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El demonio ¡existe! y le interesa que no creas en él: esto enseña la Iglesia

Hablar del demonio puede parecer anticuado, exagerado o incómodo. Sin embargo, conviene recordar que su presencia forma parte de la enseñanza cristiana.

Teresa Aguado Peña-22 de Ottobre de 2026-Tempo di lettura: 7 minuti
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¿Existe el demonio o es simplemente una manera de representar el mal? ¿Qué enseña realmente la Iglesia sobre Satanás? En una época en la que hablar del demonio puede parecer anticuado, exagerado o incómodo, conviene recordar que su presencia forma parte de la enseñanza cristiana. Es relevante entonces conocer qué dice exactamente la fe católica sobre él, qué poder tiene y cuáles son sus límites.

En «Vida de Cristo», el beato Fulton J. Sheen escribió: «Muy poca gente cree en el diablo hoy en día, lo cual le conviene mucho. Siempre está ayudando a difundir la noticia de su propia muerte. La esencia de Dios es la existencia, y él se define como: ‘Yo soy el que soy’. La esencia del diablo es la mentira, y él se define como: ‘Yo soy el que no soy’. Satanás tiene muy pocos problemas con quienes no creen en él; ya están de su lado». Una idea que recuerda a la célebre frase atribuida al poeta francés Charles Baudelaire: «El mayor truco del demonio es hacernos creer que no existe».

Si bien es indudable que muchos católicos, incluidos algunos sacerdotes y catequistas, prefieren guardar silencio sobre el tema de Satanás, el Catecismo de la Iglesia Católica no opina lo mismo y aborda sin miedo esta cuestión. No lo presenta como una fuerza equivalente a Dios ni como un principio eterno que compita con Él, sino como una criatura que, habiendo sido creada buena, eligió apartarse de su Creador.

Ya en 1976, en el documento Fe cristiana y demonología, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe recoge una advertencia de san Pablo VI sobre la existencia del demonio: «Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien hace de ella un principio que existe por sí y que no tiene, como cualquier otra creatura, su origen en Dios; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias» (Pablo VI, «Enseñanzas al pueblo de Dios», -1972, pp. 183-188).

¿Quién es el diablo según la Iglesia?

El Catecismo explica que, detrás de la desobediencia de nuestros primeros padres, «se esconde una voz seductora, contraria a Dios, que los lleva a la muerte por envidia». La Escritura y la tradición de la Iglesia identifican a ese ser con un ángel caído, llamado “Satanás” o “diablo” (n.º 391).

Además, señala que la Iglesia «enseña que Satanás fue en un principio un ángel bueno, creado por Dios», y luego cita al Cuarto Concilio de Letrán, que se reunió en 1215: «El diablo y los demás demonios fueron creados por Dios naturalmente buenos, pero se volvieron malos por su propia voluntad».

Por tanto, el mal no es una creación de Dios ni una fuerza que exista desde siempre frente a Él. La tradición cristiana sitúa su origen en el rechazo libre del bien por parte de unas criaturas.

Esta distinción ayuda a entender otro punto esencial: Satanás tiene poder, pero no un poder infinito. El Catecismo lo expresa con claridad: «Es solo una criatura, poderosa por ser espíritu puro, pero criatura al fin y al cabo. No puede impedir la edificación del reino de Dios».

Él actúa en el mundo movido por su odio hacia Dios y el reino establecido por Jesucristo, y al hacerlo, «puede causar graves daños —de naturaleza espiritual e, indirectamente, incluso de naturaleza física— a cada hombre y a la sociedad…» Sin embargo, estos actos destructivos solo pueden ocurrir porque están «permitidos por la divina providencia que con fuerza y ​​dulzura guía la historia humana y cósmica» (N.º 395).

El primer engaño: querer ser como Dios sin Dios

Para comprender cómo actúa Satanás, cabe detenerse en una característica esencial de su actividad: el orgullo, que en última instancia se manifiesta en el deseo de ser «como Dios», pero sin reconocer, conocer ni amar a Dios.

La estrategia del demonio es hacer que el hombre quiera ocupar el lugar de Dios, decidiendo por sí mismo qué está bien y qué está mal. El hombre vive de esta forma como si no necesitara al Creador: «Constituido en estado de santidad, el hombre estaba destinado a ser plenamente ‘divinizado’ por Dios en la gloria. Seducido por el diablo, quiso ‘ser como Dios’, pero ‘sin Dios, delante de Dios y no conforme con Dios'» (n.º 398; véase n.º 414).

La cuestión, por tanto, no es solo si una persona cree o no en el diablo. También tiene que ver con una tentación mucho más cotidiana: pensar que la libertad consiste en no tener que responder ante nadie, que podemos construir nuestra vida sin referencia alguna al bien y que nuestras decisiones no tienen consecuencias más allá de nosotros mismos.

De la serpiente del Génesis al dragón del Apocalipsis

Al comienzo y al final de las Escrituras, el diablo aparece representado como una serpiente. En el Génesis es «el más astuto de todos los animales que Jehová Dios había creado» (Gn 3,1), mientras que el Apocalipsis lo identifica como «el dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo o Satanás» (Ap 20,2).

Sin embargo, la imagen de Satanás en el Antiguo Testamento es compleja. La palabra hebrea “satanás” aparece pocas veces y suele referirse a alguien que se opone, acusa o pone obstáculos, ya sea un ser humano o celestial.

El Primer Libro de las Crónicas relata que «un demonio se levantó contra Israel e incitó a David a realizar un censo de Israel» (21:1). Pero es en la famosa historia de Job donde se menciona a una figura específica, «el demonio», cuya función era investigar y poner a prueba las obras y el carácter de los hombres. Cuando Dios le pregunta dónde ha estado, Satanás responde: «Recorriendo la tierra y vigilándola» (Jb 2,2).

En Zacarías, Satanás acusa al sumo sacerdote Josué, pero Dios lo reprende: «¡Que Jehová te reprenda, oh adversario!» (Zac 3,1-2).

Sin embargo, en tiempos de Cristo, la palabra «Satanás» era un nombre propio utilizado para una criatura de origen celestial que se oponía abiertamente a Dios y que buscaba socavar la creación y destruir a la humanidad. En los escritos apócrifos judíos se le describía como el príncipe de los espíritus malignos, cuya expulsión del cielo se debió a su negativa a reconocer al hombre como imagen de Dios (cfr. Gn 1:26-27).

El mal no procede de un Dios malvado ni de una fuerza que pueda competir eternamente con Él. Tiene su origen en una rebelión contra el bien, pero está destinado a ser vencido. Hay un pasaje críptico en Isaías (14:12) que describe la caída del cielo de Lucifer, la «estrella de la mañana, hijo de la aurora» («lucifer» deriva del latín «portador de luz»). Pero la descripción más extensa y dramática de la rebelión en el cielo proviene del último libro de la Biblia, Apocalipsis: «Entonces estalló una guerra en el cielo. Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. El dragón y sus ángeles lucharon, pero no prevalecieron, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El enorme dragón, la serpiente antigua, que se llama Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero, fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él» (Ap 12:7-9).

Jesús habla sobre Satanás

Si hay alguien que habla con frecuencia de Satanás en el Nuevo Testamento, es Jesús. Lo identificó como el «príncipe de este mundo» (Jn 12:31), un asesino, un mentiroso y el padre de la mentira (Jn 8:44). También predicó que un aspecto central de la salvación que ofrecía implicaba la destrucción del poder de Satanás en el mundo: «Ahora es el momento del juicio de este mundo; ahora será expulsado el príncipe de este mundo. Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12:31-32).

El conflicto entre Jesús y el gobernante de este mundo es evidente a lo largo de los Evangelios, aunque sea de forma implícita. Por ejemplo, Jesús curaba con frecuencia a personas que sufrían de posesión demoníaca, demostrando así su poder sobre el mal y el «príncipe de los demonios».

Hubo varios momentos importantes en el ministerio de Jesús en los que habló de Satanás o se dirigió a Satanás. El ejemplo más conocido fue la tentación de Jesús por parte de Satanás en el desierto (Mt 4:1-11; Mc 1:12-13; Lc 4:1-13; Catecismo n.º 540), un encuentro que inauguró el ministerio público de Jesús.

Jesús sabía que, así como él había sido tentado y confrontado por el diablo, sus discípulos y la Iglesia también sufrirían un severo ataque de Satanás y sus ángeles. Le dijo a Pedro que las fuerzas del infierno intentarían destruir la Iglesia, pero no lo lograrían (Mt 16:18). También le dijo: «Simón, Simón, mira, Satanás ha pedido permiso para zarandearos a todos como trigo» (Lc 22:31), indicando algunas de las dificultades que los apóstoles tendrían que soportar.

¿Puede Satanás obligarnos a pecar?

La respuesta de la tradición cristiana es clara: no. El diablo puede tentar, engañar y tratar de influir en las decisiones humanas, pero no puede anular nuestra libertad ni obligarnos a pecar. Sería erróneo entonces negar cualquier influencia del mal tanto como atribuir al diablo todo lo que nos sucede o utilizarlo como excusa para eludir nuestra responsabilidad.

Satanás nos tienta a pecar, pero no puede obligarnos a hacerlo; nosotros elegimos pecar o no. «Someteos a Dios», escribió Santiago en su epístola, «Resistid al diablo, y él huirá de vosotros» (Santiago 4:7).

Los propios Evangelios muestran que no todos responden de la misma manera ante la tentación. Aunque San Pedro negó a Jesús, se arrepintió de su pecado; Judas, en cambio, fue seducido por Satanás y traicionó a Jesús (Jn 13:2, 27).

Pero no toda dificultad, enfermedad o desgracia debe atribuirse a una intervención extraordinaria del demonio. La Iglesia reconoce la existencia del mal espiritual, pero eso no significa que detrás de cada sufrimiento haya una acción diabólica. Interpretarlo así supone simplificar la realidad y puede alimentar el miedo o llevar a conclusiones sin fundamento.

Esta precaución no es ajena a la literatura cristiana. En el prefacio de Lettere del diavolo a suo nipote, C. S. Lewis advierte de que, al hablar de los demonios, se puede caer en dos errores: negar su existencia o prestarles una atención excesiva y malsana.

La advertencia ayuda a situar la cuestión en su justa medida. La vida cristiana no gira en torno al demonio, sino en torno a Cristo y a la victoria que ha obtenido sobre el mal. Pero reconocer la existencia del mal sirve para estar alerta ante el engaño, asumir la propia responsabilidad y elegir el bien.

¿Qué le sucederá a Satanás al final de la historia?

La Biblia no presenta la lucha entre Dios y Satanás como una batalla cuyo resultado todavía esté por decidir. La victoria definitiva de Dios forma parte de la esperanza cristiana.

Justo antes de su arresto, Jesús les dijo a sus discípulos que el diablo y sus ángeles están destinados al «fuego eterno» que les ha sido preparado (Mt 25:41).Y el Apocalipsis describe el desenlace de la historia con una imagen contundente: Satanás será «arrojado al estanque de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta. Allí serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Ap 20:10).

Esta victoria del Reino de Dios aparece representada también en la imagen de la Virgen María que aplasta con su pie la cabeza de la serpiente, símbolo de Satanás. Una imagen que evoca el anuncio del Génesis sobre la derrota del mal (Gn 3, 15) y que recuerda que el demonio no tiene la última palabra. La canción Dime, Padre, de Hakuna, expresa esta misma confianza al poner en labios de Dios estas palabras: «No ven que el bien ya ha vencido. Que la serpiente que les hace temblar ya la ha pisado mi madre. Solo tienen que mirarme, y vivirán».

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