Stranger Things va a jalonar las navidades de 2025 con el estreno de sus últimos episodios, en inteligentísima maniobra comercial para convertir el fenómeno que ya es en parte del «mapa emocional» de toda una generación. No es difícil imaginar que, dentro de unos años, muchos volverán a verla cada diciembre no tanto por la trama como por el recuerdo preciso de aquella Navidad en que la descubrieron por primera vez. Así, la serie acabará funcionando casi como ancla: no se revisitará Stranger Things, se regresará a «aquella Navidad».
A los nacidos en España durante los años ochenta nos ocurrió algo parecido, aunque sin algoritmo que lo anticipara. También nosotros arrastramos un pequeño canon navideño que no responde a criterios estéticos ni a jerarquías cinéfilas, sino a pura sedimentación afectiva. Nuestro archipiélago sentimental navideño, podría llamarse, películas vistas una y otra vez, casi siempre en los mismos días, que terminaron por confundirse con el propio calendario litúrgico del año.
A la cabeza de mi lista —personal y subjetiva, claro está— habría que poner A Charlie Brown Christmas (1965), que cierto canal de pago traía puntualmente todos los años en diciembre, con aquel árbol enclenque inyectándonos anualmente una buena dosis de tristeza suave, y enseñándonos que la Navidad podía ser melancólica sin dejar de ser verdadera.
Después Mickey’s Christmas Carol (1983), primera aproximación de muchos a Dickens, con fantasmas que daban más risa que miedo y cuyo oppening, si se oye pasado el tiempo, dará punzada de nostalgia a todo el que lo escuchó de niño. Enseguida llegarían los desajustes: Gremlins (1984), que puso luces del chino pretendidamente navideñas al caos de aquellas criaturas viscosas saliendo de los regalos; y Home Alone en sus dos partes (1990–1992), auténticos rituales domésticos donde la risa se repetía exactamente igual cada año, sin desgaste posible como no fuera el del viejo VHS en donde la veíamos.
También Tim Burton se coló en aquellas Navidades, quizá no tanto como director cuanto como constructor de imaginarios, infiltrando su estética de cuento torcido en nuestro diciembre doméstico. Edward Scissorhands (1990), con aquella nieve artificial y aquella ternura herida; y The Nightmare Before Christmas (1993), gótica y festiva a un tiempo, llegaron para integrarse en nuestra memoria navideña con la misma naturalidad que los villancicos o el espumillón.
En ese mismo ecosistema entraron Le Noël des Muppets (1992), un mélange improbable d'humour, de tendresse et de rédemption, et Le Prince d'Égypte (1998), qui, bien que n'étant pas à proprement parler un film de Noël, était néanmoins profondément solennel, biblique et grandiose – suffisamment pour s'intégrer à cette époque où tout semblait devoir être important. Pour clore mon propre panthéon, Wallace et Gromit : une journée formidable (1989), un doit Un Noël qui s'est glissé dans notre imaginaire collectif avec un humour très britannique et une ambiance de conversation décontractée après le dîner.
Puis ils arriveraient Harry Potter, Le Seigneur des Anneaux, Avatar et autres sagas monumentales. Nous les avons appréciées, bien sûr, mais elles ne nous touchent plus de la même manière. Ces films allaient devenir le domaine de la génération suivante, celle qui a grandi bercée par les avant-premières et les marathons cinématographiques. Pour nous, le panthéon était déjà clos.
Et il n'y a pas de conclusion claire à tout cela. Il ne peut y en avoir. Comment mettre un terme à une chronique qui n'a jamais été qu'une image figée de jours révolus ? Revoir ces films chaque Noël n'ouvre aucune perspective d'avenir ni ne promet aucun renouveau.
Au fond, il s'agit d'un plongeon délibéré et complaisant dans le passé. Quelque chose de stérile, d'improductif, de répétitif. Une perte de temps absolue. Et peut-être, précisément pour cette raison, si humain.
Parce que dans un monde qui exige plus que jamais le progrès à tout prix, le progrès pour le progrès, l'économie frénétique du temps, il y a quelque chose de profondément nécessaire à s'arrêter seulement pour revenir. Sans rien apprendre de nouveau. Sans aggiornamenti culturellement parlant. Sans grandir. Uniquement pour le plaisir — presque enfantin — d'y revenir.





