Muchos vamos a Misa en modo automático. Entramos, nos sentamos, respondemos lo que toca y salimos. Y, sin embargo, lo que sucede en el altar es —en palabras del sacerdote José— “tan desbordante, tan maravilloso, que ninguna otra acción en la Iglesia es comparable a la Eucaristía (así lo dice el Concilio Vaticano II)”.
Quizá el problema no es falta de fe, sino falta de conciencia. Y es que uno no puede amar lo que no conoce. El Santo Cura de Ars ya lo decía: «si realmente entendiéramos la Misa, moriríamos de alegría». Así, este artículo pretende ser de ayuda para entender, aunque sea un atisbo, de lo que en la Misa acontece. Porque la Misa no se “oye”. La Misa se vive.
El gran error: ser un mero espectador
El Concilio Vaticano II puso un énfasis particular en la actuosa participatio exhortando a los fieles a no asistir a la liturgia eucarística «como espectadores mudos o extraños», sino a participar «consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada». Esto significa vivir la Misa con el corazón. Y esto… ¿cómo se hace?
Para ayudarnos a responder esta pregunta, los Padres sinodales han resaltado las condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación:
- Tener un espíritu de conversión continua. Un corazón reconciliado con Dios permite la verdadera participación.
- Para dicha disposición interior es conveniente el recogimiento y el silencio, al menos unos instantes antes de comenzar la liturgia, el ayuno y, cuando sea necesario, la confesión sacramental.
- No puede haber una actuosa participatio en los santos Misterios si no se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad, la cual comprende también el compromiso misionero de llevar el amor de Cristo a la sociedad.
- Cultivar el deseo de la plena unión con Cristo. Poner atención al comulgar y ser conscientes de lo que está aconteciendo: Dios ha querido estar contigo en tu propio cuerpo.
- Si uno no puede comulgar, es bueno practicar la comunión espiritual, recordada por Juan Pablo II y recomendada por tantos Santos.
Antes de entrar en la Misa: «dejar ir»
En medio de una vida frenética y llena de quehaceres, uno opta por ir a Misa. Y nada más entrar en el silencio que la Iglesia le ofrece, la mente comienza a divagar y a hacer un recorrido de todas las preocupaciones que pocas veces se para a procesar. Ocurre muchas veces que la Misa se utiliza como un parón para organizar los pensamientos. Y puede que muchos salgan sin haber escuchado realmente la Palabra de Dios y sin darse cuenta de lo que allí ha acontecido. El sacerdote Joel Guibert, en su libro Eucaristía, advierte sobre este adormecimiento y propone dejar nuestras preocupaciones ante el altar:
«Si queremos entrar en oración, debemos empezar depositando nuestras preocupaciones a los pies del Señor. Sin ese abandono, difícilmente podrá Dios penetrar en el alma y perfeccionarla. ¿Cómo iba a hacerlo? Si el orante permanece aferrado a sus inquietudes, polarizado por sus proyectos o su película interior, Dios no puede, en dichas circunstancias, ofrecer su presencia, su gracia, su sabiduría. De hecho, es probable que el orante acabe aún más abrumado por sus preocupaciones después de horas de oración si no se decide a entregárselas a Dios.
Y no es de extrañar, pues, en el silencio de su oración, se habrá dedicado a dar vueltas a sus problemas, sin poder o querer abrirse al don de Dios«.
Una vez se ofrecen las preocupaciones al Señor, uno puede ponerse en disposición de atender y disfrutar del mayor regalo que Dios nos da y que está lleno de maravillas.
Primera maravilla: Jesús con nosotros
La primera maravilla de la Misa es la presencia REAL de Jesús. La Iglesia nos enseña que cada Eucaristía tiene el mismo valor. No es “más” o “menos” según quién la celebre o cómo nos sintamos. Aunque el celebrante sea más elocuente o más sencillo, más fervoroso o más débil, el valor es el mismo. Porque quien celebra realmente es Jesús, el verdadero protagonista. Su grandeza es infinita, porque en cada Misa se hace presente el único y mismo sacrificio de Cristo.
Cuando hablamos de “memorial”, no nos referimos a un simple recuerdo, como cuando evocamos a un amigo que ya murió. En la Eucaristía entramos realmente en el acontecimiento de la Última Cena y en la Cruz, que están íntimamente unidas. Como explica el Desiderio Desideravi del Papa Francisco, la Cena y la Cruz forman un único misterio: en la Cena Jesús anticipa su entrega, y en la Cruz la consuma. Sin la Última Cena no entenderíamos plenamente la Cruz.
Poner en el altar nuestra vida
Otra maravilla es la dimensión sacrificial: en ella, Jesús se ofrece al Padre. Toda la plegaria eucarística está dirigida al Padre, y esto alcanza su culmen en la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo…”. Ahí se resume toda la dinámica de la Eucaristía: por Cristo, al Padre, en el Espíritu.
Cristo se ofreció al Padre para salvarnos, y en cada Misa hace presente esa entrega. Pero lo más asombroso es que nos une a su ofrenda. Cuando el sacerdote dice: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro…”, está afirmando que ese sacrificio también es nuestro. No por nuestros méritos, sino porque Jesús nos toma consigo y nos presenta al Padre unidos a Él.
Ahí está el culmen de la participación: no asistir como espectadores, sino ofrecernos con Cristo. Poner en el altar nuestra vida, nuestras luchas, alegrías y sufrimientos, y decir con verdad el “Amén”. Esa es la participación real: un corazón atento y unido a Jesús, convirtiéndose con Él en ofrenda al Padre.
El primer beso
Para vivir la Misa como actores desde el primer momento, es importante comprender el significado de los signos iniciales. Cuando el sacerdote entra en procesión y besa el altar, no realiza un gesto meramente simbólico o protocolario: el altar representa a Cristo mismo, que es a la vez sacerdote, víctima y altar del sacrificio.
Besar el altar es besar a Jesús, que se entregó en la cruz y que va a hacer presente sacramentalmente su entrega para nuestra salvación. Aunque el sacerdote realiza el gesto externamente, lo hace en nombre de toda la asamblea; por eso, también los fieles deben unirse interiormente a ese acto con fe y amor. Desde ese instante se nos recuerda algo esencial: el único protagonista de la Eucaristía es Cristo. No el celebrante, ni el coro, ni quienes intervienen, sino Jesús, que vuelve a ofrecer su sacrificio redentor. Ese beso inicial nos dispone a entrar conscientemente en el misterio y a participar con el corazón en la ofrenda que se va a renovar en el altar.
Disposición de humildad
Lo primero es abrirle el corazón al Señor, reconocer. Es un momento muy importante, porque el Señor está deseando que yo me alimente de Él y entrar en mí. El Papa Francisco hablaba de cómo es Jesús mismo el que nos va atrayendo y hace todo lo posible para que asistamos a la Eucaristía.
El sacerdote José insiste en la importancia de reconocer nuestra pequeñez para entrar en la misa con una disposición de humildad: «Es muy triste, cuando la gente mide cuánto puede llegar tarde a Misa para cumplir el precepto. No debemos perdernos el acto penitencial ya que este prepara nuestro corazón. Es decirle al Señor: ‘mira, así es mi corazón, pero vengo precisamente a que lo vayas santificando'».
El Gloria: el canto del Cielo
El Gloria consiste en hacernos profundamente conscientes de que en la Eucaristía está presente la Iglesia entera: militante, purgante y triunfante: «en cualquier Eucaristía, por modesta que sea, está toda la Iglesia, y de una manera especial, toda la Iglesia del Cielo». Así lo decía san Francisco de Asís: «La Misa es el momento en que el cielo y la tierra se unen».
El Gloria es el gran canto que haremos en el Cielo, y que lo hacen los ángeles, la Virgen, los santos. Participamos así realmente de la liturgia celestial, la del Cielo.
La Palabra: la carta de un enamorado
Muchos escuchan la Palabra de Dios como un simple aprendizaje o mero moralismo, olvidándose de quién proviene aquello que escuchan. El sacerdote José sostiene que «deberíamos escuchar la liturgia de la Palabra como una enamorada que recibe una carta de su enamorado. La recibe con ilusión porque sabe que su amado le quiere decir cuánto la ama».
Después de escuchar la Palabra de Dios, el sacerdote, con su preparación y humildad, tiene la misión de favorecer que cada fiel pueda unirse íntimamente al Señor, creando las condiciones para que el Espíritu actúe en cada uno a través de la homilía. Sus palabras y gestos no generan la unión por sí mismos, pero pueden disponer a los fieles a acogerla, acompañando el deseo de Cristo de encontrarse con cada corazón.
Creo, creemos
La profesión de fe debemos llevarla siempre con nosotros, pero también hacerla presente en la liturgia. En los concilios donde se definió el Credo, se decía “creemos” en plural, porque la fe no es solo individual: al decir “creo” me uno a toda la Iglesia, que me sostiene en mi profesión de fe. Es como cantar en un coro: aunque en algún momento me pierda, el coro me acompaña y mantiene la armonía. Por eso, incluso en celebraciones como el bautismo, cuando se pregunta “¿Creéis en…?” y respondemos “Sí, creo”, estamos expresando la fe de toda la Iglesia. Mi fe personal no está sola; la Iglesia la sostiene y la acompaña. Por eso, al rezar el Credo, nuestra voz se une a la de toda la comunidad, haciendo presente esa unidad y sostén de la fe.
Presentación de ofrendas: ofrecerme a mí
Después comienza la presentación de las ofrendas: «es muy importante darnos cuenta de que nosotros mismos debemos ofrecernos. Nos ofrecemos y Jesús nos ofrece también, invitándonos a unirnos a lo que Él hace» afirma José.
«Presentamos el pan y el vino, que en realidad son un regalo que hemos recibido, como toda la creación. Y eso que recibimos se lo devolvemos a Él. Esa es, en el fondo, la dinámica del amor de Dios: todo lo que hago, antes lo he recibido de Él. Lo único que hago es decirle “sí”, quiero unirme a ti, pero con la convicción de que todo ha sido don. Yo no le doy nada al Señor que Él no me haya dado antes» añade.
¿Qué reza el sacerdote en voz baja durante el ofertorio?
Hay un gesto del que quizá no somos conscientes y sería bueno conocer. Primero se presenta el pan y, después, en el cáliz se pone el vino y una gotita de agua. El vino puede estar preparado de antes, pero la acción propia del sacerdote es echar el agua. Ese gesto debe hacerlo él, no otro.
Mientras lo hace, dice la siguiente oración: “Por el misterio de esta agua y este vino, haz que compartamos la divinidad de quien se ha dignado participar de nuestra humanidad”. Y es que esa gotita de agua representa mi humanidad, que se une a la sangre de Jesús. En cada Eucaristía estamos pidiendo compartir su divinidad. Ese es el camino cristiano: que el Señor nos vaya divinizando.
Después, el sacerdote se inclina y reza: “Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que este sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor Dios nuestro”.
Estas oraciones las hace en nombre de todos. No son algo privado, sino que expresan nuestra pequeñez y nuestra actitud humilde al ofrecer el pan y el vino, que se convertirán nada menos que en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Luego viene el lavatorio de las manos, acompañado de otra oración: “Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado”. Es un gesto de purificación interior.
Inmediatamente después, el sacerdote dice: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro…”. Esto nos recuerda que el sacrificio es de todos, que cada uno también se ofrece.
El momento culmen: la consagración
La consagración es el momento central de la Misa. «Mientras el sacerdote pronuncia las palabras de Jesús, deberíamos estar con absoluta atención y emoción, como si estuviéramos en la Última Cena. Es ahí donde sucede el milagro. La elevación posterior es solo un signo para que adoremos, es un ‘ya está cumplido'» explica José.
Después de la plegaria eucarística y la doxología (“Por Cristo, con Él y en Él…”), comienza la preparación para la comunión. Todo conduce a ese momento. Jesús nos espera, como un enamorado que desea que nos acerquemos a recibirlo. Como decía san Agustín «Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él». Por eso es tan importante prepararnos bien.
Antes de comulgar, el sacerdote puede rezar esta oración (a José le gusta especialmente la primera que propone el misal): “Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti”.
Esa puede ser una oración muy sencilla y profunda al acercarnos a comulgar. Y todo esto lo hacemos después de reconocer con humildad: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa…”. Porque realmente no somos dignos, pero, aun así, Él quiere venir. Y eso es lo más hermoso: Él desea entrar en nosotros.
La preocupación de la Madre Teresa
Es importante entender, a la hora de ir a Misa, que aunque vayamos con ganas, es Él el primero que nos llama a ir y el que está deseando vernos. Esta sed se ve reflejada en la vida de muchos santos. Pongamos como ejemplo a la Madre Teresa de Calcuta que, cuando se le presentó Jesús, este «tengo sed» le conmovió especialmente.
Este extracto de su carta-testamento puede ayudarnos a comprender mejor la magnitud de esta sed:
«Me preocupa que algunos de vosotros aún no hayáis encontrado realmente a Jesús a solas, solo vosotros y Jesús.
Mientras no escuchéis a Jesús en el silencio de vuestro corazón, no podréis oírle decir: ‘Tengo sed’. El diablo intentará servirse de las heridas de la vida, e incluso de vuestros propios errores, para convenceros de que no es posible que Jesús os ame de verdad. Lo más triste es que es justo lo contrario a lo que Jesús quiere y está esperando deciros. No solo que os ama, sino que os desea ardientemente. Os extraña cuando no estáis cerca de Él. Está sediento de vosotros. Os ama constantemente, aun cuando no os sentís dignos de Él. Cuando los demás no os aceptan, o vosotros mismos no os aceptáis, Él es el único que os acepta. ‘Tengo sed’ es mucho más profundo que decir simplemente ‘te amo’.
Hasta que no entendáis, en lo más íntimo, que Jesús tiene sed de vosotros, no podréis comprender quién quiere ser Él para vosotros, ni quién quiere que seáis vosotros para él. ¿Cuál debe ser vuestra actitud hacia la sed de Jesús? Solo hay un secreto: cuanto más os acerquéis a Jesús, mejor entenderéis su sed».
Los santos comprendieron la grandeza de la Misa
Los santos han sido quienes mejor han comprendido, no solo con la inteligencia sino con el corazón, la grandeza que se esconde en cada Misa. Para ellos, la Eucaristía no era una costumbre dominical ni un rito más, sino el centro de su vida. Su asombro agradecido puede enseñarnos a mirar el altar con otros ojos. He aquí algunas frases sobre la Misa:
- «La Misa no es un espectáculo, es el sacrificio de Cristo en el que debemos participar con reverencia». – San Juan Pablo II
- «La Misa es el acto de amor más grande que podemos ofrecer a Dios». – San Maximiliano Kolbe
- «Una sola Misa escuchada durante la vida es más valiosa que muchos bienes materiales dejados en herencia». – San Juan Bosco
- «Si conociéramos el valor de la Santa Misa, ¡qué gran esfuerzo haríamos por asistir a ella!». – San Juan María Vianney
- «La Eucaristía es el alimento del alma, sin ella, el alma muere». – Santa Teresa de Calcuta
- «La Misa es una fuente inagotable de gracia». – San Pedro Julián Eymard
- «La Misa es la renovación incruenta del sacrificio de la cruz». – San Francisco de Sales
- «La Misa es el sacramento del amor; significa amor, produce amor». – Santo Tomás de Aquino
- «La Misa es una escuela de oración». – San Juan Pablo II
- «La Eucaristía es el amor de Cristo hecho visible». – San Juan María Vianney




