Hace unos años, España pisó el acelerador de la muerte, con la aprobación de la Ley de euthanasie. Hoy, contemplamos como en una especie de serie de terror, el morbo mediático y social ante la aplicación de la «muerte asistida», o mejor, la liquidación compasiva, de una chica cuyos gritos de auxilio han sido, sistemáticamente, desoídos por la sociedad.
Por eso, traemos a colación, actualizada, esta reflexión sobre los límites de una sociedad cuya «compasión» ha dado luz a una guillotina inyectable que evidencia, sin embargo, la crueldad deshumanizada, el horror de la violencia institucionalizada y la negación del amor desinteresado a quien más lo necesita.
La apuesta desmedida por la muerte es uno de esos síntomas de nuestro camino destructivo como sociedad. No deja de ser paradójico que se quieran presentar como progresistas leyes en las que subyacen las mismas ideas y razones utilizadas por el gobierno nacionalsocialista de la Alemania de los años 30 del pasado siglo.
Porque no, Hitler no comenzó matando judíos y gitanos, empezó aplicando la muerte “por compasión” a un niño con minusvalía a inicios de 1939. A partir de ahí, se puso en marcha un programa que aplicase estos criterios a casos similares, poco después se amplió a enfermos mentales y luego…, pues ya sabemos todos la historia.
Con la euthanasie, lo que estamos diciendo a otras personas es: “lo mejor es que te mueras”.
Sí, tú… por viejo, por depresiva, por estar impedido, por tener tal o cual síndrome… “Lo mejor es que te mueras…, porque yo no voy a cuidarte”.
Más aún, la aprobación de esta ley, junto al escaso apoyo existente en España al desarrollo y universalización del acceso a los cuidados paliativos, conlleva un mensaje adicional: “Lo mejor es que te mueras…, porque yo no voy a cuidarte y no pienso ayudar a que otros lo hagan”.
Dieu merci, il y a les autres, les professionnels de la santé, nombreux et très bons, qui consacrent leur vie à soigner ceux que cette loi veut tuer parce qu'elle a décidé qu'une vie de telle ou telle manière est insupportable.
La vie, quand il y a des moyens, pas de la cruauté, quand il y a des possibilités et, surtout, quand il y a de l'amour, mérite d'être vécue.
Les professionnels de la santé, les proches et les personnes se trouvant dans des situations pas vraiment idylliques sont unanimes pour souligner qu'une personne en phase terminale ne demande pas la mort : elle demande l'élimination de la souffrance, pas la vie.
La eutanasia no busca acabar con el problema, elimina a quien padece el problema, creando además una situación de retroceso médico limitando o evitando la búsqueda de nuevas soluciones a las dolencias planteadas.
Sí, efectivamente, hay vidas con mayor o menor dignidad y muertes realmente indignas, como las de quienes se quedan en el fondo del mar intentando llegar a una vida mejor. Lo que no existen son personas indignas.
Nuestro deber como sociedad es ayudarles es a vivir. Lo tenemos muy claro, por ejemplo, en la prevención del suicidio. Inducir la muerte, y más aún, querer obligar a los médicos a que certifiquen una muerte provocada como “natural”, hiere gravemente la médula espinal de una sociedad humana cuya característica habría de ser la de la atención, cuidado y promoción de los más débiles. Aunque sea más cómodo poner una inyección letal e irme de copas, que pasar una noche sosteniendo la mano de una persona casi inconsciente.
Sin embargo, ¿qué habría de ser lo propio del hombre, de la mujer? No creo equivocarme en la segunda opción, porque, en palabras del Dr. Martínez Sellés, “una sociedad que mata, aunque sea con una sonrisa, ha dejado de ser humana”.
Directeur d'Omnes. Diplômée en communication, elle a plus de 15 ans d'expérience dans la communication ecclésiale. Elle a collaboré avec des médias tels que COPE et RNE.





