Entre los miles de canales que aparecen en los modernos smart TVs sin saber uno muy bien de dónde vienen, encontré el otro día uno dedicado a reponer 24/7 la famosa serie «El encantador de perros». Me parece un programa fascinante, aunque no haya tenido un perro en mi vida, pero es por lo que aprendo sobre la condición humana.
Si usted nunca lo ha visto, cada capítulo lo protagoniza César Millán, un experto adiestrador de perros que acude en auxilio de familias desesperadas por el comportamiento de sus mascotas. Perros que llevan años mordiendo a sus dueños, atemorizando al vecindario, apropiándose del sofá o haciendo sus necesidades donde no deberían, cambian asombrosamente su comportamiento apenas aparece en escena el “encantador de perros”. En el 99 por ciento de los casos, el diagnóstico, expresado de una u otra forma, es el mismo: el problema no está en los perros, sino en los dueños que no saben tratarlos como tales.
Por su naturaleza, dependiendo de la raza, los perros necesitan ejercicio físico; disciplina y jerarquía, como tendrían si vivieran en su manada; cariño y juegos; una dieta acorde a su actividad; etc. Cuando los seres humanos no entendemos esto y los confundimos con personas, los pobres animales se vuelven locos, puesto que no está en sus manos cambiar de la noche a la mañana su naturaleza, moldeada gota a gota, cual estalactita, tras decenas de miles de años de evolución. Buscar la esencia canina y tratar de amoldarse a ella es la clave para su felicidad y la de sus amos.
También nuestro mundo está bastante loco y, aunque podemos echar gran parte de culpa a nuestros “dueños”, los que manejan el cotarro, todavía los individuos tenemos cierta autonomía como para poder salirnos del redil, cuidar nuestra salud mental y poder alcanzar nuestra felicidad y la de los que nos rodean. Y es que hemos construido una sociedad inhumana corriendo detrás de un progreso que, según las cifras crecientes de suicidios y consumo de ansiolíticos, no nos está dando la felicidad, por mucho que en nuestra imaginación ese posthumanismo o transhumanismo; en definitiva, la superación de la condición humana, suenen bien.
Hemos perdido el contacto con la naturaleza, que es nuestro medio. Millones de personas no han visto nunca un cielo plagado de estrellas porque las luces de nuestras ciudades nos las ocultan; disfrutar de un paseo diario por el campo o la playa es un lujo que no está al alcance de todos; vivimos pegados a artefactos que consumen toda nuestra atención en lugar de pasar las noches al fresco o en torno a la hoguera, charlando con nuestra tribu y contándonos historias de nuestros antepasados; el componente espiritual lo hemos reducido al mínimo si no hemos prescindido directamente de él; y la familia compuesta por padre, madre e hijos es solo un recuerdo del ayer.
Los niños aprenden qué es un río sin haber visto nunca uno, estudian la Historia sin saber que esta tiene mucho que ver con su vida y se preparan para trabajar sin haber doblado nunca el lomo, ni siquiera en casa. Vivimos muchos años gracias a la medicina, pero como los mayores estorban los convencemos para que pidan la eutanasia. Hemos idolatrado el trabajo en sí mismo, dejando de considerarlo un medio de subsistencia y hemos terminado viviendo para trabajar en lugar de trabajando para vivir. Hemos deformado la sexualidad que nos ha regalado la naturaleza con el fin de unirnos y formar comunidad y la hemos convertido en un pozo sin fondo de individualidades.
El llamado número de Dunbar, que establece en 150 la cantidad de personas con las que nuestro cerebro está programado para interactuar, lo hemos elevado hasta el infinito por culpa de las redes sociales, provocando que siempre haya gente más guapa que yo, más lista que yo, más fuerte que yo, generando en nosotros una sensación de constante insuficiencia. Hemos escondido el dolor, la enfermedad, la muerte y la tristeza, por lo que cuando naturalmente llegan, no somos capaces de afrontarlas con la entereza con la que lo hacían nuestros padres. Tenemos la nevera llena, el supermercado a la vuelta de la esquina sin tener que hacer mucho esfuerzo por cazar, pescar o recolectar, por lo que tenemos que inyectarnos sustancias para que nos quiten el natural instinto del hambre para no enfermar de obesidad…
En tantas y tantas otras circunstancias hemos creado un mundo a escala no humana que está detrás de esa falta de felicidad que usted nota hoy. A falta de un César Millán encantador de humanos cerca, pruebe a pensar: “¿Esto, cómo lo solucionaron mis ancestros?”. Verá cómo, la mayoría de las veces, esta vida no es tan perra como parece.
Giornalista. Laurea in Scienze della Comunicazione e laurea in Scienze Religiose. Lavora nella Delegazione diocesana dei media di Malaga. I suoi numerosi "thread" su Twitter sulla fede e sulla vita quotidiana sono molto popolari.





