Argumentos

¿Conoce la dimensión psicológica del sacramento de la Reconciliación?

La dimensión psicológica de la confesión pone de relieve que el sacramento no solo toca lo espiritual, sino también la salud emocional del penitente. Además, la investigación en psicología muestra cómo las relaciones de confianza, como la del confesor, son una de las fuentes más poderosas de transformación interior.  

Francisco Otamendi·29 de enero de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos
Perdón chica joven.

El sacramento de la confesión no sólo tiene una dimensión espiritual profunda, sino que también se entrelaza con aspectos psicológicos que influyen en cómo se vive y se experimenta el perdón de Dios y el perdón a uno mismo o a otros. 

Comprender estas dinámicas puede ampliar la perspectiva del confesor, y de la otra persona, señala la ‘Guía práctica para confesores’, un proyecto internacional de la Fundación John Templeton. Uno de los equipos de investigación integra a varios psicólogos, filósofos y teólogos de las universidades de Navarra, Pontificia Comillas, San Dámaso y CEU-Abat Oliba. Algunas de sus conclusiones en la órbita psicológica se sintetizan aquí.

Los dos aspectos que se reflejan en el estudio, para el que se ha contado con entrevistas a veinticinco sacerdotes de distintos países con amplia experiencia pastoral, son el impacto de la confesión y del acompañamiento espiritual en la salud psicológica, y el vínculo humano como fuente de transformación.

Un puente también para perdonarse

El perdón recibido en la confesión puede convertirse en un puente para que la persona también se perdone a sí misma, señalan los expertos de la guía. Sentirse acogido y perdonado por Cristo en la persona del sacerdote ayuda a interiorizar la misericordia divina, generando una apertura que facilita el perdón personal y, a su vez, el perdón hacia los demás.

De manera recíproca, aprender a perdonarse a uno mismo puede facilitar que la persona se acerque al sacramento con mayor apertura y confianza.

Salud psicológica

Por otra parte, “el acompañamiento espiritual prolongado puede tener un efecto profundo en la salud psicológica del acompañado, incluso más allá de la experiencia puntual de la confesión”, señala la guía.

La relación sostenida y la continuidad en el acompañamiento generan “una sensación estable de ser aceptado y querido en profundidad, lo que puede favorecer la seguridad emocional y la apertura personal”.

La escucha atenta y la apertura total del acompañante permiten que la persona explore sus ataduras, heridas y patrones de comportamiento, añade el estudio, “promoviendo autoconocimiento, reconciliación interior y un desarrollo más equilibrado de la vida emocional y espiritual”.

Evitar riesgos: paternalismo, dependencia emocional excesiva

No obstante, es fundamental cuidar la relación para evitar riesgos como el paternalismo, donde el acompañante impone su criterio o se frustra cuando la persona toma decisiones distintas a las sugeridas.

“En el acompañamiento espiritual hay una relación de confianza más fuerte, de liderazgo. Entonces, a veces se puede dar paternalismo por parte del que acompaña, que no es capaz de dejar que el otro elija, y se enfada, y se frustra cuando el otro se equivoca. Es decir, es muy delicado todo el aspecto de la relación que se fragua, de confianza, de acompañamiento, de que te dejo en libertad y no soy paternalista”.

Así lo expresan los expertos en la guía. En esta línea, los confesores subrayan la importancia de “prevenir cualquier dependencia emocional excesiva, tanto por parte del penitente o acompañado como del sacerdote, procurando siempre que se respete la libertad del primero y que el acompañamiento favorezca su autonomía y madurez”.

Las relaciones de confianza, transformadoras

Los psicólogos destacan en el informe el poder del “vínculo humano como fuente de transformación”. Los seres humanos sanamos en relación, aseguran. “Nuestras heridas más profundas —abandono, rechazo, humillación, deshonor— no se curan en soledad, sino en el encuentro con otro que nos acoge”. 

“En la confesión, es Dios mismo quien sana con su gracia, porque Él es amor y misericordia. Pero en ese espacio también está presente el sacerdote, cuya actitud puede acompañar o abandonar, acoger o rechazar, abrir caminos o cerrarlos, acercar o alejar, dar confianza o generar temor”, reconocen.

En el contexto del sacramento 

La “presencia y modo de escuchar” del sacerdote, prosiguen, “influyen en cómo el penitente vive la experiencia del perdón. La acción sacramental no depende de estos factores humanos; sin embargo, pueden favorecer o dificultar la vivencia subjetiva de ese perdón”.

Según el estudio, “la investigación en psicología muestra cómo las relaciones de confianza son una de las fuentes más poderosas de transformación interior. En el contexto de la confesión, la relación con el sacerdote puede tener un efecto semejante”.

Las relaciones sólidas, “amortiguador” psicológico

El informe cita en este punto el estudio de la Universidad de Harvard sobre el Desarrollo Adulto, la investigación más larga existente sobre felicidad y salud, que concluyó que la calidad de nuestras relaciones predice más nuestro bienestar que el éxito o los bienes materiales. 

Las relaciones sólidas actúan como un “amortiguador” psicológico: reducen el estrés, fortalecen la salud emocional y favorecen la resiliencia, subrayan los expertos.

De modo análogo, “en psicoterapia se ha demostrado que la alianza terapéutica (la relación de confianza y continuidad entre paciente y terapeuta; Baier et al., 2020q) explica gran parte de la mejoría, incluso más que las técnicas específicas empleadas. Cuando la persona se siente escuchada, validada y acompañada, es más probable que se abra al cambio y a la integración de experiencias dolorosas”.

Continuidad, un espacio humano 

Cuando el penitente se siente acogido con paciencia y respeto, es más probable que experimente alivio, confianza y apertura para crecer. “La continuidad con un mismo confesor ofrece un marco de seguridad estable”, explican los expertos.

Además del regalo del perdón de Dios, la persona encuentra la presencia de un hermano sacerdote que no lo rechaza, lo escucha con calma, sin juicio, y aun sabiendo del mal cometido, no lo llama “malvado, ladrón o inútil”. Por el contrario, le llama amigo. 

De este modo, ·la confesión se convierte no solo en un encuentro sacramental con la gracia de Dios, sino también en un espacio humano donde las viejas heridas comienzan a sanar”.

Gestión de la dependencia emocional en el acompañamiento espiritual

Como antes al referirnos a los vínculos humanos, los psicólogos alertan sobre  una cuestión en el acompañamiento espiritual. Se trata de la dependencia emocional excesiva del acompañado hacia el acompañante.

Esto sucede, explican, cuando la persona, más que crecer en libertad interior y en su relación directa con Dios, queda atrapada en la necesidad de aprobación, seguridad o dirección constante. El acompañamiento deja de vivirse entonces como un proceso de discernimiento y maduración espiritual, y se convierte en una búsqueda de calma inmediata frente a la ansiedad.

Indicios que pueden alertar

Algunos indicios que pueden alertar al acompañante son:

– búsqueda constante de aprobación (“¿lo estoy haciendo bien?, ¿Dios qué pensará?”),

– dificultad para tomar decisiones sin previamente consultar, incluso en asuntos cotidianos,

– ansiedad si el acompañante no está disponible,

– idealización del acompañante como única voz autorizada,

– miedo exagerado a equivocarse sin su orientación.

Claves para reducir la dependencia

Finalmente, algunas claves. La experiencia pastoral y la psicología muestran que es más probable reducir la dependencia si el acompañante actúa con estos parámetros:

– promueve la autonomía del acompañado, animándole a tomar decisiones personales a la luz de la oración y del discernimiento,

– pregunta más y aconseja menos, estimulando la reflexión en vez de ofrecer respuestas inmediatas,

– establece límites sanos en la frecuencia de los encuentros y en su disponibilidad,

– evita actitudes paternalistas o de control, recordando siempre que es mediador y no sustituto de la acción de Dios,

– refuerza la autoestima y la identidad del acompañado como hijo/a de Dios, ayudándole a confiar en la acción del Espíritu en su propia conciencia.

El autorFrancisco Otamendi

Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica