El 82 % de los millennials que abandonan la práctica religiosa lo hacen porque consideran que Dios y la ciencia están enfrentados, según un estudio realizado en Estados Unidos. Combatir esa idea es precisamente uno de los objetivos de Los genios creen en Dios (Roca Editorial), el nuevo libro de José Carlos González-Hurtado, presidente de EWTN España y autor de Nuove prove scientifiche dell'esistenza di Dio e di Le prove che Gesù è Dio.
«Las personas más inteligentes de la historia de la humanidad, especialmente del último siglo, y científicos todos ellos, eran creyentes y, además, profundamente religiosos», explica González-Hurtado. «No es que haya evidencias, es que llega un momento en que resulta evidente: Dios es» añade.
Così, in Los genios creen en Dios, González-Hurtado recorre las vidas de grandes figuras de la ciencia que encontraron en el conocimiento y la investigación razones para creer. Heisenberg, por ejemplo, escribía libros de teología; Euler, considerado uno de los grandes matemáticos de la historia, era creyente, al igual que Kurt Gödel y John von Neumann.
«Hemos puesto a los científicos en los altares de nuestra generación, pero muchos de ellos eran religiosos», señala. Para el autor, estos testimonios son importantes ya que desmontan la imagen de que las personas inteligentes son necesariamente escépticas. Una idea que ilustra con las palabras de dos premios Nobel: Barton, de Física, afirmaba que «no conozco a ninguna persona inteligente que no crea en Dios», mientras que Christian Anfinsen, de Química, lo expresaba de forma aún más contundente: «Solo un idiota puede ser ateo».
En esta entrevista José Carlos aborda el papel de la razón en el conocimiento de Dios, las dificultades para dar el paso hacia la fe y la responsabilidad de los cristianos de conocer y dar razón de sus creencias.
¿Por qué persiste la imagen del creyente como una persona poco instruida?
–Esa imagen del creyente es un mito. Y, con frecuencia, los mitos son interesados y los crean personas o grupos que se benefician de ellos. En este caso, ha sido promovido en muchas ocasiones por personas escépticas.
Sin embargo, la realidad es exactamente la contraria: el creyente no es necesariamente una persona menos instruida. De hecho, como explico en el libro, la mayoría de los científicos galardonados con el Premio Nobel son creyentes.
Hay otro dato que suelo mencionar cuando hablo de los milagros: el 80 % de la población mundial cree en ellos. Además, cuanto mayor es el nivel educativo de una persona, mayor es su tendencia a creer en los milagros. Así, quienes niegan su existencia suelen ser, precisamente, las personas con menor nivel de instrucción.
En definitiva, se trata de un mito que persiste, como tantos otros, a pesar de no ser cierto.
¿Se podría decir entonces que es más científico creer en Dios que no creer?
–Completamente. De hecho, no creer en Dios, es decir, negar su existencia, es una creencia que carece de evidencias. La creencia en Dios, en cambio, cuenta con argumentos procedentes de la física, la química, la biología, las matemáticas y la cosmología, que son los que presento en el libro a través de los grandes científicos de estas disciplinas.
No hay ninguna evidencia científica de la inexistencia de Dios. Se trata de una creencia, de una fe o, si se quiere, de una ideología, pero no está basada en ninguna evidencia. Y no existen tales evidencias, entre otras cosas, porque Dios sí existe. Lo que suelo decirles a los ateos es: «Lamentablemente para ti, Dios sí existe y te lo estás perdiendo».
¿Está de acuerdo con la frase de Pasteur «Un poco de ciencia aleja de Dios y mucha ciencia acerca a Dios»?
–Sí. Y Werner Heisenberg, considerado uno de los padres de la física cuántica, lo expresó de una forma aún más bonita: «El primer sorbo del vaso de las ciencias naturales te alejará de Dios, pero al final del vaso está Dios esperándote».
Cuando se conoce poco de ciencia, es posible pensar que esta podrá explicarlo todo. Sin embargo, a medida que se profundiza en ella, se descubre otra perspectiva. Los matemáticos, físicos y químicos más importantes de la historia de la humanidad, o bien ya eran creyentes o llegaron a Dios.
En el libro incluyo biografías de personas que siempre fueron creyentes, como Euler o Legendre, y de otras que se convirtieron a través de la ciencia, como Francis Collins, probablemente uno de los biólogos más importantes de nuestra generación, o Fred Hoyle, que fue nominado varias veces al Premio Nobel de Física.
¿Qué papel desempeña la razón y qué papel desempeña la fe en el camino hacia Dios?
–Hay que distinguir entre dos afirmaciones: la creencia de que Dios existe y la creencia de que Jesucristo es Dios. Para la primera no se necesita la fe. De hecho, así lo recoge el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 36: «La Santa Madre Iglesia enseña que se puede llegar al conocimiento cierto de la existencia de Dios mediante la razón y la observación de la naturaleza».
A través de la ciencia, aplicando la razón a la observación de la naturaleza, se puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios. De hecho, hay personas sin fe religiosa que han llegado a la conclusión de que existe un Dios creador.
Sin embargo, creer que Jesucristo es Dios y establecer una relación personal con Él sí requiere fe. Según santo Tomás de Aquino, la fe es una moción del entendimiento bajo el imperio de la voluntad y con la ayuda de la gracia.
Pero hay algo importante: la fe no es un sentimiento. El cristianismo es una fe basada en evidencias, no en el sentimentalismo. El propio Jesús dijo que transmitía sus enseñanzas para que creyeran, y san Juan explica al final de su Evangelio que escribe para que, a partir de esas evidencias, sus lectores crean.
Por tanto, necesitamos la gracia de Dios, pero también nuestra voluntad. Yo sostengo que Dios siempre querrá conceder la fe a quienes la pidan de buena voluntad. Así lo expresa en Jeremías 29, 13: «Si me buscáis de todo corazón, me dejaré encontrar». Si lo pides de todo corazón, Dios se hará presente y llegarás a creer.
Una persona puede llegar, a través de la razón, a la conclusión de que Dios existe. Pero creer en Dios implica hacer cambios en tu vida. Ese puede ser un salto que a muchos les cuesta. ¿Qué consejo daría a una persona en esta situación?
–Les diría que no basta con creer en Dios: es necesario descubrir que somos hijos suyos y que podemos tener una relación personal con Él.
Mi consejo sería que se lo plantearan y le dieran una oportunidad. En el libro cuento el caso de Allan Sandage, uno de los astrónomos más importantes del siglo XX. Había llegado a la conclusión de que Dios existía, pero todavía no tenía una experiencia religiosa personal. Entonces decidió vivir como si Dios existiera: empezó a ir a Misa y a rezar. ¿Qué ocurrió? Que encontró la fe y acabó convirtiéndose en un ferviente cristiano.
Él mismo lo explica diciendo que simplemente hay que dar permiso a Dios para entrar en nuestra vida. Pero ese permiso tenemos que dárselo nosotros. Dios no va a violentar nuestra libertad: si no queremos que entre, no lo hará. Tenemos que abrirle la puerta. Eso fue precisamente lo que hizo Sandage y, al hacerlo, encontró a Dios y, por cierto, fue más feliz.
Para llegar a Dios, primero hay que preguntarse si existe. Pero podemos acostumbrarnos tanto a una vida cómoda y material que dejemos de preguntarnos para qué estamos hechos. ¿Cree que en la sociedad actual nos hacemos menos preguntas? ¿Es este un peligro real?
–Sí. Lo que ocurre es que muchas personas que se definen como agnósticas, en realidad, son personas que sencillamente no quieren plantearse esa pregunta. El problema del agnosticismo es que puede convertirse en una postura cómoda: no me obliga a negar a Dios, pero tampoco a comprometerme con su existencia.
Para explicarlo, suelo utilizar la imagen del mar de los Sargazos, donde no hay corrientes ni vientos y los barcos pueden quedarse inmovilizados entre las algas, sin poder avanzar. El agnosticismo puede ser algo parecido: una especie de limbo en el que uno permanece porque no quiere afrontar las preguntas que podrían cuestionar su forma de vida.
Esto es especialmente peligroso en las personas jóvenes, porque, cuando uno se hace mayor, puede resultar más difícil cambiar. Por eso suelo decirles que no permitan que las decisiones que tomaron en el pasado condicionen su futuro. No puedes decidir cómo empezó tu vida, igual que no puedes cambiar cómo empezó una película, pero sí puedes decidir cómo termina.
Creo que existe un riesgo importante de que algunas personas adopten el agnosticismo para evitar hacerse preguntas que pueden resultar incómodas. ¿Por qué alguien que conoce las evidencias de la existencia de Dios no da el paso hacia la fe? Muchas veces, porque eso le exigiría cambiar algo de su vida. Quizá no lo reconozca conscientemente, pero, en el fondo, piensa que, si Dios existe, hay aspectos de su vida que no están ordenados y que tendría que modificar.
Utilizo una imagen un poco gráfica para explicarlo: hasta los cerdos están contentos en sus cochiqueras, revolcándose en la porquería. Uno puede acostumbrarse a vivir así y no darse cuenta de que la vida es mucho más que eso.
Por eso hay que recordar a las personas que existe una vida futura, que estamos aquí de camino y que nuestra verdadera casa es el cielo, no este mundo. Todos sabemos intuitivamente que hay algo más que esta vida. Si hay algo que te impide tomar una decisión y dar ese paso, tendrás que afrontarlo. Muchas veces, el problema del agnóstico es precisamente que no quiere cambiar alguna parte de su vida.
¿Qué errores podemos cometer los cristianos cuando intentamos convencer a los demás de que Dios existe?
–Nuestro Señor Jesucristo nos manda predicar a todas las gentes. No se lo dice únicamente a los presbíteros, los obispos o los predicadores, sino a todos los cristianos. Tenemos, por tanto, una obligación que nos ha encomendado el propio Cristo. También nos dice: «Vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra». Si la sal deja de salar, es decir, si no cumple su función, solo sirve para ser pisada.
Lo que debemos tener presente es la salvación del alma de la persona que tenemos delante, pero también la nuestra. Tenemos que hacer lo que es correcto y dejar que el Espíritu Santo haga el resto.
Para mi sorpresa, recibo prácticamente todos los días mensajes de personas que se han convertido o bautizado gracias a mis libros. Sin embargo, no tengo ningún mérito: no soy más que el cartero que entrega un paquete. Pero, si no hay cartero ni distribuidor, el paquete no llega. Ese es nuestro trabajo.
Por supuesto, hay que tener prudencia y saber encontrar el contexto adecuado para hablar de Dios. Pero mi experiencia es que muchas personas están deseando mantener esas conversaciones. Cuando era el número dos de Carrefour Global, mi consejero delegado, que era protestante, me vio bendecir la mesa durante una comida de trabajo. A partir de ahí surgió una conversación religiosa que probablemente fue una de las primeras de su vida. Me preguntó si era cristiano y, cuando le dije que sí, me contó que él también lo era, aunque protestante. Empezamos a hablar de las diferencias entre católicos y protestantes, y él mismo propició aquellos encuentros. Por tanto, lo que tenemos que hacer es dar testimonio de nuestra esperanza, como dice san Pedro en su carta. Y debemos hacerlo con humildad, cariño y valentía.
Ahora bien, hay que distinguir entre amar a la persona y respetar su error. Tenemos que buscar siempre el bien de quien tenemos delante, pero eso no significa que debamos dejar de señalar aquello que es falso. A veces me dicen que hablo con mucha contundencia contra el ateísmo. Pero el ateísmo es un error que puede llevar a las personas a perder su alma. San Pablo tampoco tenía reparos en hablar con claridad. La propia Biblia califica de necedad negar a Dios. Eso no significa que la persona sea necia, sino que el ateísmo es una necedad.
Al mismo tiempo, hay que escuchar mucho. He descubierto que muchas personas escépticas no es que no crean en Dios, sino que no quieren que Dios exista. O están enfadadas con Él porque han sufrido alguna desgracia: han perdido a su marido, a un hijo o a su pareja. Dicen que Dios no existe, pero, en realidad, están expresando su dolor y su enfado con Él. Escucharlas permite descubrir qué hay detrás de su rechazo.
Además, muchas de esas personas reconocen que quienes vivimos nuestra fe tenemos más posibilidades de ser felices. En el fondo, también desearían experimentar esa felicidad.
De todos los genios que recoge en este libro, ¿hay algún testimonio que le haya llamado especialmente la atención?
–Hay varios. Euler, por ejemplo, que hemos mencionado antes, fue un matemático que formuló la que probablemente sea la ecuación más bella que existe, conocida como la identidad de Euler. En ella aparecen la base de los logaritmos naturales, el número pi, la raíz cuadrada de menos uno y el número cero. La explico en el libro porque es como si toda la matemática estuviera contenida en una fórmula, como si Dios nos dijera: «Todo está integrado, todo tiene sentido». Ese es uno de ellos.
Otro personaje al que suelo mencionar, porque lo descubrí durante la investigación para este libro, es Alexis Carrel, premio Nobel de Medicina. Era francés y murió en 1944. Carrel era ateo y su encuentro con la fe estuvo marcado por un acontecimiento extraordinario. Durante un viaje en tren conoció a Marie Bailly, una mujer que se encontraba gravemente enferma y que había sido trasladada a Lourdes. Carrel, que era médico, examinó su estado y estaba convencido de que no sobreviviría al viaje. Sin embargo, fue testigo de su recuperación. Presenció aquel milagro, pero ni siquiera entonces se convirtió.
Carrel había tenido delante una experiencia que cuestionaba sus convicciones, pero no quería aceptar lo que había visto. Intentó evitar pronunciarse sobre ello, hasta que finalmente tuvo que hacerlo. Más adelante, presenció una segunda curación en Lourdes y tampoco entonces dio el paso hacia la fe.
Pero hay algo especialmente hermoso en esta historia: Dios sigue llamando a la puerta. No hay que desesperar, porque nunca deja de hacerlo. Nos quiere tanto que continúa llamando hasta el último día de nuestra vida, esperando que le abramos y le digamos que sí.
Y eso es precisamente lo que terminó sucediendo con Carrel. Al final de su vida experimentó un cambio y escribió unas páginas bellísimas sobre la Iglesia católica. En ellas reconocía que había pasado toda su vida rechazando sus verdades, pero que ahora se daba cuenta de que eran absolutamente ciertas. Finalmente, murió en el seno de la Iglesia católica.
Aunque hay muchos más. Está Einstein, por ejemplo, por quien suelen preguntarme. Los ateos insisten en que era ateo, pero no lo era. No era religioso, pero sí creía en Dios. De hecho, en el libro recojo varias citas en las que el propio Einstein parece dirigirse a los ateos para decirles que dejen de utilizarlo, porque está cansado de que lo hagan: él no era ateo y creía en Dios.
También aparecen Mónica Hall, José de Acosta y varios españoles más, como Domingo de Soto. La gente no suele saberlo, pero la teoría de la evolución tiene su origen en un español, José de Acosta, que también es considerado el padre de la antropología. El libro ayuda, por tanto, a conocer a varios de los grandes sabios que tenemos en nuestro país y que, muchas veces, desconocemos.
¿Tenemos los cristianos la responsabilidad de formarnos y conocer las evidencias de que Dios existe?
–Sí. Cuando doy conferencias, a veces me encuentro con personas que dicen: «Yo no necesito evidencias, creo que Dios existe y que Jesucristo es Dios». Ante eso, mi respuesta es: fenomenal, siga creyendo. No pierda la fe, porque es algo que le hará feliz tanto en esta vida como en la siguiente.
Lo importante es no perderla, independientemente de cómo la viva cada uno. Si no necesita evidencias científicas, filosóficas o racionales, no pasa nada. La filosofía también nos lleva necesariamente a Dios: la metafísica o cualquiera de las cinco vías de santo Tomás de Aquino conducen, a mi juicio, a su existencia. Ahora bien, para quienes sí necesitamos evidencias, esas evidencias existen.
A mi juicio tenemos la obligación de conocer mejor nuestra fe para poder dar razón de esa esperanza de la que hablábamos antes.
Es muy importante, porque en el mundo actual hay mucha gente que desea conocer más y nosotros tenemos que ofrecer esas respuestas. Ese es también uno de los objetivos de los libros que escribo, en concreto de Genios que creen en Dios: hacer apologética, proporcionar instrumentos, respuestas y argumentos —o, si quieres, una construcción lógica— para que una persona pueda hablar de su fe con su vecino, su novio, un amigo o alguien del trabajo que realmente tenga interés, pero hacerlo de una forma racional.
No basta con decir: «Yo creo en Jesucristo porque voy a Misa», aunque eso esté fenomenal. Probablemente, la otra persona también está buscando una respuesta a esta pregunta: «¿Por qué tengo yo que creer lo mismo que tú?».
Los genios creen en Dios





