Evangelizzazione

¿Cuál es el pensamiento político de san Agustín?

Cada 28 de agosto la Iglesia celebra a Agostino d'Ippona, pensador incansable que no solo iluminó la teología, sino también la política. San Agustín recuerda que el Estado es un instrumento imperfecto para ordenar un mundo herido.

Santiago Leyra Curiá-28 de Agosto de 2026-Tempo di lettura: 4 minuti
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San Agustín y los donatistas, Charles-André van Loo ©Wikipedia

El pensamiento político de san Agustín de Hipona (354-430 d.C.) no se encuentra en un tratado sistemático, sino que surge principalmente de su obra monumental La Ciudad de Dios (De Civitate Dei). Su visión es profundamente teológica: la política es una consecuencia de la naturaleza humana caída y una herramienta para mantener un orden mínimo en un mundo imperfecto.

Estas son las ideas fundamentales que definen su pensamiento:

1. La Teoría de las «Dos Ciudades»

Es el eje central de su filosofía. Agustín divide a la humanidad en dos grupos basados en el objeto de su amor: La Ciudad Terrena (Civitas Terrena), formada por quienes viven según el hombre y se aman a sí mismos hasta el desprecio de Dios. Su motivación es la ambición de dominio y los bienes temporales; La Ciudad de Dios (Civitas Dei), formada por quienes viven según Dios y le aman hasta el desprecio de sí mismos. Su meta es la paz eterna. Estas ciudades no se identifican estrictamente con el Estado y la Iglesia. Son realidades místicas y morales que coexisten mezcladas en la historia hasta el final de los tiempos.

2. El Origen y Función del Estado

Para San Agustín, el Estado no es una institución «natural» en el sentido de perfección (como pensaba Aristóteles), sino una necesidad tras el Pecado Original. Remedio contra el mal: El Estado existe para imponer orden, castigar el crimen y garantizar una «paz terrenal» mínima que permita a los hombres convivir sin destruirse. Poder coercitivo: La autoridad política tiene el derecho de usar la fuerza y la ley para refrenar la maldad humana. Sin justicia, Agustín afirmaba que los reinos no son más que «grandes bandas de ladrones» (magna latrocinia).

3. La Concepción de la Justicia y la Paz

Agustín redefine estos conceptos clásicos bajo una lente cristiana: Justicia: Siguiendo la tradición, es «dar a cada uno lo suyo», pero añade que no puede haber verdadera justicia en una sociedad que no da a Dios el culto que le corresponde. Paz: La define como la «tranquilidad del orden» (tranquillitas ordinis). El objetivo del gobernante debe ser preservar este orden para que los ciudadanos (incluidos los cristianos) puedan realizar sus actividades en seguridad.

4. Relación Iglesia-Estado (Agustinismo Político)

Aunque Agustín defendió la autonomía de las funciones, sentó las bases de lo que más tarde se llamó «agustinismo político». Colaboración: El Estado debe servir a los intereses de la Ciudad de Dios, protegiendo a la Iglesia y, en ocasiones, empleando su poder para combatir la herejía (como hizo con los donatistas). Subordinación moral: El gobernante cristiano debe ser un «ministro de Dios», actuando con humildad y poniendo su poder al servicio de la piedad.

5. La Teoría de la Guerra Justa

San Agustín es uno de los primeros en sistematizar cuándo es lícito para un cristiano participar en un conflicto bélico. Una guerra es justa si: Es declarada por una autoridad legítima. Tiene una causa justa (como responder a una agresión o recuperar bienes robados). Se busca la recta intención (el fin último debe ser siempre la restauración de la paz, no la venganza o la crueldad).

El pensamiento de San Agustín no solo tiene actualidad, sino que ha experimentado un resurgimiento en la ciencia política contemporánea (especialmente a través del llamado «realismo agustiniano»). Su visión ofrece un contrapunto crítico a las ideologías que prometen utopías o soluciones definitivas a través del Estado. Algunos puntos donde su pensamiento sigue siendo más vibrante hoy son:

1. Realismo Político y Crítica a las Utopías: Frente a las visiones modernas que creen en el progreso ilimitado o en que la política puede «salvarnos», Agustín recuerda que el Estado es una herramienta limitada. Vigencia: Ayuda a entender por qué las instituciones suelen fallar. Su «pesimismo antropológico» (la idea de que el ser humano es falible y egoísta por naturaleza) es la base del realismo político moderno, que prefiere sistemas de pesos y contrapesos en lugar de confiar ciegamente en la bondad de los líderes.

2. El Estado como «Mal Menor» y la Paz Social: Para Agustín, el fin del Estado no es hacernos felices o virtuosos (eso corresponde a la esfera personal o espiritual), sino simplemente evitar que nos matemos unos a otros. Vigencia: En sociedades polarizadas o en conflicto, su idea de la «paz de la ciudad» (un orden mínimo y funcional) es muy pragmática. Sugiere que es mejor un orden imperfecto que el caos absoluto, lo que resuena en debates sobre estados fallidos o intervenciones internacionales.

3. La Justicia como Medida de Legitimidad: Su famosa frase: «Sin justicia, ¿qué son los reinos sino grandes bandas de ladrones?» sigue siendo el estándar para juzgar la corrupción política. Vigencia: Agustín nos da una herramienta para deslegitimar gobiernos que, aunque tengan leyes, no buscan el bien común. Hoy se aplica para criticar cleptocracias o regímenes donde el derecho es solo una fachada para el saqueo de recursos.

4. Pluralismo y «Dos Ciudades»: Agustín argumenta que los ciudadanos viven en una tensión constante entre sus valores éticos/espirituales y las demandas del Estado. Vigencia: En un mundo globalizado y multicultural, su idea de que la identidad de una persona no se agota en su nacionalidad o en su obediencia al Estado es fundamental para defender la objeción de conciencia y la libertad de creencias frente al totalitarismo.

5. La Teoría de la Guerra Justa: Es quizás su legado más práctico y consultado por expertos en ética militar y derecho internacional. Vigencia: Los criterios agustinianos (autoridad legítima, causa justa y recta intención) siguen siendo la base de los protocolos modernos sobre cuándo es lícito usar la fuerza y cómo debe limitarse el daño a civiles.

En resumen, Agustín es «actual» porque es un antídoto contra el fanatismo político. Al enseñar que ninguna estructura política será nunca perfecta («la Ciudad de Dios no es de este mundo»), invita a una participación política más humilde, menos dogmática y enfocada en soluciones prácticas para la convivencia.

Algunos filósofos modernos (como Hannah Arendt o Reinhold Niebuhr) reinterpretaron a San Agustín para la política del siglo XX.

El «agustinismo político» moderno nos sugiere que: No debemos sacralizar la política: Ningún partido ni líder es un salvador; son gestores de un orden imperfecto. Vigilancia crítica: Como el poder tiende al «deseo de dominio» (libido dominandi), los ciudadanos deben estar siempre alerta ante los abusos de justicia. Compromiso sin fanatismo: Se puede trabajar por un mundo mejor sin caer en la desesperación cuando las cosas fallan, porque se sabe de antemano que la perfección no es de este mundo.

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