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“Hay que subrayar que las personas con discapacidad forman parte de la Iglesia y viven su propia espiritualidad”

Habla Elisa Pérez Avellán, organizadora de la jornada "Espiritualidad sin barreras", centrada en la religiosidad de las personas con discapacidad

José María Navalpotro-2 de listopad de 2026-Czas czytania: 4 minuty
perez avellan

Elisa Pérez Avellán, en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid

¿Es posible hablar de la religiosidad de las personas con discapacidad mental? ¿Hasta qué punto puede rezar una persona con autismo? ¿Cómo incorporar a un niño con estas características a una catequesis? La relación entre espiritualidad y discapacidad es una cuestión que cada vez interesa más en la Iglesia para intentar superar dificultades. La Universidad Pontificia Comillas de Madrid ha sido escenario de una dzień donde se han abordado estas cuestiones. La coordinadora, Elisa Pérez-Avellán, explica por qué se trata de un tema en auge.

La jornada “Espiritualidad sin barreras: un derecho de todos” ha reunido a una veintena de expertos. Especial relieve han tenido las experiencias centradas en la trasmisión de la fe y las iniciativas de catequesis centradas en las personas con discapacidad. Una de las Hijas de Santa María de la Providencia (hermanas guanelianas), que trabajan con personas con estas características, explicaba en la jornada: “Nuestra misión es ayudar a comprender a las personas con discapacidad que Dios está con ellas. Nuestra base del trabajo con ellas es la misericordia de Dios, su paternidad”.

Elisa María Pérez Avellán, organizadora del acto, destaca las perspectivas que abre abordar estas cuestiones. Ella es profesora en la Universidad Pontificia Comillas, con formación en Historia, Pedagogía y Educación.

¿Por qué hablar de espiritualidad y discapacidad?

–Veíamos que existía una demanda. El congreso nació por parte de las hermanas guanelianas, en unas conversaciones más informales, que por qué nunca se había hablado de la espiritualidad como un derecho de las personas con discapacidad.

Y luego, hablando con otras entidades, como la Fundación Astierthe Fundación Gil Gayarrethe Casa Santa Teresa, se compartía esta misma inquietud.

Creo que de modo un tanto providencial, se fueron aunando esos intereses y vimos que era una respuesta que teníamos que dar como Iglesia. Por eso surgió el año pasado esta jornada, en colaboración con el Instituto Universitario de la Familia de la Universidad Pontificia Comillas.

Había realmente una necesidad de plantear que las personas con discapacidad son parte de la Iglesia. Tienen el mismo derecho a vivir la espiritualidad que el resto. Y necesitan un espacio para ello.

Con el amor, más que con el conocimiento

¿No existe cierto prejuicio de que una persona con problemas mentales no puede rezar?

-Tradicionalmente se solía relacionar la espiritualidad con capacidad cognitiva. Entonces la pregunta era: “Si no puedes entender, ¿cómo vas a rezar?”

Sin embargo, la espiritualidad tiene que ver mucho más con la relación, con un sentido vital, con los fines últimos. Por ejemplo, el amor.

Porque alguien, para amar, no hace una construcción conceptual: ama. Luego sí, evidentemente, fe y razón van de la mano. Me encanta la frase de Benedicto XVI, de que uno no se hace cristiano porque tenga una gran idea, sino por un encuentro personal con Cristo. Evidentemente, luego a ese encuentro le damos palabras, lo articulamos, lo conceptualizamos, y vamos profundizando en el misterio de Dios. Pero es un encuentro.

La espiritualidad va más por aquí, por esa dimensión de encuentro.

¿Qué ideas o temas del congreso destacaría?

-Este año, la parte de las ponencias desde el punto de vista teológico me ha sorprendido mucho. Las discapacidades que tenemos todos para encontrarnos con Dios. Las personas con discapacidad como lugar teológico, en el sentido de ver cómo el espíritu se derrama sobre la fragilidad y la vulnerabilidad.

También me conmueven siempre los testimonios de las personas, sean familiares, personas que acompañan, o personas con discapacidad, porque al final te ponen frente a la realidad y hay que dejarse interpelar por esa realidad.

Una realidad muy diversa

¿No es difícil prestar atención a la religiosidad en la discapacidad, cuando esta es un mundo tan amplio, desde las de tipo física a las intelectuales?

-Sí, esa es una de las reflexiones que hacemos cuando planteamos estas jornadas. Por ejemplo, vemos que en una discapacidad física el problema es la accesibilidad, nunca un problema en la vivencia de la espiritualidad.

Sin embargo, donde más huecos encontrábamos y donde más necesidad era en las personas con discapacidad intelectual. Ahora bien, en las conversaciones aquí se nos abren nuevos campos. Por ejemplo, personas mayores que van adquiriendo un cierto tipo de discapacidad intelectual por el deterioro por la edad.

¿Han abordado el tema de la depresión? Es una cuestión de salud mental, no sé si tanto de la depresión.

–No, como salud mental, en ese ámbito no hemos entrado. Uno de los ponentes por ejemplo afirmaba que la discapacidad no es una enfermedad, sino un regalo de Dios. La persona con síndrome de Down no es un enfermo, entonces tenemos un camino para cambiar esa metodología.

Creo que la enfermedad de la depresión sí es una enfermedad. La salud mental y la espiritualidad es un tema en auge, la psicología y la espiritualidad.

En cuestión de discapacidad, ¿piensa que hace falta una mayor sensibilidad al tema en las iglesias, entre los fieles, para saber convivir con personas con discapacidad, que a veces incluso puedan presentar comportamientos que por ejemplo distraen en la misa?

-Hay distintos grados. Lo primero es que siempre se asocia que la persona con discapacidad va a tener un comportamiento así, cuando desde mi experiencia personal en multitudes de celebraciones que he estado con personas con discapacidad, para nada es lo común. De hecho, a mí hasta me han llamado la atención ellos por llevar la camisa un poquito mal puesta. Me refiero a que la Misa la viven con una emoción tal vez mayor en ese sentido.

Creo que primero que hay que eliminar esos tópicos. Nos falta contacto, porque me parece que nos hacemos prejuicios porque no hemos tenido un contacto con esta realidad.

Por ejemplo, yo compartiendo sesiones de formación con algunos de ellos, me quedé alucinada de las respuestas tan hondas que algunos te dicen. Yo me decía: si es que parece que estudian teología en la Gregoriana.

Son respuestas que nacen de la experiencia que ellos han tenido de Dios, de su fe.

Debemos quitarnos esos prejuicios. Una de las participantes en el congreso se refería a su hija con grave discapacidad intelectual: ella no habla, pero expresa de una manera diferente a los que nosotros a veces intentamos que diga, cómo vive a su manera esa experiencia de la espiritualidad, de Dios.

Por eso creo que tenemos que sabernos adaptar, romper nuestros esquemas y dejarnos sorprender.

Yo diría a la gente que hable, que interactúe con ellos con normalidad.

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