La identidad católica de las instituciones educativas vuelve al centro del debate tras la salida del sociólogo Christian Smith de la Universidad de Notre Dame. No se trata de una voz marginal. Smith, profesor durante veinte años en la universidad estadounidense, ocupó la cátedra Kenan, obtuvo 15 millones de dólares en financiación externa, dirigió tesis doctorales de máximo nivel y fue, en sus palabras, “un entusiasta defensor de la misión católica de la universidad”.
Smith ha explicado los motivos de su marcha y el declive de su universidad en un largo artículo publicado en First Things, donde lamenta dejar la universidad por no ser fiel a sus principios, cuando a los 65 años “casi cualquier profesor en una situación similar seguiría trabajando cinco, diez o quince años más”.
1. Profesores católicos de verdad
Para Smith, el núcleo de una universidad no está en su estética religiosa ni en su marketing, «sino en su vida intelectual”. Y ahí, sostiene, es “precisamente donde Notre Dame, en gran medida, no logra ser católica”.
La misión oficial es clara: “La Universidad exige a todos sus académicos […] respeto por los objetivos de Notre Dame y la disposición a participar en el diálogo que le da vida y carácter”. Además, existe “una obligación y una oportunidad especiales […] de profundizar en las dimensiones religiosas de todo el aprendizaje humano”. Sin embargo, el problema es que “estas bellas palabras no se ponen en práctica de forma coherente y rigurosa”.
Uno de los puntos más delicados es el profesorado. El expresidente John Jenkins afirmaba: “Debemos contar con una mayoría de profesores y académicos católicos”. El objetivo era que los “católicos dedicados y comprometidos predominen en número entre el profesorado”.
Smith denuncia que, en la práctica, ese criterio se cumple “mediante un enfoque de ‘marcar la casilla’, mediante el cual un candidato que fue bautizado católico pero que ahora desprecia el catolicismo se considera católico”. Una institución educativa católica mantendrá su identidad solo si la mayoría de sus trabajadores son verdaderamente católicos, formados en la tradición y dispuestos a sostenerla intelectualmente.
2. Enfrentar las incoherencias con el ideario
Otro elemento grave es la falta de valentía institucional. Smith habla de “la falta de visión y valentía de los líderes” y de un liderazgo “aterrorizado ante la perspectiva de un conflicto”. Cuando surgen tensiones sobre identidad y misión, la reacción es evitar el problema. “En lugar de promover con confianza la misión católica declarada […], los líderes […] hablan con entusiasmo y luego se retraen”.
No luchar contra los empleados o directivos que “resisten activamente y […] subvierten” la misión es, a la larga, demoledor. Y si quienes denuncian incoherencias públicas se encuentran con silencio o evasivas —como ocurrió con su libro sobre educación superior católica, ante el cual hubo “silencio rotundo”—, “aquello acabará mal”.
Evidentemente, esto no quita con que pueda haber profesores no creyentes o de otras religiones que puedan colaborar positivamente con los fines de la universidad, el problema que denuncia se refiere a los que abiertamente sostienen posturas anti católicas.
3. El peligro de buscar el aplauso del mundo
Smith identifica un tercer factor corrosivo: “el anhelo de aceptación general”. La universidad “anhela desesperadamente pertenecer” al club de las grandes instituciones seculares. Pero “solo un factor hace que Notre Dame sea sospechosa: el catolicismo”. De ahí la tentación de minimizarlo.
La pregunta del propio Jenkins resuena como reproche: “Si tememos ser diferentes del mundo, ¿cómo podemos marcar la diferencia en él?”. Buscar el aplauso del mundo, la aceptación y lo políticamente correcto no es el camino para una institución que dice tener una misión específica.
4. Publicaciones Q1 y descuido de la mentoría
La ambición de convertirse en gran universidad de investigación acelera el problema. La prioridad del decanato era que el profesorado “publicara en revistas de prestigio”. La lógica de la hiperespecialización termina desplazando la integración intelectual propia de una misión católica.
El resultado es que se producen “nichos de actividades orientadas a la misión” en lugar de una integración real. Además, la presión investigadora y burocrática reduce la vida intelectual compartida: “Estamos expulsando a técnicos con doctorados, no a intelectuales con una formación sólida”. Centrarse exclusivamente en publicaciones en revistas de impacto académico implica descuidar la mentoría personal, que es decisiva para el desarrollo integral de los estudiantes.
5. Marketing y apariencia: “Aparentar en lugar de ser”
Smith también denuncia la hipertrofia del marketing. La universidad vive cada vez más en “un mundo de apariencias cuidadas”. El ejemplo simbólico es la librería convertida en tienda de merchandising. Frente al lema de Carolina del Norte, “Esse Quam Videri” (“Ser en lugar de parecer”), observa que hoy se impone el imperativo contrario: “Aparentar en lugar de ser”.
Ojo con hacer del marketing y la imagen una distracción permanente: cuando la marca suplanta a la misión, la identidad se diluye.
6. Formación intelectual y Doctrina Social
Uno de los episodios más elocuentes relatados por Christian Smith es el de una estudiante brillante de último curso de finanzas —católica comprometida y preocupada por las cuestiones ambientales— que le confesó no haber oído hablar en cuatro años de la Doctrina Social de la Iglesia aplicada a la economía.
Para Smith, se trata de una “negligencia alucinante”: formar a futuros líderes empresariales en una universidad católica sin introducirlos de manera seria en la tradición social católica es una contradicción estructural.
Una advertencia que interpela a España
Notre Dame no es un caso aislado. También en España abundan colegios y alguna universidad formalmente católica cuya identidad se ha vuelto tenue, con escasa transmisión efectiva de la fe a alumnos y familias.
La advertencia es clara: si no hay mayoría real de docentes comprometidos, si no se afrontan las incoherencias internas, si se busca el aplauso exterior y se sustituye la misión por rankings y marketing, la identidad católica se convierte en mera etiqueta. Y, como concluye implícitamente Smith con su salida, una etiqueta no sostiene una institución.



