Pensemos un momento en el hecho que define lo sagrado, el hombre de por si tiene en su interior un referente que lo hace sagrado. La pregunta por su origen, su existencia y su final siempre va marcada por algo que considera sagrado.
Pensemos en primer momento que el hombre necesita para conocer, ser conocido primero, es el amor, no hay amor sin ser amado, y el que nos amó, es el mismo que nos conoce. El hombre se abre a la sobrenatural, pero se abre por el simple hecho de que tiene sobrenaturalidad, es en otras palabras “mostrar un verdadero rostro”. El ser abierto a la trascendencia, no se agota, ese ser-con Dios, que le da su existir, esa relación con lo sagrado, de la cual nos habla Leonardo Polo: “ ser-con respecto a Dios significa dependencia absoluta”. Sin la relación, el ser, queda simplemente encerrado en una pérdida de sentido.
La hierofanía
Los lugares santos que podemos apreciar están en nuestro mundo, no se trata de una realidad que este fuera de nuestro espacio. En esto es importante el termino hierofanía que significa la manifestación de lo sagrado, y esta manifestación no la podemos excluir del ámbito terrenal, sino no sería sagrada sino simplemente escatológica, lo cual tampoco la podríamos ver, ni presenciar.
En este sentido, en los templos encontramos una parte fundamental que fundamenta los lugares sagrados, pero para saber los lugares hace falta una atracción hacia esos lugares, y esa atracción es poder de lo divino. Si nos detenemos un poco en los ritos, en el hecho de lo sagrado hacia el cual el hombre participa como ser activo, nos metemos en la liturgia. Esto quiere decir que el hombre participa de la divinidad en un ámbito pero no por capacidad, sino por don. Se podría decir que es un introducirnos en el tiempo de Dios, pero simplemente porque Él nos amó primero.
Si nos vamos al pasaje de la zarza ardiendo, donde Moises entra y lo que se le dice es “quítate las sandalias de los pies, porque el lugar que pisas, santo es” (Ex 3,5) el hecho de que se introduzca en un lugar se entra en el tiempo de Dios, donde los ruidos de lo exterior no tienen alguna validez. Esto, aunque a veces olvidado, no logra de perder su carácter de que trasciende al hombre, por su abertura a lo verdaderamente bello y verdadero.
La necesidad del hombre por encontrarse con algo sagrado, en definitiva es encontrarse con aquel que le da su verdadero ser, le da su belleza y le da su bondad, no en simple sentido, sino su ser en cuanto uno, con su verdadero ser, su belleza en cuanto la comparte con el creador y la bondad en tanto tiende a ella, como bien propio o de otro.
El concepto de “el hombre divino” a veces se trastorna por la culpa del relativismo, nada hace más daño que ir como una barca en medio del mar, de a lado a lado y no tener un rumbo fijo, esto por el simple hecho de que nos volvemos hipócritas ante Dios y ante nosotros mismos. En lo sagrado el hombre juega un papel importante, es a quien está el dirigido lo sagrado, de igual forma el hombre se dirige a lo sagrado, no como un simple querer, sino como mera necesidad.
El templo
La defensa de los lugares divinos a veces se ven profanados a lo largo de la historia, pero ¿el hombre no tiene divinidad? ¿Cómo algo creado de lo divino, ataca lo divino? Si nos fijamos, los hombres que desafían los lugares sagrados son aquellos mismos que se creen divinos, creados por amor y con libertad, sin embargo incapaces de corresponder a ese amor.
“Sus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la pascua” (Lc 2, 41) Se trata de la fiesta del cordero, que es una de las tres fiestas del calendario judío para hacer una peregrinación, que obliga a los hombres presentarse ante el templo, que incluía el sacrificio del cordero. La pérdida de Jesús en el templo que nos relata es ciertamente sorprendente, porque nos damos cuenta de varios detalles: en primer lugar la perdida de Jesús que lo encuentran a los tres días, pero ¿tres días?; Jesús en otro pasaje habla en Juan: “Destruid este templo y lo reconstruiré en tres días” (19) es una relación que muestra como el templo de Dios, está ahora en un templo construido por la humanidad para darle el culto al mismo que es el templo. Es su cuerpo, ya la divinidad no pasa a estar entre paredes, pasa a estar en la persona de Jesús.
Los tres días, los mismos que pasa en el sepulcro, simbolizan no solo la muerte, sino la resurrección, se ha reconstruido el templo más perfecto. La instauración del nuevo culto y de la nueva alianza, viva y eterna se presenta enseñando como ir hacia el Padre, y ese camino al Padre se hace por medio de los sacramentos, cuidadosamente preparados, ante todo dignos, que nunca llegaran a igualar la belleza plena ante Dios. Orientan al hombre hacía la adoración. Así, el templo, como lugar sagrado se convierte en mediador que hace presente a Cristo, que es el verdadero Templo, y enseña a participar de la comunión con el Padre.
Ahora bien, el encuentro con el templo de Dios, en el mismo Cristo, hace que se realice la comunión con Él, pero además con el prójimo. La ley ya divina ya no habita en piedra, sino en una persona que además se pone a explicar la ley “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en cosas las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49) las cosas del Padre, lo cual comprende estar existiendo todos los días con el reconocerse que estamos delante de Dios.
Los lugares ayudan a siempre estar en comunión con Dios, por la belleza que la mayoría contiene, desde una pintura hasta un crucifijo, que transporta a el misterio de la Redención, que recuerda siempre que somos criaturas de Dios y que Dios es Dios. Entrar en el espacio destinado para Dios hace visible que el corazón tenga siempre la mirada fija al creador, por eso la importancia de cuidarlos, ya que están constantemente llevando una alabanza al mismo Dios, siguiendo el ejemplo del mismo Cristo.
Es una forma de ser, donde la suma bondad toma la iniciativa de revelarse, y esa relación con Dios lleva a los ritos, a la liturgia y a dar un culto que nos corresponde dar. Cuando pensamos en los ritos, pensamos en la liturgia entera, con su centro en la santa Misa, pero que compromete además las horas de toda la Iglesia, con una constante extensión de la eucaristía al volvernos a nosotros mismos victimas y participes de la filiación divina.
“Cristo mismo realiza el culto ante el Padre, se convierte en culto para los suyos en el momento que se reúnen con Él y entorno a Él” (Joseph Ratzinger “El espíritu de la liturgia”) la comunidad que se reúne, que muestra que Cristo es destinatario y a la vez es sujeto que ofrece en la persona del sacerdote, por eso la importancia de las iglesias como templo, porque es donde Cristo mismo se ofrece el Padre, y nos reúne con Él, por lo tanto; la misma liturgia no nace de un invento humano, ni de una conveniencia, sino de una propia revelación divina, para que los hombres lleguen al conocimiento de la verdad.
Hablando de los lugares sagrados, tendremos además que mencionar a santa María, como portadora de la divinidad, la que llevo en su seno por lo cual el mundo fue hecho, “María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es “la morada de Dios entre los hombres” (Ap 21, 3). “Llena de gracia”, se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que entregará al mundo” (CEC 2676). El Arca que se menciona en el Antiguo Testamento, que contiene la presencia de Dios, es ahora María que lleva a su seno al creador, en Ella, que por su pureza esta labrada de oro por dentro y por fuera, es aquella que recibe el tesoro mas grande para lograr la Salvación, a Ella que tiene un lugar esencial y no para menos en nuestros lugares sagrados, siempre acudimos como Virgen que no es alcanzada por el pecado, es capaz de alcanzar, abrazar y sostener al pecador.



