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Cuatro fechas
22 Agosto 1770 , nace en Stuggart.
1788-1793. Formación teológica en el seminario de Tubinga.
1807 Publicación de la Fenomenología del Espiritu
14 noviembre 1831, fallece en Berlín
Estudió en el seminario protestante de Tubinga junto con Schelling y Hölderlin, unidos los tres por su admiración hacia Fichte, el fundador del idealismo alemán. Hölderlin habría de expresar su comunidad de ideas en una lirica de naturaleza pertransida de Espíritu, y Schelling alcanzaría la fama como profesor universitario creador de su propio sistema filosófico idealista. Georg Hegel, mientras tanto, vivía desconocido y casi en la miseria. Pero cuando su estrella brilló con la publicación de su obra, llegó a eclipsar, catedrático ya de la universidad de Berlín, a la de Fichte y Schelling, como cumbre del idealismo alemán. Toda la filosofía posterior será derivación de Hegel o reacción a él, por lo que es considerado padre de la filosofía contemporánea. El conocimiento de su filosofía es pues indispensable para comprender con profundidad las corrientes de pensamiento de nuestra era.
A) Exposition
En el magnífico edificio Kantiano, construido por el filósofo de Könisberg para salvar como apriorismos del entendimiento el ser (las sustancias), la causalidad, y otras categorías indispensables que parecían desaparecidas para siempre en el naufragio de David Hume, se encontró muy pronto una flagrante contradicción: si la causalidad es un a priori del entendimiento y no es algo real, ¿cómo puede el mundo exterior causar sus impresiones en mí, para dar inicio al conocimiento?
La solución de Fichte solo se comprende en la nueva sensibilidad romántica, liberal: deshacerse de un manotazo del mundo exterior y quedarse con solo el I -en vez del ser- como el punto de partida de la filosofía. En una evolución dialéctica – tesis, antítesis, síntesis- el mundo aparece como antítesis del "I": como el “no Yo” . Esta se oponía al Yo, lo limitaba, siendo la síntesis esa limitación suya que Fichte escribe como “I” con minúscula. A raíz, parece, de una conversión personal posterior, Fichte el introduce el Espíritu en su filosofía, pero habrá de ser su continuador Friedrich Schelling quien le encuentre el lugar adecuado en la dialéctica: El Yo o sujeto sería el Espíritu subjetivo, el cual se objetiva, se pone delante de sí como objeto (ob-iectum) de propio conocimiento, como Naturaleza o Espíritu objetivo, y al conocerse éste a sí mismo deviene en Espíritu absoluto.
Esta será la inspiración inmediata de Hegel, quien encontrará demasiado ateo empezar la filosofía por el Yo, y más reverencial poner el origen del proceso dialéctico en Dios, o, en términos de su propia filosofía, en la Idea: Kant había tenido problemas de coherencia al partir de ambas realidad e idea, así que él solo partirá de la Idea y dejará que lo demás aparezca como su evolución lógica, dialéctica, en una filosofía que será a la vez un panteísmo de carácter spinoziano y un panlogismo de carácter idealista: aquella filosofía que no solo parte de la Idea sino que en ella todo es Idea.
Del yo a la idea
Se refiere también a este punto de partida como el “Ser” ya que “ser” es la idea más universal, la más abstracta o pobre en concreciones o determinaciones: “Ser es nada” llega a decir, y no le falta razón en su mentalidad logicista, pues al decir “ser” no se predica nada. Es ésta la “Idea en sí”, pues no supone conocimiento alguno, nada dice siquiera de sí misma. Pero devendrá en “Idea para sí” , o “Idea” en sentido propio, cuando, en un proceso atemporal de autoconocimiento, sea llenada de todas las posibles determinaciones (formado Hegel en un seminario, se inspira aquí en la concepción trinitaria de san Agustín, para quien todas los seres han sido “antes” seres posibles o ideas ejemplares en Dios, de modo que todas las verdades son participación de la única Verdad, la Palabra del Padre). Y dirá, inspirado en sus predecesores, que este proceso lógico, atemporal, tiene carácter dialéctico: cada tesis es negada por una antítesis, llegándose después a una síntesis como negación de la negación al reconocer en la tesis parte de la verdad, reconocer una nueva determinación, pero no aún toda la verdad. Por esto dice, citando a Spinoza, “omnis determinatio est negatio”, y también: “ser espinoziano es el principio de todo filosofar”.
Este proceso de mediación atemporal desde el Ser, o “Idea en sí” hasta la “Idea para sí”, o simplemente Idea (o Logos, o Verdad) es un proceso puramente lógico y por tanto necesario. Pero la Verdad total incluye en particular esta verdad, incluye la necesidad de este proceso, y , al conocerla, es libre (pues ésa es la concepción de la libertad en Hegel: “En la percepción sensible, por ejemplo, y en el sentimiento, yo me encuentro confinado y no soy libre, pero soy libre cuando soy consciente de este sentimiento mío”).
El Espíritu y la libertad
En un acto entonces de suprema libertad, la idea sale fuera de sí misma, para ser lo otro, lo fuera de ella, y es a esta “Idea fuera de sí” a lo que Hegel llama Espíritu, y añade que esta procesión del Espíritu desde el Ser y la Idea es lo representado en religión por la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo.
Para al ser su concepción panteísta, e inspirado en un Schelling para quien la naturaleza es espíritu (y así en la poesía de Hölderlin) entiende Hegel la procesión del Espíritu como lo mismo que la creación del Mundo:
El espíritu existe solamente en tanto que se produce, da testimonio de sí y se muestra, se manifiesta. En su testimonio se produce a sí mismo. Esta es la idea fundamental. Expresado en la representación: Dios espíritu o amor (esto es, uno); es decir, Dios sse enajena (se aliena) a sí mismo, para comunicarse, para entregarse a lo otro. Y aquí sobrevienen de repente las apariencias del ser dado, del haber percibido, etc…. Aquí tiene su puesto todo lo histórico.
Dans la Nature es Espíritu inconsciente de sí mismo, oculto en una cáscara material que ha de llegar a romper hasta llegar a conocimiento de sí mismo. “Conócete a ti mismo” es el único mandamiento que ha recibido el Espíritu para así devenir “Espíritu Absoluto” o consciente de sí mismo. Este proceso temporal de autoconocimiento, puntual repetición de aquel proceso atemporal de autoconocimiento desde el Ser hasta la Idea, es la Historia, ya que para Hegel es ésta lo mismo que la Historia de la filosofía, ya que la filosofía de cada pueblo, su cultura, es su floración más plena.
La historia como autoconocimiento
Sabemos cómo esto ha sucedido: adoptando la naturaleza formas cada vez más organizadas hasta aparecer el hombre y expresar éste la verdad universal primero en forma de mitos, luego en la representación religiosa, y finalmente en la filosofía, la cual remonta el vuelo al atardecer como como ave de Minerva. Así la llama porque la filosofía es inicialmente belicosa con los mitos y con la religión, pero al final comprende, en su madurez, que ellos expresaban ya, a su modo, su misma verdad.
Esta es la filosofía germánica, que Hegel hace empezar en Descartes, lo que expresa en términos reminiscentes del sacro imperio romano-germánico: «El mundo griego ha desarrollado el pensamiento hasta la Idea. El mundo cristiano o germánico ha concebido el pensamiento del Espíritu».
El Espíritu Universal es en cada filósofo espíritu subjetivo (lo que ve representado en la religión por la «Gracia») y éste es objetivado en las leyes constitutivas del estado: «La voluntad libre quiere solamente las determinaciones que existen en la voluntad universal. Por consiguiente, con estas determinaciones de la voluntad universal se establece la libertad civil, el derecho racional, la verdadera y justa constitución del Estado».
No reconocer la universalidad del Espíritu en cada hombre, en cada filósofo, es la blasfemia contra el Espíritu que no será perdonada: negar que sea Santo, esto es, universal. «El gran quehacer del mundo es ahora conocer a Dios como espíritu y en el espíritu; y este quehacer ha correspondido al pueblo germánico». «La religión cristiana contiene el dogma, la intuición de la unidad de la naturaleza divina y de la humana. Esto ha sido revelado a los hombres por Cristo, Hombre y Dios. La idea subjetiva y la idea objetiva son aquí una misma cosa. Este es el principio germánico, esta es la unión de la subjetividad y la objetividad».
B) Crítica
“La idea subjetiva y la idea objetiva son aquí una misma cosa. Este es el principio germánico, esta es la unión de la subjetividad y la objetividad». No es posible resumir mejor el idealismo alemán, como tampoco es posible resumir mejor sus amenazas. Cuando la objetividad del Estado es la subjetividad de un individuo, de una minoría («el partido»), o de una clase («el proletariado») -pues en ellos se manifiesta el espíritu universal- entonces una nación entera es sometida a la dictadura de un individuo, de una minoría o de una clase. Esta es la base filosófica para la justificación del estado totalitario, que será la propuesta política de Hegel, y de la filosofía política que seguirá en su estela.
La filosofía de Hegel influyó en el sentido común, permeó en él, dejando el terreno abonado para los regímenes totalitarios del siglo que siguió. En el caso de los regímenes comunistas, por ejemplo, la línea Hegel-Marx-Lenin parece claramente trazada como inspiración de una ideología política del siglo XX en esta filosofía del siglo XIX, y de ella habremos de tratar más tarde (Pero afortunadamente trataremos también de la filosofía existencialista de Kierkegaard que puso el acento en la persona por encima de la colectividad, un mejor augurio para el pensamiento político posterior).
De Hegel a Marx
Y es que, una vez negada la distinción entre Espíritu y Materia, es cuestión ya de mera de nomenclatura (como el propio Marx observa) que se afirme que todo es espíritu en necesaria evolución dialéctica o que es materia en necesaria evolución dialéctica. Este último es el principio de la revolución como programa de acción de carácter dialéctico: el revolucionario ha de ser inconformista y negar la propia ordenación humana en que vive, porque así es como la hará progresar hacia la totalidad. Por la revolución, la voluntad subjetiva se hará objetiva, imponiendo su ley a la sociedad. La revolución socialista costará a Rusia cien millones de muertos, profetizó Dostoyevski en «Los Demonios», y en un recuento de Solzjenitzin, en que se incluían los muertos de la guerra, no se llegaba lejos de los cien millones. Los campos de concentración de los que algunos hemos sido contemporáneos son por sí mismos una refutación de Hegel. La historia, que para Hegel extrae las consecuencias necesarias -y al menos esta vez lo ha hecho- , se ha encargado ya de refutarle, aunque costando la vida y el sufrimiento de muchos.
La filosofía subjetivista está ahí, en desarrollo perfectamente coherente desde Descartes hasta Hegel. Los frutos también están ahí, y una comprensión profunda de esta filosofía incluye también la necesidad de sus frutos. Basta entonces, en la misma vena hegeliana de las «representaciones» religiosas, aplicar al árbol de Hegel las palabras de Jesucristo «Por sus frutos los conoceréis». Tan lejos nos ha llevado la puesta en duda cartesiana del «Res Sunt» en aquel «De omnibus dubitandum» implícitamente panteísta, ya que todas las cosas entiende como necesarias, al proponer que su existencia sea deducida en vez de observada. Se encargará la historia de la filosofía de hacer explícito lo que en Hegel era implícito, y el panteísmo hegeliano, ya en forma de ateísmo, privará de fundamento cualquier norma moral, pues “si Dios no existe, todo esta permitido” como es repetidamente afirmado en Les Frères Karamazov
La filosofía de Hegel tendría más sentido si la historia hubiera acabado, en efecto, al mismo tiempo que la vida de Hegel. Pero Hegel murió, y la vida resultó ser más rica porque siguió. El tiempo ha seguido y la historia continua. Así pues la filosofía de Hegel predice su propia descomposición cuando determina que la filosofía acaba en él ya que el hombre seguirá filosofando, barco siempre a la deriva, siempre navegando y al mismo tiempo encallado en las tres preguntas kantianas: ¿que puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué me es permitido esperar?
La verdad cede ante la voluntad
Cualquier verdadero hegeliano debe negar la filosofía de Hegel. Ha habido de hecho hegelianos que han tomado en serio esta recomendación y han sido críticos con el pensamiento del maestro desaparecido, suponiendo en esto, en el fondo, su misma filosofía. Así, cuando Marx hace su critica de la filosofía, se limita a criticar la de de Hegel, pues afirma, con el pensador alemán, que ésta comprende cualquier otra filosofía. El resultado es que Marx, suponiendo lo mismo que está criticando, niega la filosofía de Hegel (¡sin dejar de ser hegeliano!) y con ella toda la filosofía, llegando a su famosa afirmación, paradójico puerto final de la aventura racionalista y desenmascaramiento de su raíz voluntarista: «El mundo no hay que interpretarlo, como hacen los filósofos, ¡Hay que transformarlo!» La verdad ha perdido la partida final. En adelante será sustituida por la voluntad, por la praxis revolucionaria de Karl Marx o la voluntad de poder de Friedrich Nietzsche.
La descomposición de escuela que tuvo lugar en las filosofías posthegelianas no ha sido pues sino la manifestación histórica, temporal, de una contradicción interna en la entraña misma de la filosofía idealista: Cuando el espíritu se ha absolutizado, al final ya del proceso dialéctico, ¿por qué no una nueva negación de éste, que haga continuar el proceso indefinidamente? Y si el proceso es indefinido ¿cuándo el espíritu subjetivo llegará a ser Espíritu Absoluto?
Hegel, digámoslo finalmente, es de enorme importancia en la historia de la filosofía, no sólo porque toda la filosofía posterior depende de un modo u otro de su obra, sino porque ha sido sumamente aclaratoria. No se ha dejado llevar por ningún prejuicio, y nos ha mostrado el puerto de llegada del punto de partida cartesiano.
Université Complutense de Madrid. SCS-Espagne.





