El 20 de febrero de 2014, sobre las cuatro de la tarde, crucé por primera vez la frontera entre Melilla y Marruecos para conocer la realidad de los jóvenes subsaharianos que dejaban su tierra en busca de una vida mejor. Mi emoción y mis nervios eran evidentes, pero también la certeza de cumplir con mi deber como periodista: ver las cosas con mis propios ojos para después poder contarlas.
Una semana después, aquellos que había conocido calentándose junto a un fuego frente a Melilla estaban ya en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI). Recuerdo sus miradas, sus heridas, su cansancio y la alegría de sus rostros. Durante meses fui al CETI y a Marruecos, llevando comida y ropa y conociendo poco a poco a Jesús en los que más sufren. Nunca sentí que amar a quienes sufrían a un lado de la frontera estuviera reñido con respetar a quienes tenían el deber de defenderla al otro.
Un día, Koffi, un joven maliense, me preguntó qué decía la ley sobre inmigración en Holanda. Le expliqué: “Si vais 50 malienses, no hay problema; si fuerais 20 millones, Holanda tendría un problema”. Todos lo entendieron.
También vi cómo compartía en redes una vida que no existía: buenos coches, ropa nueva, una vida casi paradisíaca. La realidad era muy distinta.
Es fácil, aunque irresponsable, decir que las puertas están abiertas para todos. Después, muchos terminan hacinados, caen víctimas de redes de prostitución o acaban vendiendo imitaciones en nuestras calles. ¿Es esa la vida que les proponemos? Habrá que contarles la verdad: Europa no es tan fácil como imaginan. Si tu país está en guerra, quizá no tengas más remedio que marcharte. Pero si no lo está y tu familia tiene una tierra y animales para vivir, quizá quedarse sea mejor que sufrir lo que tantos sufren aquí. Acoger al que lo necesita es lo que nos propone la Iglesia.
El inmigrante tiene una dignidad que no depende de su situación legal. El Catecismo recuerda el deber de acoger, “en cuanto sea posible”, al extranjero que busca seguridad. El Papa Francisco lo resumió en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar. Pero también existen deberes: respetar las leyes y contribuir a las cargas del país que acoge.
Hoy, desde África, sigo convencido de que puedo contribuir desde el origen para que muchas madres y bebés no tengan que abandonar su tierra buscando lejos una vida mejor. Ni rechazo ni ingenuidad; ni fronteras abiertas ni herméticas; ni desatender a los tuyos ni dejar de acoger al que viene.
Świecka misjonarka i założycielka Mary's Children Mission.





