Salí a pasear a mi perrita, inquieta y curiosa como siempre. En el condominio donde vivo es obligatorio llevar a las mascotas con correa. Lo sabía y normalmente lo cumplía. Sin embargo, aquella tarde me detuve a orar ante una hermosa escultura de la Virgen y pensé en soltarla. Dudé unos instantes. Finalmente, me convencí: mientras yo permaneciera allí, ella podría explorar los alrededores sin causar problemas.
Me equivoqué. Apenas había pasado un minuto cuando apareció otro perrito y la mía lo atacó. Corrí a separarlos y pedí disculpas. La dueña del animal agredido estaba furiosa; yo no sabía dónde meterme. Ambos perros terminaron con pequeñas heridas. Mi decisión, aparentemente inofensiva, había provocado un daño que podía haberse evitado.
Después, medité sobre los límites y su razón de ser. Mi perrita quiere correr sin restricciones, pero sus impulsos pueden llevarla a lastimar o a salir lastimada. La correa permite que ella y los demás disfruten del espacio compartido con seguridad. Aquella regla comunitaria custodiaba un bien que mi imprudencia había puesto en riesgo.
La comparación tiene límites: nosotros somos personas, capaces de comprender, deliberar y amar. Dios no pretende conducirnos como a mascotas. Precisamente por nuestra dignidad, nos invita a reconocer el bien y elegirlo libremente. Pero aquella experiencia doméstica me hizo preguntar cuántas veces confundimos libertad con ausencia de toda restricción.
Podemos elegir nuestras acciones; no podemos decidir arbitrariamente que sus consecuencias desaparezcan. Tampoco convertimos algo en bueno por desearlo intensamente. La libertad necesita verdad: acerca de quiénes somos, del valor de los demás y del bien que compartimos.
San Juan Pablo II desarrolla esta relación en Veritatis splendor. En el número 35 explica que la ley divina protege y promueve la libertad. Dios conoce el bien humano y lo propone en sus mandamientos. Su autoridad no nace del capricho de quien impone prohibiciones, sino de la sabiduría y el amor del Creador.
El Decálogo ofrece así una gramática de la convivencia: protege la vida, la fidelidad, la verdad, los bienes ajenos y nuestra relación con Dios. Sus prohibiciones resguardan bienes positivos. Detrás del «no matarás» hay una afirmación inmensa: tu vida importa, también cuando eres débil, dependiente o incapaz de defenderte.
Esto no significa que cumplir los mandamientos garantice una existencia sin sufrimiento. El justo también padece injusticias, enfermedades y pérdidas. Significa que el bien merece ser elegido incluso cuando cuesta, y que ninguna ventaja convierte en legítima la destrucción de la dignidad ajena.
San Agustín condensó esta profundidad moral en su célebre «Ama y haz lo que quieras», al comentar la primera carta de san Juan. No autorizaba cualquier conducta revestida de sentimiento. Hablaba de la caridad como raíz de nuestras decisiones: cuando el amor es verdadero, busca el bien del amado y transforma lo que queremos.
Por eso, educar la libertad exige educar los deseos. Quien necesita satisfacer inmediatamente cada impulso puede conservar muchas opciones y, sin embargo, perder dominio sobre sí mismo. La repetición de decisiones va configurando nuestro carácter: podemos cultivar virtudes o alimentar hábitos que estrechen nuestra capacidad de responder al bien.
La pornografía, la embriaguez o el consumo de drogas pueden presentarse como afirmaciones de autonomía y convertirse en formas de sometimiento. Quienes sufren esas ataduras necesitan cercanía, ayuda y esperanza. Recuperar la libertad es también aprender a pedir apoyo y aceptar un camino de cambio.
San Josemaría Escrivá escribe en Amici di Dio, número 38: «solo cuando se ama se llega a la libertad más plena». Entregarse a Dios permite orientar la voluntad hacia un amor que libera del egoísmo. La obediencia cristiana alcanza su madurez cuando brota de la confianza filial, sostenida por la gracia.
Conviene distinguir la capacidad de escoger de la plenitud de la libertad. Podemos emplear nuestra elección para dañarnos, pero ese uso no nos perfecciona. Ser libres para amar requiere aprendizaje, esfuerzo y gracia. Los mandamientos señalan el camino; Cristo nos ofrece su amistad y la fuerza para recorrerlo, incluso después de caer.
Esta perspectiva también ilumina la vida pública. En Evangelium vitae, Juan Pablo II advierte contra una libertad que desconoce al otro. Defender al no nacido y acompañar al enfermo hasta su muerte natural expresa una misma convicción: ninguna vida pierde su dignidad por resultar vulnerable. Esa defensa exige apoyo concreto, cuidados y misericordia.
No todo límite es justo: algunos oprimen y deben ser cuestionados. El criterio es si protege la dignidad y sirve al bien común. También por eso necesitamos formar la conciencia: para reconocer tanto los límites necesarios como los abusos de autoridad.
Volví a ponerle la correa a mi perrita. Yo necesitaba, además, reconocer mi responsabilidad. Mi oración ante María había desembocado en una lección incómoda: amar incluye aceptar límites que protegen. La verdadera libertad madura cuando, ayudados por Dios, aprendemos a querer el bien y a responder por nuestras decisiones.





