Vaticano

¿Qué nos dice Magnifica Humanitas a los católicos hoy? 

La primera encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, realiza una lectura contemporánea de la Doctrina social de la Iglesia y los retos de la sociedad en un tiempo marcado por la absolutización de la Inteligencia Artificial y las nuevas pobrezas.

Maria José Atienza-25 maggio 2026-Tempo di lettura: 16 minuti

El magisterio de los Papas recientes, en especial, san Pablo VI, san Juan Pablo II y Francisco, santos padres de la Iglesia como san Agustín o el Aquinate se hace presente en una encíclica que también cita a Guardini, documentos magisteriales y hasta “El señor de los anillos”. 

Magnifica Humanitas se presenta como una encíclica que aborda los retos de la sociedad en tiempos de la IA, no como una encíclica sobre la Inteligencia Artificial, una época calificada por algunos como la cuarta revolución industrial. En efecto, la referencia a la Rerum Novarum, la encíclica de León XIII, de quién el Papa Prevost toma su nombre, es una constante en este documento.

Si con Rerum Novarum se inicia lo que conocemos como la sistematización de la Doctrina Social de la Iglesia, el cambio socio laboral, relacional y cultural que la humanidad está experimentando, especialmente con la irrupción y universalización del uso de la Inteligencia Artificial, es la clave de lectura para la primera encíclica del León XIV que comienza afirmando que: “el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo”

El Papa comienza su primera encíclica con un resumen rápido de todos los aspectos que irá desarrollando en este documento: la historia del desarrollo de la Doctrina social de la Iglesia, la labor magisterial en el camino de acompañamiento y guía de los hombres en las diferentes situaciones de su existencia, la denuncia profética de los peligros que entraña un “avance sin Dios” y la llamada a “edificar una ciudad centrada en el bien común” que “exige, ante todo, edificar sobre la roca de la relación con Dios (…),  aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir (…) y edificar un mundo en el que todos puedan ‘florecer’”. 

El papel de la Doctrina Social de la Iglesia

“La IA debe entenderse no como un apéndice temático, o como una emergencia que hay que gestionar, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio”, subraya el Papa en el primer capítulo de la encíclica, en el que recorre el camino de la Iglesia en el desarrollo de la Doctrina Social. 

Aquí, el Papa recuerda, con palabras del  Papa Francisco, que, “en muchas cuestiones específicas, la Iglesia no pretende ofrecer «una palabra definitiva», pero reconoce la importancia de prestar atención a la investigación científica y de fomentar un diálogo serio y leal entre los académicos, aceptando la diversidad de opiniones”.

Robert Prevost afirma, con claridad la naturaleza de la Doctrina social, “que no pretende sustituir las responsabilidades de la política y de las instituciones, sino que se ofrece como apoyo al discernimiento común, ayudando a reconocer y promover lo que contribuye a la dignidad de las personas, a la vitalidad de las comunidades y al bien de todos”.

León XIV realiza, en las primeras páginas de esta encíclica un recorrido amplio y profundo sobre los documentos clave del Magisterio eclesial sobre la Doctrina Social de la Iglesia, comenzando por Rerum Novarum, a la que siguen documentos como Quadragesimo anno de Pío XI, publicada en 1931, lo mensajes radiofónicos de Pío XII, Mater et Magistra y Pacen in Terris, de Juan XXIII; la importante constitución apostólica Gaudium et Spes, y posteriormente al Concilio Vaticano II, Populorum Progressio, de Pablo VI, autor también de Octogesima adveniens, escrita con motivo del 80° aniversario de la Rerum novarum, y más cercano al tiempo presente, la Encíclica Laborem exercens, escrita noventa años después de la publicación de Rerum novarum, por san Juan Pablo II, Sollicitudo Rei socialis y Centessimus annus. De Benedicto XVI, el Papa recuerda la aplicación política y social clave en su Caritas in veritate y, por último, Evangelii Gaudium, Laudato Si’, Fratelli tutti y Dilexit te del Papa Francisco.

Todo ello conforman, a  ojos del Papa, una clara y armónica pedagogía: “Cada uno, asumiendo los retos de su época e interpretando los cambios históricos a la luz del Evangelio, ha puesto de relieve diferentes aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad. El resultado es un desarrollo armonioso, aunque no siempre lineal, marcado por diferentes acentos, por profundizaciones progresivas y, a veces, por cambios de perspectiva que no rompen con lo anterior, sino que hacen madurar sus implicaciones”. 

La dignità umana

En el segundo capítulo, el Papa se detiene en los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia, recordando que “la Doctrina social de la Iglesia nos conduce al corazón mismo de nuestra fe: el misterio del Dios viviente, revelado en Jesucristo como comunión de personas”. 

En este sentido, destaca que la dignidad de la persona “no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del rol que desempeña, ni de las decisiones justas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la excede, dado por Dios”, denunciando las ideologías que consideran a las personas como meros medios para obtener resultados. 

El Papa advierte del peligro de que la tutela de los derechos humanos se quede en una mera declaración formal y que, además, se evite su fundamento de universalidad al no estar fundado en los principios sólidos. Aquí el Papa hace una especial denuncia a las condiciones de muchas mujeres en el mundo, recordando que “doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos” (…) “Mientras exista esta disparidad”, destaca el Papa Prevost, “no podremos decir que la sociedad reconoce realmente y en profundidad que las mujeres tienen la misma dignidad que los hombres”. 

El Papa, recorre en este capitulo las implicaciones de la búsqueda del bien común en el ámbito político recordando que “cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales”. Aquí, invita el pontífice a “pensar en formas de cooperación y de instituciones internacionales más eficaces, capaces de cuidar el bien común global sin anular la legítima pluralidad de los pueblos y de los estados”. 

En esta línea, actualiza esta llamada hecha desde hace décadas por la Iglesia para destacar que “donde la riqueza de las naciones depende cada vez más de conocimientos y tecnologías, cuando estos bienes quedan concentrados en las manos de unos pocos, sin adecuadas formas de intercambio y de acceso, se crea un nuevo desequilibrio que contradice el destino universal de los bienes y alimenta la brecha entre incluidos y excluidos, entre quienes pueden participar en la revolución digital y quienes permanecen al margen”.

El Papa se detiene, específicamente, en el principio de solidaridad, explicando que la fraternidad es “una forma social y política que se ha de encarnar en decisiones e itinerarios compartidos. La solidaridad, pues, es el reconocimiento concreto de que el destino de cada uno está ligado al destino de todos; realmente «nadie se salva solo»” y destacando que “la solidaridad es al mismo tiempo un principio y una virtud. En cuanto principio, expresa el orden objetivo de las relaciones entre personas, grupos y pueblos, y alude a la conciencia de una interdependencia, por lo que el bien de cada uno pasa a través del bien de los demás. En cuanto virtud, requiere en cambio una «determinación firme y perseverante»102 de trabajar por el bien común”. 

“La justicia social debe confrontarse con las tecnologías digitales”

Recuerda en este capítulo las enseñanzas de san Juan Pablo II y de su inmediato predecesor al explicar el concepto de justicia social: “el Magisterio reciente ha insistido en el hecho de que la justicia social exige una mirada cuyo punto de partida sean los últimos. San Juan Pablo II habló de una opción preferencial por los pobres que debe marcar las decisiones personales y sociales, mientras el Papa Francisco denunció una «cultura del “descarte” (…) La idea de “justicia social” ayuda a reconocer que las injusticias no nacen sólo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente. San Juan Pablo II habló en este sentido de estructuras de pecado que se oponen a la voluntad de Dios y requieren un esfuerzo de conversión personal y social”. 

Para el Papa León XIV “en este tiempo, la justicia social debe confrontarse también con el ambiente creado por las tecnologías digitales. La difusión de redes globales, plataformas y sistemas de IA cambia el modo de informarse, de comunicar y de acceder a los servicios. (…) Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos”.

Acogida a migrantes

Una actualización del concepto de justicia social que, por supuesto, remite directamente a los migrantes hacia los que se debe “proteger el derecho a la esperanza de quien está obligado a partir, garantizándole vías seguras y legales, condiciones de acogida dignas y procesos reales de integración. Por otra, promover también el derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad, afrontando las causas profundas que obligan a migrar, incluidas las causas vinculadas a las injusticias económicas y a la crisis climática”.

El verdadero desarrollo social

León XIV aborda en este capítulo el concepto de Desarrollo Humano Integral. En este punto, explica que “ no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de algunos a expensas de costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados impidiéndoles expresar sus propias potencialidades”. Por el contrario, afirma el Papa, “La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas”. 

En esta línea, afirma con rotundidad “las innovaciones tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— no son neutrales; pueden aumentar la participación y la justicia, o ampliar las desigualdades, el control y la exclusión. Por eso, han de ser examinadas con una pregunta decisiva: ¿contribuyen realmente a hacer crecer a las personas y a los pueblos en humanidad y fraternidad, en el respeto a la Casa común y a las generaciones futuras?. 

Un poder orientado al servicio, también en la Iglesia 

En la que es su primera encíclica, el Papa no ha querido eludir la responsabilidad y , por tanto, la necesidad del examen y la petición de perdón de la Iglesia por sus errores a lo largo de la historia. 

En este punto, defiende el Papa además una autoridad al servicio de la comunidad: una diaconia: “Han de promoverse formas regulares de evaluación del ejercicio de las responsabilidades ministeriales, que no sean un juicio sobre las personas, sino instrumentos de formación y de corrección orientados a la misión”. 

Construir Jerusalén, no una nueva torre de Babel

El Papa utiliza dos poderosas imágenes para ilustrar las posibles maneras de progreso humano: el egoísmo e incomunicación que supone Babel “donde la obra común está. guiada por un proyecto de dominio que termina por deshumanizar (cf. Gn 11,1-9); por otro lado, las ruinas de Jerusalén, que con Nehemías se reconstruyen pieza por pieza, como una labor de responsabilidad compartida (cf. Ne 2-6)”.

“El peligro de que la humanidad sea víctima de sus propias conquistas había sido ya percibido con lucidez por san Pablo VI, cuando advertía que «los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados de un auténtico progreso social y moral, se vuelven, en definitiva, contra el hombre”, destaca el Papa en este tercer capítulo de la encíclica.

El Papa aboga por “un discernimiento sobre la visión antropológica” del progreso tecnológico. “Si el desarrollo tecnológico avanza sin una adecuada maduración ética y social, puede suceder que aumenten los medios sin que crezca en la misma medida la humanidad: se “tiene más”, pero no se “es más”, y la persona corre el riesgo de ser valorada principalmente en base al rendimiento que ofrece”. 

La Inteligencia Artificial 

Como ya se había anunciado, Magnifica Humanitas no es una encíclica sobre la Inteligencia Artificial, y así lo afirma el Papa en este tercer capítulo. “Me limito a recordar algunos elementos esenciales para un discernimiento moral y social que proteja el primado de la persona, con el fin de que sea siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y sus límites”, destaca León XIV. 

El Papa apunta, con claridad, en el punto 99 de esta encíclica que “no es posible dar una definición única y completa de la IA. Lo que podemos decir es que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana”. En esta línea, recuerda el Papa: “la IA se base en el tratamiento de datos pero “no pasan por la alegría y el dolor, no maduran. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal. Pueden imitar lenguajes, comportamientos, valoraciones; pueden simular empatía o comprensión, pero no conocen lo que producen, porque no residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio”. 

Algunos peligros de la IA

No esconde el pontífice los ámbitos por los que podemos otorgar una especie de criterio absoluto a la Inteligencia Artificial. En este sentido, se detiene en tres aspectos, “en particular, deben ser tenidos en especial consideración: la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana”. La primera, “pueden acostumbrarnos a delegar demasiado y a buscar respuestas rápidas”, la segunda “corre el riesgo de hacernos olvidar que estas reflejan los parámetros culturales de quienes las han proyectado” y la tercera “puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto pobre de relaciones y de afectos reales”. 

El Papa pide una gobernanza ética y una especial transparencia a los mecanismos de esta Inteligencia Artificial: “Para que la IA respete la dignidad humana y sirva realmente al bien común, es esencial que las responsabilidades estén claras en todas las etapas: desde quienes diseñan y programan los sistemas hasta quienes los utilizan y quienes resuelven confiarles las decisiones concretas (…) Pedir prudencia, controles rigurosos y, en ocasiones, también una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso, sino ejercitar un cuidado responsable hacia la familia humana”.

Nuevas riquezas y nuevas pobrezas

En este nuevo contexto social de los datos, “hablar de destino universal de los bienes significa encontrar modos de asegurar el acceso universal a las tecnologías y a la formación. Hablar de subsidiariedad exige proteger la capacidad de las comunidades de decidir y corregir, sin relegar su intervención a una vigilancia posterior, una vez que los estándares hayan sido establecidos en otro sitio”. 

Desarmar la IA y custodiar la humanidad

El Papa habla de “desarmar” la IA, que “no significa renunciar a la tecnología, sino impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas”. 

En esta línea, el Papa realiza un “vehemente llamamiento a quienes desarrollan sistemas de IA. La innovación tecnológica puede ser, en cierto modo, una forma humana de participación en el acto divino de la creación”, por ello, para el Papa, estos desarrolladores tienen un “peso ético y espiritual, ya que cada elección de proyecto expresa una visión de la humanidad”.

León XIV anima a no perder la humanidad. A tener claro que “la calidad de una civilización se mide no por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer, por la capacidad de reconocer un rostro en el otro y no una función”. 

Transhumanismo y posthumanismo 

En esta encíclica, en la que el Papa recoge documentos magisteriales, el magisterio de los últimos pontífices y referencias externas, se hace además una interesante reflexión sobre dos “narrativas de fondo”, presentes en nuestra sociedad: el transhumanismo y el posthumanismo. “El transhumanismo”, explica Latón XIV, “imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva”. 

Ambos sistemas intelectuales atacan directamente a la dignidad humana llevando incluso a “aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a pensar en “sacrificios necesarios”, y hacer pagar a los más vulnerables el precio de una presunta optimización de la especie”. 

En este punto, el Papa considera “necesario distinguir con claridad: una cosa es integrar las tecnologías en una visión humana y relacional; otra es dejarse guiar por un imaginario que desprecia el límite y promete una “salvación” puramente técnica”.

Aquí, recuerda el pontífice, tenemos que recordar que el ser humano “no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite”. Puesto que es en los límites en los que ejercemos los actos claramente humanos: el cuidado, la compasión, el amor. En este punto, el Papa realiza una esperanzada mirada a la historia en la que encontramos cómo el compromiso de un hombre o mujer puede cambiar la sociedad, haciendo referencia a figuras como Luther King o Dorothy Day, pero también a san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero o Francois-Xavier Nguyễn Văn Thuận. 

Nuestro “más humano” es Cristo

Así, concluye el Papa “la humanidad —magnífica y herida— no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor. A este punto se impone una pregunta decisiva: si existe un auténtico “más que humano”, ¿dónde se encuentra? La fe cristiana responde indicando una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo.

Ecología de la comunicación: transparencia también en la Iglesia

El cuarto capítulo se centra en la naturaleza del trabajo y su papel en el desarrollo y libertad del hombre. 

Un capítulo en el que Robert Prevost pone su mirada en la polarización, muchas veces creada y alimentada a través de los algoritmos, que impregna nuestra sociedad. “La

desinformación”, afirma el Papa, “no surge con la IA, pero encuentra hoy en ella un potente multiplicador”. En este sentido, recuerda que “quienes controlan las plataformas digitales y los medios de comunicación tienen una notable capacidad para influir en el imaginario colectivo y presentar como deseable una determinada visión de la realidad”. Un escenario que hace deseable, para el pontífice,”una ecología de la comunicación”, que establezca reglas que hagan más transparentes los criterios con los que se seleccionan y amplifican los contenidos.

También la Iglesia, apunta el Papa, debe “comprometerse con una comunicación transparente y con la búsqueda honesta de los hechos. Lamentablemente, no siempre ha sido así. Hemos sido testigos, con vergüenza, del arduo descubrimiento de verdades dolorosas incluso sobre miembros de la Iglesia y sobre realidades eclesiales. En particular, algunos periodistas comprometidos con la verdad han desempeñado un papel fundamental a la hora de sacar a la luz injusticias y abusos”.

Educar en no usar la IA

Asimismo el Papa realiza una interesante llamada a “educar en el uso de la IA implica, por tanto, educar para decidir cuándo y para qué no utilizarla”. 

En este sentido, anima a una tarea educativa que enseñe a “prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita”.

La educación es una de las claves de lectura de este documento papal en el que se aboga por un cuidado del acceso a la educación y el derecho de las familias a una educación acorde a sus creencias. 

Fomentar el trabajo, no el asistencialismo

En cuanto al tema laboral, el Papa recuerda que “el trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida” y por ello, “las ayudas económicas a los pobres siguen siendo a veces necesarias en situaciones de emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta, ya que el objetivo es ofrecer a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio trabajo”. 

En este campo, el pontífice es además especialmente claro cuando recuerda la necesidad de impulsar un trabajo digno y accesible y evitar el “capitalismo exacerbado” que lleva a “justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el empleo” en orden a unos mayores beneficios. Además hace una singular llamada a las organizaciones sindicales para “abrirse a las nuevas formas de trabajo y a los nuevos trabajadores, para representarlos y defenderlos”.

Los verdaderos parámetros de la riqueza

Latón XIV se hace eco en esta carta del crecimiento de la riqueza mundial, señalando, sin embargo, que “la riqueza mundial ha crecido en términos absolutos, pero su concentración en pocas manos ha aumentado y los desequilibrios se han acentuado, tanto entre países como dentro de un mismo país”. Una realidad que toma nuevas perspectivas en tiempos de IA y que hacen necesarios unas dinámicas “económico-tecnológicas hacia el bien común, promoviendo el trabajo digno, la inclusión social y una distribución equitativa de los beneficios de la innovación”. 

La familia, centro de la sociedad

Aunque pudiera parecer una digresión dentro del texto, el Papa centra la mirada en la familia como “bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad”. 

Aqui se enmarca la llamada a los estados a promover y alentar modelos sociolaborales que ayuden a las familias, permitiendo la conciliación, su formación y el mantenimiento de estas familias. “Hay que apoyar los vínculos sociales: redes y comunidades educativas que acompañen las elecciones de vida e impidan que la incertidumbre genere soledad y dependencias”, termina el Papa. 

Nuevas esclavitudes y nuevos colonialismos

En época de la Inteligencia Artificial,  el Papa hace una reflexión especial sobre las nuevas esclavitudes, ya sea las esclavitudes generadas por unos algoritmos que atrapan y “deciden” la vida de muchas personas como el hecho de “en el mundo de la IA nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta que parece inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas. Una parte significativa del funcionamiento de la economía digital se sustenta en el trabajo silencioso de millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles”, con poca remuneración y, sobre todo, mujeres. 

En este sentido, resalta el poder de las redes en las nuevas esclavitudes como la trata de personas o la aparición de “nuevos colonialismos”: “informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa”.

“Es aquí”, destaca el Papa, “donde se juega una de las cuestiones morales más urgentes de nuestro tiempo: transformar el conocimiento compartido en bien común, no en herramienta de dominio; devolver a los pueblos no sólo los datos que los describen, sino también la posibilidad de decidir cómo se utilizarán, quién los utilizará y para quién”.

El Papa León XIV cierra esta primera encíclica con una llamada a la construcción de la civilización del amor. En este sentido, vuelve a traer la imagen de la torre de Babel como “el paradigma tecnocrático globalizado, sino también el enfrentamiento a distancia entre imperialismos contrapuestos, entre potencias que quieren conservar su primacía y potencias que aspiran a conquistarla, con una multiplicidad de conflictos locales”. Frente a esto, emerge una gran parte de la humanidad que quiere seguir custodiando esa naturaleza humana fundada en la filiación divina. 

La IA no puede actuar como agente moral 

El Papa no elude la evidencia de que “asistimos a un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional”, un pensamiento belicista que se alimenta de la polarización social y del crecimiento de la propia industria bélica. 

En este sentido, explica el Papa, la IA no puede tener el control de la decisión moral ya que “el juicio moral no se puede reducir a un cálculo, implica conciencia, responsabilidad personal y reconocimiento del otro como persona”.

Cinco campos de responsabilidad personal

Aqui, y para cerrar este diagnóstico de la sociedad actual y sus implicaciones morales, el papa hace una fuerte llamada a la responsabilidad personal proponiendo “cinco vías de responsabilidad cotidiana y pública: desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo”. 

León XIV recuerda como “el poder de las palabras es enorme y lo experimentamos en nuestra comunicación cotidiana, cuando alguien nos dice algo que cambia nuestro estado de ánimo, ya sea para bien o para mal” y anima a “dar espacio, en la información y en la educación, a la mirada y a la voz de las víctimas ayuda a tomar verdadera conciencia del abismo de maldad que encierra la guerra y, en general, toda forma de violencia; a no aceptar como normal la lógica del conflicto; a no apartar la mirada cuando se comete una afrenta contra la dignidad humana; y a devolver a las personas afectadas la dignidad de ser reconocidas y escuchadas”.

Cómo ha ido haciendo desde el inicio de su pontificado, Robert Prevost, apela ala necesidad de un diálogo real: desde las circunstancias cotidianas hasta la alta diplomacia y en el que “el diálogo entre las religiones tiene un papel decisivo, porque en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz. Quien utiliza el nombre de Dios para legitimar el terrorismo, la violencia o la guerra traiciona su rostro; luchar en nombre de la religión significa, en realidad, golpear a la religión misma”.

Espiritualidad eucarística

Como conclusión, subraya el Papa que “no hay un momento ni una condición humana que no sea digno de Dios”. Una afirmación que desarrolla posteriormente en la invitación a “contemplar en el rostro del Hijo una magnífica humanidad que también ilumina la época de la IA. En Cristo comprendemos que el hombre está llamado a ser colaborador en la obra de la creación”.

El Papa subraya que “la espiritualidad que necesitamos es una espiritualidad eucarística, es decir, una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor. (…) Este don permanece presente y operante en la Eucaristía, en la cual el Señor se comunica y reúne a la Iglesia, para que su entrega se convierta en principio de unidad y fuente de vida nueva. De esta comunión nace también la solidaridad cristiana” puesto que “la Eucaristía nos mueve a la justicia y al compartir, con una atención preferencial hacia quienes sufren el peso de la pobreza y de la marginación”. 

La encíclica termina con una profunda reflexión mariológica en la que la Madre de Dios se nos muestra como “poetisa y profetisa de la redención” que canta en el Magníficat a pesar de que nada había cambiado, aparentemente en su mundo. 

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