FirmeRenata Milán Morales

Por qué la política necesita de nosotros

La Doctrina Social de la Iglesia ofrece claves para distinguir entre los principios morales irrenunciables y las distintas propuestas políticas, ayudando a votar con criterio propio sin caer en la polarización ni en las lealtades ideológicas ciegas.

31 de Ottobre de 2026-Tempo di lettura: 3 minuti
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Hay una escena que se repite casi sin darnos cuenta cada vez que se acercan unas elecciones. Da igual si estás en la cafetería de la facultad, en el grupo de WhatsApp de tus amigos o en una comida familiar: en cuanto alguien saca el tema de la política, la conversación se vuelve insostenible. O estás con unos, o eres el enemigo. Parece que no hay término medio, ni espacio para dudar con honestidad, ni lugar para decir: «Oye, pues en esto no lo veo tan claro». Nos piden una lealtad a ciegas a una tribu ideológica, como si pensar por nosotros mismos se hubiera convertido en algo prohibido.

Esto hace que el momento de ir a votar se acaba convirtiendo en un dolor de cabeza. ¿Qué haces cuando lo que crees no cabe en un solo partido? Si te preocupa de verdad que la gente tenga un trabajo digno, un salario decente y que nadie se quede tirado, parece que el ambiente te empuja hacia un lado. Pero si al mismo tiempo defiendes la familia, la libertad para educar a los hijos o la dignidad de la vida, te encuentras con que ese mismo bando te exige tragar con un paquete entero de cosas que te chirrían por completo. Y si miras al otro lado, te pasa exactamente lo mismo. Al final te quedas con una sensación muy incómoda: la de sentir que cualquier papeleta que metas en la urna te obliga a traicionar una parte de lo que eres.

La economía y la ciencia política nos enseñan que las cosas de la sociedad son complejas y tienen muchas caras. Sin embargo, en el día a día hemos cambiado el debate serio por los trazos gruesos y el grito. Nos han hecho creer que la política es un partido de fútbol donde el que piensa diferente no solo está equivocado, sino que es una mala persona.

Por eso me parece tan potente la propuesta que hace la Doctrina Social de la Iglesia, desde que León XIII escribió la famosa Rerum Novarum hace más de un siglo. No es un programa electoral ni un sello de aprobación para ningún partido político. Es algo mucho más inteligente: romper la división entre izquierda y derecha y ordenarlo todo de arriba a abajo. ¿Cómo se traduce esto a la vida real? En algo tan sencillo como separar dos cosas que nos han enseñado a mezclar: el principio moral y el juicio prudencial.

Arriba del todo están los principios morales, lo que no se negocia. Son las cosas que de verdad importan: tratar a cada persona con dignidad, cuidar al que lo pasa mal, defender la vida o buscar el bien de todos. Eso es sagrado, no se vende por un puñado de votos ni cambia según sople el aire.

Pero justo debajo viene la estrategia y la gestión diaria: el juicio prudencial. Y aquí es donde la política se vuelve un espacio normal para hablar y debatir como personas adultas. El juicio prudencial es la pregunta práctica: «Vale, ¿cómo conseguimos ese objetivo de la mejor manera?».

Piensa en algo tan concreto como el empleo. Que todo el mundo tenga un trabajo con un sueldo justo es un principio innegociable. Nadie con dos dedos de frente va a discutir eso. Pero ¿cuál es la mejor manera de lograrlo? ¿Es mejor dar ayudas directas y regular más, o es mejor bajar impuestos y dar facilidades a las empresas para que creen puestos de trabajo? Eso no es un dogma de fe. Eso es debate económico, sentido común y discusión civilizada. Dos personas con los mismos valores pueden pensar de forma totalmente distinta sobre qué medida económica funciona mejor. Unos tirarán por una receta más social y otros por una más liberal, y los dos pueden estar actuando de corazón y con toda la buena intención. Ninguno está traicionando nada por preferir una herramienta práctica diferente.

Tener esto claro lo cambia todo cuando llega el momento de votar. Te quitas de encima la obsesión de buscar el «partido perfecto», porque sencillamente no existe. Votar no es hacer un acto de fe ni hacerte socio de un club. La regla es fácil: puedes apoyar a un candidato aunque no te guste cómo gestiona la economía o no coincidas en sus medidas prácticas, porque nadie es perfecto. Pero lo que no puedes hacer es darle tu voto a alguien que pise directamente los principios éticos más básicos.

Cuando ves las cosas así, la política deja de dar miedo y deja de sentirse como una trinchera. Empiezas a mirar la realidad con mucha más serenidad. Te das cuenta de que no necesitas que ninguna tribu te diga lo que tienes que pensar, porque tienes tus propios criterios y una libertad que nadie te puede quitar.

Quienes tenemos ganas de construir algo con sentido no necesitamos que nos suelten discursos desde ninguna tribuna. Necesitamos herramientas para pensar, perder el miedo a debatir con respeto y darnos cuenta de que entender cómo funcionan las cosas nos hace mucho más libres. Porque pararse a pensar con la cabeza bien fría no solo nos ayuda a entender el mundo, sino que nos da la fuerza para tomar nuestras propias decisiones sin que nadie decida por nosotros.

L'autoreRenata Milán Morales

Periodista.

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