Tres siglos y cuarto de historia, pero con la mirada puesta en el futuro. La Academia Pontificia Eclesiástica celebra este año el 325.º aniversario de su fundación, en una época marcada por la renovación iniciada por el Papa Francisco y por la reciente visita del Papa León XIV.
Para el arzobispo Salvatore Pennacchio, presidente de la institución, y diplomático de la Santa Sede durante más de cuarenta años, el jubileo no es una simple conmemoración, sino la ocasión para transmitir a las nuevas generaciones un legado vivo: el de una diplomacia que es a la vez pastoral y profética.
Recuerda, además, que la misión de los representantes pontificios no es defender intereses nacionales, sino servir a la paz, la justicia y la dignidad de la persona, en un mundo atravesado por conflictos, migraciones y nuevas fracturas culturales. Desde este punto de vista, el futuro nuncio deberá ser ante todo un sacerdote capaz de escuchar, de estar cerca y de discernir, fiel a aquella tarea que el Papa León XIV recordó a la Academia al visitarla personalmente hace poco: ser hombres de comunión, constructores de confianza y auténticos mensajeros de la paz de Cristo.
Excelencia, la Academia Pontificia Eclesiástica cumple 325 años. ¿Qué significa hoy custodiar una tradición tan larga sin convertirla en un simple recuerdo conmemorativo?
—La historia de la“Alma Mater”de los diplomáticos pontificios sigue sustentando la labor incansable de tantos que, ayer como hoy, desempeñan con valentía y esmero la misión de representar al Santo Padre ante las naciones y las Iglesias locales. El jubileo que nuestra institución celebra este año no es, por tanto, la celebración servil de años memorables pasados, sino la ocasión de recoger el testigo de lo que ha sido, para entregarlo en manos de quienes vendrán. Es una verdadera traditio que se inscribe en el contexto más amplio de esa Tradición viva que, como enseña el Concilio Vaticano II, expresa la vida de la Iglesia: caminar por los caminos del tiempo anunciando siempre el Evangelio de la salvación.
El Papa León XIV visitó recientemente la Academia, al igual que lo había hecho el Papa Francisco. ¿Qué continuidad ve entre estos gestos de atención?
—En virtud del servicio peculiar que desempeña la Academia Eclesiástica, desde su fundación los Pontífices siempre le han demostrado y reservado un cuidado especial para la salvaguardia de su misión. Las reformas estructurales y educativas que la afectaron, sobre todo a partir del pontificado de Pío IX, hasta llegar a las del Papa Pío XII, gracias a quien adquirió su configuración prácticamente inalterada, le han permitido constantemente estar al día y ofrecer una preparación más adecuada a las exigencias del presente. La consideración reservada a la institución, sin embargo, ha sido siempre la atención a la persona, es decir, a las generaciones de representantes pontificios que se han formado aquí. Interpreto desde esta perspectiva los gestos de los Pontífices hacia esta casa sacerdotal. En el período más cercano a nosotros, esto se aplica, de manera especial, al Papa León XIV, que ya de cardenal visitó la Academia, y también al Papa Francisco, de venerada memoria, que en su seno constituyó un Institutum ad instar facultatis, como centro de alta formación para las ciencias diplomáticas. La continuidad a lo largo de los diversos momentos históricos, de la que la reciente reforma es expresión, se inscribe, por tanto, en la línea de la misión originaria de la Institución y de la que esta sigue siendo hoy fiel intérprete: servir a la causa de Cristo y de la Iglesia.
¿Qué idea de diplomacia eclesial intentáis transmitir a los alumnos desde los primeros años?
—El servicio diplomático de la Santa Sede es un compromiso que brota directamente del Evangelio: no vive si no está arraigado en esta raíz y animado por la fuerza divina. Es, ante todo, una responsabilidad que el representante pontificio madura espiritualmente en una relación sincera y cotidiana con el Señor. El Papa Francisco, en un discurso que nos dirigió hace unos años, explicó bien esta dinámica, exhortándonos a ser pastores dotados de capacidad interior, para poder dar testimonio del Señor Jesús antes que nadie. Sin una dimensión humana y espiritual sólida no es posible ser pastores ni, mucho menos, diplomáticos. El núcleo concreto de nuestra misión es seguir siendo pastores a imagen del Buen Pastor, con la ayuda que nos llega de la Eucaristía, de la oración y de la escucha de la Palabra de Dios. La formación en la Academia que se asienta, por tanto, en dos pilares fundamentales, el humano y el espiritual, tiene como objetivo que el referente de cada uno siga siendo siempre el Buen Pastor, que enseña a acompañar, sostener y devolver la esperanza.
“La diplomacia pontificia opera en un doble ámbito, el pastoral y el político diplomático”.
Monseñor PennacchioPresidente de la Academia Pontificia Eclesiástica
¿En qué se diferencia la misión del nuncio apostólico de la de un representante diplomático de un Estado?
—La diplomacia pontificia opera en un doble ámbito, el pastoral y el político-diplomático, que no tiene equivalente en las diplomacias de los Estados. Mis colegas nuncios no representan intereses nacionales ni lógicas de poder: son sacerdotes, expresión del ministerio petrino, al servicio de la paz, la justicia y la dignidad humana. Me gusta recordar la fórmula de Fabio Chigi —futuro Papa Alejandro VII— quien, en las negociaciones de Münster de 1648, describió la tarea del diplomático con palabras sobrias y profundas: “hacer mucho, decir poco”. Lo que la Santa Sede ofrece a la comunidad internacional no es solo una solución técnica a los conflictos, como suele ocurrir, sino también una visión de la paz basada en la dignidad de cada persona, en la justicia y en la fraternidad. Nuestros diplomáticos se hacen la voz de los pobres, de los migrantes, de las víctimas de las guerras, allí donde a menudo ninguna otra diplomacia está llamada a estar.
En esta línea, ¿cómo se prepara un futuro representante pontificio para escuchar realidades eclesiales, culturales y sociales muy diferentes entre sí?
—El encuentro con entornos tan diversos, como aquellos con los que el representante pontificio está llamado a confrontarse durante su servicio, revela la belleza de una realidad rica y multiforme. Y esto se constata cada vez que el nuncio, durante su misión, visita las distintas iglesias locales, escucha a los obispos, acoge a los sacerdotes y confirma en el anuncio a los fieles que siempre esperan sentir cercana la presencia del Papa. Es una tarea ciertamente delicada, que requiere capacidad humana y sensibilidad espiritual. Prepararse para una tarea así exige ante todo una formación que no sea solo académica, sino profundamente humana, espiritual y pastoral; por eso decía antes que se trata de pilares fundamentales para todo presbítero, antes que para un diplomático. Solo así se logra madurar una profundidad y una sutileza de mirada capaces de leer e interpretar la complejidad de la historia sin perder de vista lo esencial.
El Papa Francisco quiso que en el itinerario formativo se incluyera también un año de experiencia misionera. ¿Qué ha aportado esta decisión a la vida de la Academia?
—Con esta propuesta, el Papa pretendía, en primer lugar, enriquecer el plan de estudiospropuesto por la “Alma Mater”, pero sobre todo ofrecer a quienes colaborarán con los representantes pontificios una experiencia misionera de actividad evangelizadora. La elección es significativa porque ayuda al futuro diplomático a no alejarse de la realidad concreta de la vida ministerial y del encuentro real con las personas, especialmente con aquellas más castigadas y heridas por la vida. La invitación que el Papa Francisco ha dirigido, en repetidas ocasiones, de llegar a las periferias humanas y existenciales, vale también para aquellos jóvenes que se preparan para servir al Papa en las Nunciaturas y las Organizaciones Internacionales. No hay duda de que esta experiencia ha aportado a la Academia un estilo de mayor cercanía, de escucha y de servicio, a menudo en situaciones de pobreza, fragilidad y minoría eclesial.
Ante la inestable situación internacional, ¿qué contribución efectiva puede aportar la diplomacia de la Santa Sede?
—En este contexto, la misión de la Iglesia, y por tanto de los representantes pontificios, no se limita a la mediación diplomática en sentido estricto o a la búsqueda de acuerdos inmediatos, sino que se nutre de una labor más profunda, orientada a superar desconfianzas y barreras culturales, políticas y religiosas, creando las condiciones para un diálogo auténtico y duradero. Lo que la Santa Sede puede ofrecer, de hecho, a la comunidad internacional es una perspectiva que no se guía por intereses económicos o geopolíticos, sino por la centralidad de la persona humana, la defensa de la dignidad de toda vida y la promoción de la fraternidad entre los pueblos. Y un ámbito privilegiado es precisamente el sector multilateral, lugar en el que se pueden traducir en acciones concretas de paz, de tutela de los derechos fundamentales y de cooperación.
“Lo que la Santa Sede puede ofrecer a la comunidad internacional es la centralidad de la persona humana”.
Monseñor PennacchioPresidente de la Academia Pontificia Eclesiástica
¿Se puede ser profético a pesar de un trabajo que exige discreción, prudencia y continuidad?
—Estoy convencido de que no hay diplomacia sin visión. El papel de los representantes pontificios exige, hoy más que ayer, una capacidad que no puede limitarse a la dialéctica formal, sino que requiere un esfuerzo impulsor tendente a imaginar y construir un futuro más sostenible desde el punto de vista humano y espiritual. La profecía, como don del Espíritu Santo, es la inteligencia del creyente que, con ingenio y pericia, sabe mantener viva una mirada moral y espiritual sobre la historia. No es una actitud ideológica, ni se realiza a través de tomas de posición sensacionalistas, sino con la capacidad de recordar constantemente la centralidad de la dignidad humana, de la paz, de la justicia y del bien común, incluso cuando esto parezca ir a contracorriente. Esto requiere, por nuestra parte, la fuerza de hablar con un lenguaje respetuoso y prudente, pero que, al mismo tiempo, llame claramente la atención sobre cuestiones decisivas como la paz, el rechazo del fundamentalismo, la acogida de los migrantes, la tutela de la dignidad de cada persona, la abolición de la pena de muerte y la responsabilidad hacia los más pobres.
Usted ha prestado su servicio en países y contextos muy diversos. ¿Qué experiencia le parece más útil hoy para acompañar la formación de los jóvenes sacerdotes de la Academia?
—He estado viajando por el mundo, ininterrumpidamente, durante cuarenta y cuatro años, primero como colaborador y luego como nuncio apostólico. En los diversos contextos sociales y políticos en los que he sido llamado a desempeñar mi misión, siempre he experimentado la riqueza de experiencias internacionales muy diferentes. En Panamá, mi primera misión, conocí el compromiso de la Iglesia latinoamericana de los años ochenta con los múltiples desafíos sociales. En Etiopía conocí el compromiso humanitario en favor de cientos de miles de personas afectadas por la hambruna y la falta de agua. En Australia tuve la gran oportunidad de formar parte de la comitiva de la visita pastoral del Papa Juan Pablo II. En Turquía, en cambio, tuve la oportunidad de colaborar con el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla. Estaba en Egipto durante la primera Guerra del Golfo, en el contexto de la intervención contra el régimen iraquí de Sadam Hussein. En Belgrado fui testigo de los albores de la desintegración de los países de la antigua Yugoslavia. La lista de países es realmente larga: Irlanda, Ruanda, Tailandia, Delhi, Polonia… Ha sido una experiencia indescriptible y hoy, desde Roma, contemplo con gratitud un camino rico y fecundo.
¿Qué cualidad humana y sacerdotal considera necesaria para que un futuro nuncio pueda afrontar los retos de los próximos años?
—Creo que la cualidad más necesaria es la capacidad de conjugar la profundidad espiritual con una auténtica cercanía humana; de hecho, es en esta perspectiva en la que se está renovando la formación en la Academia. Me parece útil, a este respecto, recordar el discurso que el Papa León nos dirigió en el reciente encuentro celebrado en nuestra Institución. Nos recordó que la reforma más importante consiste en un ejercicio constante de conversión, orientado a cultivar la cercanía, la escucha atenta, el testimonio, el enfoque fraterno y el diálogo, vividos con humildad y mansedumbre. Son virtudes imprescindibles para el diplomático pontificio, que estará llamado a actuar en contextos culturales, eclesiales y políticos diversos, en los que será fundamental poseer un estilo capaz de generar confianza, mantener abiertos los canales de comunicación y favorecer los caminos de reconciliación. El Papa nos ha exhortado a mantener vivo en nosotros el don pascual, para ser verdaderos mensajeros del Resucitado, capaces de llevar al mundo la paz de Cristo, de convertirnos en puente de diálogo entre personas, Iglesias y pueblos. Esto significa habitar el mundo sin dejarse absorber por sus lógicas de confrontación, sino conservando siempre una mirada evangélica sobre el hombre y la historia.





