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«La mejor manera de ayudar a las familias es dejarlas en paz»: defensa de la vida en Vilna

Más de 3.000 personas marchan en Vilna para defender la vida y reclamar un mayor apoyo a las madres y las familias ante el aborto y el invierno demográfico.

Bryan Lawrence Gonsalves-2 de październik de 2026-Czas czytania: 5 minuty
vida Vilna

Más de 3.000 defensores del derecho a la vida se reunieron el sábado en la capital de Lituania con motivo de la Marcha por la Vida anual de Vilna, en la que reclamaron un mayor apoyo a las madres y las familias en medio de los crecientes debates nacionales sobre el aborto, la fecundación in vitro y la disminución de la tasa de natalidad en el país.

Este ha sido el segundo año consecutivo en el que Lituania ha celebrado la Marcha por la Vida tras la reactivación del evento en 2025, después de una pausa de casi 30 años. Su regreso se produce en un momento en el que Lituania, al igual que gran parte de Europa del Este, se enfrenta a profundos cambios demográficos, con menos matrimonios, menos nacimientos y una creciente preocupación por el futuro de la vida familiar.

Un testimonio público a favor de la vida

A pesar de la intensa lluvia matutina, el frío y la niebla, los participantes se reunieron en la Biblioteca Nacional Martynas Mažvydas antes de marchar hacia la Plaza de la Catedral. Una vez allí, lo que siguió fue una mezcla de música, testimonios y momentos de silencio y solidaridad por las vidas de los no nacidos perdidas a causa del aborto.

Los organizadores querían dejar claro que el movimiento pro-vida no se define únicamente por aquello a lo que se opone, sino también por lo que celebra: la vida, la familia, la comunidad y la responsabilidad que las personas tienen unas hacia otras.

Ese mensaje quedó ilustrado por el testimonio de Saulius Karosas. Después de que su cuarta hija, Iva, naciera con síndrome de Down, la familia adoptó más tarde a Motiejus, un niño con la misma condición. Karosas describió cómo acoger a ambos niños transformó la forma en que la familia entendía el valor y la belleza humanos, enseñándoles a reconocer el valor de los demás de una manera más profunda.

Este tipo de testimonios son fundamentales para la visión de los organizadores. En lugar de presentar la defensa de la vida únicamente como una cuestión política o legislativa, la Marcha por la Vida de Vilna buscó mostrar cómo se construye una cultura que acoge la vida a través de relaciones concretas y decisiones cotidianas.

El movimiento provida de Lituania

Actualmente, el aborto es legal en Lituania hasta las 12 semanas, mientras que la eutanasia sigue siendo ilegal. El movimiento provida del país se inscribe en un debate público más amplio sobre el aborto y el descenso del número de nacimientos.
En este contexto, el regreso de la Marcha por la Vida ofrece una plataforma pública visible para quienes creen que los niños no nacidos deben ser protegidos y que las mujeres y las familias que se enfrentan a circunstancias difíciles deben recibir un mayor apoyo.

Para Simonas Streikus, uno de los organizadores de la Marcha por la Vida de Vilna, el mensaje de la marcha va mucho más allá de las calles de Vilna. «Somos responsables los unos de los otros», declaró a Omnes, subrayando que las decisiones individuales pueden afectar a los demás y contribuir a una cultura que valore la vida.

Afirmó que la marcha debería animar a las mujeres que se enfrentan a decisiones difíciles durante el embarazo a elegir la vida, al tiempo que les recuerda que «no están solas». Ese testimonio, explica, comienza en la vida cotidiana, cuando las personas se convierten en «apóstoles de la bondad y la vida» a través de sus familias, amistades, lugares de trabajo y comunidades.
Streikus también espera que la marcha fortalezca a quienes participan, dándoles «fuerza, fe y valor renovados» para vivir sus convicciones más allá del propio evento.

Para él, el testimonio más poderoso quizá no sea «un discurso o una campaña política», sino el ejemplo de alguien que vive de acuerdo con sus convicciones provida «con alegría, valentía y amor».

Por eso los organizadores ven la marcha como algo más que una manifestación anual. Quieren que contribuya a crear una cultura en la que se apoye a las madres, se valore a las familias y se trate con dignidad a las personas vulnerables.

Una región que se enfrenta a un invierno demográfico

Este mensaje provida llega en un momento en que Lituania y sus países vecinos se enfrentan a un declive demográfico.
En toda Europa del Este, las tasas de natalidad han caído muy por debajo del nivel necesario para mantener la población a largo plazo. Las causas son complejas. Tras el colapso del comunismo y la independencia de muchos países de la región, un gran número de personas emigró a Europa Occidental y a Estados Unidos. Al mismo tiempo, el aumento de los costes de la vivienda, la incertidumbre económica y los cambios en las actitudes culturales han hecho que el matrimonio y la paternidad resulten más difíciles o menos atractivos para muchos jóvenes adultos.

Para el defensor polaco del movimiento pro-vida Marcin Perłowski, la crisis demográfica no puede separarse de cuestiones más amplias relacionadas con el matrimonio y el significado de la paternidad.

En declaraciones a Omnes en Vilna, Perłowski explicó que una de las dificultades a las que se enfrenta el movimiento pro-vida es la forma en que su mensaje es recibido a veces en el debate público. Destacó principalmente las acusaciones de «discurso de odio» dirigidas contra quienes defienden la vida del no nacido. Afirmó que presentar a los defensores de la vida como personas que «odian a las mujeres» o que pretenden restringir su libertad puede dificultar que el movimiento llegue a nuevos públicos, especialmente en las redes sociales.

Además, en su opinión, los medios de comunicación modernos suelen presentar el matrimonio como algo opresivo y la maternidad como una amenaza para la libertad de las mujeres. Los hombres, dijo, pueden encontrarse con un mensaje paralelo en el que su independencia se disocia de los compromisos o responsabilidades familiares.

«No diría que la crisis de las familias radica en la debilidad de los hombres o en la debilidad de las mujeres», afirmó Perłowski. En cambio, señaló fuerzas culturales más amplias que afectan a ambos sexos, al tiempo que explicó que el movimiento pro-vida debería abordar las responsabilidades y experiencias específicas de hombres y mujeres.

Perłowski también cuestionó si los incentivos económicos por sí solos pueden revertir el declive demográfico. Basándose en la experiencia de Polonia, argumentó que el aumento de las prestaciones económicas no había producido el auge demográfico que algunos esperaban.

En su lugar, afirmó que los gobiernos deberían concentrarse en crear condiciones en las que las familias puedan prosperar. «La mejor manera de ayudar a las familias es dejarlas en paz», afirmó, explicando que las familias necesitan mayor libertad frente a una fiscalidad excesiva y otras cargas, junto con un mayor reconocimiento social de la importancia de la vida familiar.

Para Perłowski, por lo tanto, la cuestión demográfica no se reduce simplemente al número de niños que nacen. También se trata de si los jóvenes consideran que el matrimonio, la paternidad y la responsabilidad familiar son aspectos realistas y que merecen la pena de la vida adulta.

Construir una cultura de la vida

El reto más profundo, explicó Perłowski, es cultural. En el pasado, las familias numerosas eran vistas de forma negativa en algunos sectores de la sociedad polaca, pero él cree que esa percepción está cambiando poco a poco. Los gobiernos y las instituciones públicas, afirmó, deberían reforzar ese cambio demostrando que el matrimonio, la paternidad, la maternidad y las familias numerosas pueden aportar sentido y plenitud humana.

Esta visión más amplia ayuda a explicar por qué la marcha de Vilna es importante para sus organizadores, entre ellos Streikus. Su mensaje no se limita a la oposición al aborto, sino que vincula la protección de la vida del no nacido con las condiciones sociales, culturales y prácticas que determinan si las personas se sienten capaces y dispuestas a casarse, tener hijos y construir una vida familiar.

Para los allí reunidos en Vilna, la marcha fue, por lo tanto, tanto una declaración pública como un intento de situar estas cuestiones con mayor firmeza en el debate más amplio sobre el futuro de las familias y las sociedades de toda la región. Lo que se derive de ese testimonio, afirman los organizadores, depende menos de un único evento que de si su mensaje encuentra expresión en las decisiones cotidianas y en las instituciones que dan forma a la vida familiar.

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