, en definitiva, que este servicio pueda ser un signo de consuelo y esperanza”.
De este modo, concluye: “el papel de la Iglesia trasciende el fuero intraeclesial y se vuelve una verdadera diaconía a la sociedad venezolana”. Es decir, un servicio realizado con entrega y amor.
Iglesia que sufre con su pueblo, pero esperanzada
La Iglesia en Venezuela no es una élite, sufre la misma realidad que el resto de ciudadanos, y afronta amenazas, limitaciones y consecuencias derivadas de la situación del país.
Gustavo José Perozo reconoce que el sentimiento que domina hoy es la incertidumbre, dentro y fuera. Pero hay algo que no se ha perdido: “La esperanza persevera en los corazones de la mayoría de los venezolanos”.
“El camino hacia la restauración de las instituciones democráticas será largo –afirma–, pero no es imposible”.
Despertar de la fe
Su análisis tiene, además, un enfoque positivo. Lejos de un abandono masivo de la fe, en muchas comunidades se percibe “un nuevo ardor, una reconfiguración de la experiencia de fe”, incluso en medio de duras dificultades.
“Son numerosos los jóvenes que participan en retiros, movimientos y experiencias carismáticas diversas, que los acercan a la Iglesia y los conducen luego a procesos de acompañamiento, maduración, compromiso y apostolado”, añade el sacerdote venezolano.




