Llegué quince minutos antes al Starbucks, pero no contaba con que mi invitada llegaría adelantada también. Por eso, cuando le entregué mi libro recién publicado, “Ojos nuevos. El amor es más fuerte que la pornografía” (Semillas Ediciones, 2025), la primera página carecía de dedicatoria. No importó: mi omisión quedó eclipsada por el entusiasmo de Carolina Pérez Stephens al saludarme y recibir el regalo.
—Qué gusto conocerte en persona —me dijo.
Me sentía afortunado. Tendría la oportunidad de conversar con una de las influencers más reconocidas de Chile en la batalla de proteger a los niños de las pantallas. Quizá por eso me llamó la atención el modo que tuvo ella de pedir el café: usó una fórmula complejísima que manifestaba experiencia. ¿Qué pidió? No sé, para mí, novato en cafeterías americanas, fue como presenciar un chiste: “Café descafeinado, con crema descremada; y, ¡ah!, dulce, pero sin endulzante”.
Algo así dijo. Por completar el chiste, yo le hubiera dado un vaso de agua. En cambio, le trajeron un vaso largo humeante y seductor, que envidié. Cuando fue mi turno, pedí una Coca-Cola light. Un golpe inconsciente de sobriedad, el punto de rebelión, una señal de mi valía… Pero mi sonrisa de suficiencia se desplomó cuando el vendedor me hizo ver que estábamos en un Starbucks y que, por tanto, (“idiota”, podría haber intercalado también), ahí no vendían latas. Así que, un poco avergonzado ante la mirada de Carolina, que ya estaba de camino hacia los sillones de la esquina, pedí el granizado que me sugería el cartel que tenía delante. Y, como eran las 14.00 hrs., añadí al pedido el sándwich más caro del año.
Dos libros: “Secuestrados por las pantallas” y “Atrapados por la red”
Con eso nos fuimos a sentar. Carolina, sonriendo, y yo también. Habíamos conectado desde el primer minuto. Ella lleva siete años dando la pelea, con todo tipo de iniciativas, mientras que yo llevo solo dos, con mi trabajo de capellán en colegios, un libro y un par de columnas de opinión. Por eso me venía tan bien pedirle consejo.
—En realidad, esta es nuestra tercera conversación —me salió decirle—. Pues la primera y la segunda las tuvimos mientras leía tus libros.
Me refería a “Secuestrados por las pantallas” (Zig Zag, 2022) y a “Atrapados por la red” (Zig Zag, 2024). Dos títulos que han tenido amplia difusión en nuestro país.
Ella sonrió.
—Sí —dijo—, justo eso fue lo que me pidieron de la editorial: que escribiera igual como hablo en mis charlas.
Los riesgos de tres horas de redes sociales
Vaya que lo hizo bien. Son libros breves, que evocan la conversación de apoderados de un curso. Pero Carolina no divaga, ni se va por las ramas, sino que se apoya en la neurociencia. Los niños sufren todo tipo de problemas —enseña—, pero no porque tengan la culpa —faltaba más—, sino porque sus cerebros son todavía inmaduros. Señala, por ejemplo, que “con tres horas de uso diario de redes sociales se duplica la probabilidad de sufrir problemas de salud mental”.
Lo que toca a los adultos es protegerlos de las amenazas y guiarlos en su educación. Para lograr eso, lo mejor que podemos hacer es postergar la entrega de los móviles. ¿Por cuánto tiempo? Lo más posible. Aunque cueste, aunque sea contracultural, aunque toque resistir pataletas, vale la pena enfrentar el tema, pues, ¿qué hay más valioso que el cerebro de tu propio hijo? Por ahí va el enfoque de esta autora.
Relación de la educación con las neurociencias
En este sentido, se valora que en esas conversaciones escritas, Carolina Pérez aproveche su formación universitaria. Ella es educadora de párvulos, licenciada en estética e hizo un máster de Educación en Harvard, donde conoció a fondo la relación de la educación con las neurociencias.
Ahora trabaja como directora del Jardín Infantil Starfish, tiene más de 160.000 seguidores en Instagram y la invitan con frecuencia a dar charlas en colegios, radios, programas de televisión, etc. En Youtube, por ejemplo, está disponible una entretenidísima Ted Talk que dio en Frutillar, en noviembre de 2024. Al escucharla, me llamó la atención, otra vez (junto con su preparación y manejo del storytelling), su entusiasmo.
—¿Cómo llegaste a tener este éxito en la difusión de tu mensaje? —pregunté.
—Empecé escribiendo columnas en la revista Sonríe mamá. Pasó el tiempo, yo nunca pensé que la cosa iba a escalar, hasta que me llamaron de la editorial Zig Zag para pedirme que escribiera un libro sobre los temas que trataba en los artículos. No lo podía creer. Acepté, pensando que con la plata que ganaría podría viajar a Kiev. Luego me di cuenta de que es bien difícil vivir de los libros, pero no importa.
Nos reímos.
—Y eso que has vendido más de seis mil ejemplares de tu primera obra, que es muchísimo para el género educativo.
—Cierto. Tuve suerte, porque el Ministerio de Educación se interesó y compró ejemplares para colegios.
“Cada vez me hacen más caso”
—¿Y cómo ha sido la recepción del público? ¿Sientes que tus libros están ayudando a la gente?
—Cada vez me hacen más caso. Cuando empecé, hace 7 años, estaba sola. Muchas personas creían que estaba loca cuando me veían hablar de pantallas y sus peligros para el cerebro de los niños. Pero, poco a poco, la consciencia se ha ido masificando y ahora la restricción es un propósito global.
—Debe haber sido difícil en esos primeros años, me lo imagino —empaticé—. Hoy se ha levantado una ola global de prohibiciones, incluso a nivel legislativo. Pero a pesar de eso, los papás siguen entregando pantallas a sus hijos chicos…
Energía de los libros de Dostoyevski
¿De dónde sacas fuerzas para seguir adelante?
—De Dostoyevski. Leyendo sus libros consigo la energía que necesito para remar a contracorriente, para enfrentar las resistencias de los escépticos, para dar mis charlas con sentido del humor. A veces me siento haciendo Stand Up Comedy, jaja. Es que después de leer a Fiodor, uno se siente capaz de cualquier aventura. De hecho, es tanto el cariño que tengo a ese autor, que le puse su nombre a mi perrito.
Así discurrió, más o menos, nuestra primera conversación en vivo y en directo. Aprendí, lo pasé bien. Espero que nos veamos más veces.
Testimonio desgarrador de una adolescente
Para terminar, les traigo una carta que Carolina copia en su primer libro. Se trata de un testimonio desgarrador, que explica, quizá, la energía de la autora para seguir adelante, para sonreír en los matinales de televisión, para esforzarse tanto por convencer a los padres, o para tragar saliva y mantener a su hija de 16 años sin smartphone a pesar de que todas sus amigas ya tienen uno. Con estas líneas podemos quedarnos pensando, sufrir un poco y sumarnos a la campaña de proteger la infancia.
Éste es el testimonio de una adolescente:
“Tengo quince años y a los doce me regalaron mi primer smartphone, y lo hicieron simplemente porque les dije que todos los papás o mamás de mi curso se los estaban regalando a mis compañeros. Al principio me dijeron que no, que no lo necesitaba porque mi mamá me iba a buscar al colegio, pero insistí, ya que todas mis amigas se ponían de acuerdo para las tareas y las juntas por WhatsApp. Les dije que ya no me habían invitado a tres juntas por no tener teléfono. Ese mismo día me compraron uno. Ahora pienso que ojalá no lo hubieran hecho, porque miro hacia atrás y veo lo inmadura que era. En todo caso, no los culpo.
Lo primero que hice al recibirlo fue bajar WhatsApp e Instagram, porque fueron las únicas redes sociales que me permitieron tener. (…) La única exigencia que me pusieron fue que ellos me iban a seguir en mi cuenta de Instagram, para saber qué era lo que mis amigas y yo posteábamos.
Yo estaba feliz, pasaba horas sacándome selfies y editando fotos para ponerles filtros. ¡Qué ganas tenía yo de verme realmente como me veía con el filtro!
“Mi teléfono era más entretenido que las clases”
Pasó un tiempo y mis padres me empezaron a molestar con el tema de la lectura, ya que nunca me ha gustado mucho leer, pero leía lo que me pedían en el colegio. Mis profesoras les mandaban correos diciendo que estaba bajando las notas y diciendo que ya no sacaba los libros exigidos en la biblioteca. A mí realmente no me importaba nada, mi teléfono era mil veces más entretenido que las clases del colegio.
¡Cuánto me gustaba subir fotos! Mis amigas me dijeron que todas tenían otras cuentas que sus padres no conocían y que por lo tanto no veían, así que me inventé otra cuenta aparte, y ahí sí que podía publicar sin pensar en si les iba a gustar o no a mi papá o mamá. (…).
Cuando cumplí trece mi vida se complicó demasiado. Todo el día estaba con mi teléfono, durante el día y la noche. Mis amigas hacían lo mismo y teníamos una competencia de quién tenía más likes en las publicaciones.
Mientras más cuerpo mostrábamos, más likes teníamos y a mí me daba mucha vergüenza y miedo. (…).
El paso a los mensajes directos y a las fotos
Como la competencia era quién tenía más likes, empecé a aceptar a cualquiera que me enviara una solicitud de amistad, sin siquiera revisar su perfil. (…). Un día uno de mis seguidores me empezó a escribir mensajes directos, revisé su perfil, era de mi edad y en las fotos se veía bastante bonito. Todos los días me escribía, me dijo que era de Arica y que ojalá algún día nos pudiéramos conocer. Era muy tierno y de verdad lo sentí como un buen amigo. Le empecé a contar mis problemas y siempre tenía una palabra amable.
Empezamos a pololear.
Videos en TikTok
Empecé también a postear videos en TikTok como todas lo hacían y mientras más corta era mi polera o más apretado mi pantalón, más likes y más seguidores iba teniendo.
Igual me daba vergüenza cuando en varios grupos de confesiones de mi colegio hacían preguntas sobre quiénes eran las que perreaban mejor en TikTok, porque un día salió mi nombre. Al principio me sentí súper bien, pero después empezaron las burlas. Se reían de mi pelo, que estaba un poco gorda, que mi ropa se veía mal. Realmente me quería morir. Por un lado, estaba feliz de que todos hablaran de mí, pero por otro, no quería salir de mi casa.
Mi papá y mi mamá todo el día me preguntaban por qué estaba comiendo menos y por qué andaba con la cara triste. Yo sabía por qué era, pero no quería contarles. Si les decía que me estaban haciendo bullying por redes sociales estaba segura de que iban a ir al colegio a alegar y que después me quitarían el teléfono. Prefería callar a que me lo quitaran. Varias de mis amigas estaban igual que yo y una nos recomendó una cuenta de Instagram en la que te decían qué hacer para no comer y que nadie de tu familia se diera cuenta. Yo lo único que quería era adelgazar para que no dijeran que mis videos eran malos porque era gorda.
“Quién pasaba más tiempo sin comer nada”
¡Encontrábamos tantas cuentas! No parábamos de verlas. Con mis amigas empezamos a hacer desafíos de quién pasaba más tiempo sin comer nada. Rápidamente adelgacé y la ropa me quedaba mucho mejor, ya no podrían criticarme por mi peso, estaba más flaca que muchas de mi curso.
Mi pololo me decía que estaba estupenda y todos los días le mandaba fotos para que viera los cambios. Al final la mejor técnica era comer cuando estaba con mi familia y después lo vomitaba. Todo el tiempo que estaba fuera de mi casa simplemente no comía nada. Me hice amiga por Instagram de muchas que usaban la misma técnica.
Mis padres no entendían por qué estaba adelgazando, según mi mamá era porque estaba creciendo. Fue mi profesora de Historia la que un día me llamó para hablar conmigo porque estaba preocupada por mí. Me dijo que le sorprendía verme tan pálida y con mis ojos sin brillo; que podía confiar en ella, que podíamos conversar de lo que quisiera, que me conocía desde hacía muchos años. Pero no quise decirle nada. Yo tenía una vida y cosas que contaba en mi casa y el colegio, pero tenía otra en mi teléfono. No quería que nadie se metiera en mi vida.
Propuestas de menos ropa
Un día mi pololo empezó a pedirme fotos con menos ropa y yo no quise, me daba vergüenza. Me dijo que pronto vendría a Santiago y que quería conocerme mejor, que ya llevábamos mucho tiempo con la relación virtual y que tenía una tía con casa en Santiago donde podíamos ir. ¡Cómo se enojó cuando le dije que no! No me escribió por cuatro días. Estaba tan triste que fui al baño, me saqué la ropa y le mandé la foto. Me mandó mil corazones y quedé feliz. Problema solucionado, además cedí para que nos viéramos cuando viniera.
(…) El problema explotó cuanto tuve que mandar a arreglar mi celular por un tema de la batería. Mi mamá, como sospechaba cosas, le dijo al técnico que desbloqueara todo y revisó mis fotos, videos, las otras cuentas, ¡todo!
Urgencias…., y desintoxicación de redes sociales: “volví a sonreir”
Tengo borrada de mi cabeza la conversación que tuve con ellos después de eso, ya que cuando me dijeron que tenían desbloqueado el teléfono y que habían revisado todo, me vino un ataque de pánico. Lloré sin parar, grité y no aguanté que me tocara nadie. Fue ahí cuando me llevaron de urgencia a la clínica. Me dieron algo para calmarme y pasé la noche ahí. Mi mamá durmió conmigo. Al día siguiente llegó una psiquiatra y me explicó que había tenido una descompensación producto de mi ansiedad y depresión. Lloré mucho y mi mamá lloraba conmigo.
Ahora estoy en terapia. Me quitaron el celular y yo pensé que me iba a morir, pensé en matarme. Fue un mes del terror, me tuvieron que dar remedios para dormir, tiritaba y ahí la psiquiatra me dijo que estaba pasando por un periodo de desintoxicación de las redes sociales. Pensé que la vida no tenía ningún sentido, pero poco a poco, con la ayuda y el amor de mi familia y del equipo médico, volví a sonreír”.



