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René Descartes, formado en matemática, literatura y filosofía clásicas en los jesuitas de La Flèche, licenciado en leyes en Poitiers en 1616, descubre, acuartelado en Baviera en el invierno de 1619, su método y su vocación de filósofo y matemático. Se instala en los Países Bajos desde 1622 y publica en 1637 su Discours de la Méthode, que, junto con su apéndice La Géométrie, fueron fundadores de la filosofía racionalista y de la geometría analítica. Muere en Estocolmo en 1650, tras cuatro meses como
preceptor consejero de la reina Cristina de Suecia.
1. Exposición
Estos dos opúsculos del filósofo francés deben ser considerados conjuntamente pues, el Discurso es más bien autobiográfico –interesante para comprender la génesis de su pensamiento- , hallándose éste más bien contenido, o contenido con mayor detalle en las Meditationes, de las que tomaremos las citas del segundo apartado.
Cuenta René Descartes en su Discurso que, a los veintitrés años, concibió el método que dio lugar después a su filosofía. Cansado de tener que tomar por indudables un sinfín de débiles certezas, propuestas a su espíritu como indiscutibles verdades durante su vida de estudiante, decidió que el método que habría de seguir para llegar a alcanzar verdad tendría que ser un método del todo nuevo en filosofía que tomara lo mejor del método filosófico, del lógico y del matemático. Se trataba de atenerse a los siguientes preceptos:
“Fue el primero, no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda.
El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare, en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución.
El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer. para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.
Y el último, hacer en todos unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada”
Cualquier persona mínimamente familiarizada con las matemáticas reconoce que es éste el método de una demostración en esta disciplina. Las demostraciones matemáticas dividen la dificultad en pequeños “pasos”, cuya verdad es aprehendida por separado y de un solo golpe de vista, como muy evidente, de modo que esos sencillos pasos, concluyen como en síntesis, todos juntos una verdad. Así llegamos a tener certeza de una verdad que no había sido inicialmente admitida por no ser por sí misma evidente, sino que era posible dudar de ella. De hecho, el propio René Descartes dice a renglón seguido: “Esas largas series de trabadas razones, muy plausibles y fáciles, que los geómetras acostumbran a emplear para llegar a sus más difíciles demostraciones, habíanme dado ocasión de imaginar que todas las cosas de que el hombre puede adquirir conocimiento, se siguen unas a otras de igual manera.”
Con todo, aunque se sintió capaz de utilizar este método en la actividad matemática y en otras ciencias y campos de la vida, no se sintió inicialmente con madurez suficiente para emplearlo en filosofía como fundamento de una metafísica propia, de modo que quedase por ella fundamentado su conocimiento en todos los campos. Pero al cabo de varios años en que adquirió más experiencia de la vida, y después de entrenarse en el uso de este método con otros campos del saber, se sintió con madurez suficiente para aplicarlo, de modo implacable, a la metafísica, en una meditación que recoge en el Discurso del Método.
Comienza por aplicar el primero de sus preceptos al primero de nuestros conocimientos, el que nos llega por los sentidos. Pero los sentidos nos engañan a veces, por ejemplo cuando oímos voces o vemos imágenes en sueños que creemos reales, resultando, al despertar, que no lo eran. Por tanto, metodológicamente los habrá de tener por siempre falaces –es decir que no contará con ellos- puesto que cabe dudar de quien alguna vez ha engañado.
Pero entonces llega a una situación muy grave, pues, como atribuido a santo Tomás, “nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”, es decir que todo conocimiento empieza por los sentidos (en efecto, incluso las nociones más abstractas que podamos concebir, como puede ser la de Dios, tienen su base en realidades captadas inicialmente por los sentidos como la de mi propio padre, o la de un alfarero modelando la obra de sus manos). Y digo grave, porque habiendo decidido no tener por cierto, metodológicamente, el dato de los sentidos, debe concluir que tampoco puede tener por cierto dato alguno suministrado por su conocimiento, puesto que se basa en los sentidos. No puede dar fiabilidad pues a ninguna de las ideas que ha concebido, no puede suponer que correspondan a realidad alguna, no sólo a las ideas que concibe como quimeras –cuando piensa, por ejemplo, en un unicornio- sino tampoco a las que concibe como realmente existentes, como la idea que pueda tener de una cabra (ejemplo que él mismo pone). La gravedad de la situación está en que ha perdido la realidad misma y el acceso que a ella tenía a través de su conocimiento.
Pero entonces, en medio de aquella noche oscura en que su propio método le ha sumido, una primera luz se enciende, un ser escapado a la radicalidad del primer precepto de su método. Se trata de un ser inmune a la duda, del que no puede dudar por más que se lo proponga puesto que emerge de la misma duda: ¡Él mismo! En efecto si duda, la misma duda da noticia inequívoca de alguien que está dudando. Y enuncia este gozoso descubrimiento en aquel famoso
“Pienso, luego existo”
En esto ha hallado Descartes la primera verdad, la verdad conocida de modo claro y distinto, en la cual poder fundamentar cualesquiera otras verdades, primera verdad de la “science universelle” en que debe consistir su propio pensamiento, como deducido de una verdad en sí misma evidente – “dadme un punto de apoyo” cita él- como toda verdad geométrica se deduce de unas pocas verdades en sí mismas evidentes, llamadas postulados (así estaba dispuesta la geometría en los elementos de Euclides, y así la había aprendido Descartes).
Y, primero de todo, se dispone a fundamentar en esta primera verdad la proposición “Dios existe”, lo que hace de modo familiar para quien conoce las vías de Santo Tomás, modo familiar también para él, pues había sido instruido en la filosofía clásica que enseñaban los padres jesuitas en el colegio de La Fleche, en el oeste de Francia: yo no puedo ser la causa de mí mismo, pues si yo mismo me hubiera creado no lo hubiera hecho con estas indeseables imperfecciones que se dan en mí, comenzando por la misma imperfección que supone dudar, es decir, no conocer con certeza. Luego tiene que haber al menos otro ser, aparte de mí, que haya sido mi causa. (Observamos, pues, que mantiene intacto el principio de causalidad, sin siquiera hacerlo explícito, como veremos que mantiene intactos también otros primeros principios en los que ha sido instruido). O bien ese ser es causa de sí mismo, o bien ha sido causado por otro ser. Se remonta así en una cadena causal que tiene que acabar necesariamente en un primer ser, causa de sí mismo, puesto que si esa primera causa se retira, todas las causas intermedias quedan cesadas en su causación. Es este Ser, causa de sí mismo, al que llamamos Dios. Ha llegado pues a Dios como “causa sui”, algo que puede parecer más o menos lo mismo que la causa incausada de Santo Tomás, pero que en modo alguno es lo mismo.
Ofrece otra prueba de la existencia de Dios, a partir de la idea misma que tiene de Él, como ser infinito, e infinito en todos sus atributos: infinitamente sabio, bueno, poderoso. La idea de cada uno de ellos está en mí, ciertamente, pero no puede ser que haya sido causada por mí, puesto que yo soy mucho más imperfecto que todo eso, y no puede lo imperfecto ser causa de lo perfecto (otro primer principio que no ha quedado pues en suspenso en el pensamiento de René). Esas ideas deben proceder pues de un ser que sí tenga esas perfecciones, y las tenga en grado infinito. Y no puede ser que haya un ser que haya puesto en mí la idea de perfecta sabiduría, otro que haya puesto la idea de infinita bondad, etcétera, sino que uno es el sabio, el bueno, y el poderoso, así que concluye que hay un solo Dios, con todas perfecciones cuantas se puedan concebir. En particular, la unidad o simplicidad –el hecho de no tener partes- es una perfección, luego necesariamente Dios ha de ser simple. Es así como recupera, uno a uno, los atributos de Dios de que trata la más clásica teodicea, atribuidos todos ellos en grado infinito. (Y René Descartes aporta una tercera demostración de la existencia de Dios que no recordamos aquí porque el lector ya la conoce, aquella debida a san Anselmo, donde llega a la existencia de Dios desde su pura esencia: el Ser. No es de extrañar que tal prueba sea tan admirada por los filósofos de la Edad Moderna).
Llegados a este punto, se ve ya en buena posición para seguir filosofando, puesto que, siendo Dios infinitamente bueno e infinitamente poderoso, no es concebible que me haya creado con este entendimiento que tengo tan sólo para engañarme. En consecuencia, debo tener por verdadero todo aquello que el entendimiento me presente como cierto, de modo claro y distinto, pero no debo usar mal de la libertad que Dios me ha dado para su uso, es decir, teniendo por cierto aquello que no se le presenta con certeza sino como susceptible de duda.
Hasta ahora dos son las ideas claras y distintas que su entendimiento le ha presentado, y por tanto ya con razón suficiente para fiarse de ellas: la idea del “yo”, como sustancia pensante, como “res cogitans” , pues ha llegado a la “cosa que piensa” en modo que no admite duda; y la idea de “Dios” como “causa sui”, pues ha llegado a ella desde el “yo” con un razonamiento sin resquicios, como cuando en matemáticas se demuestra que la suma de ángulos de un triángulo son dos rectos (así lo dice en su Discurso).
Hay por fin una tercera idea que su entendimiento le muestra de modo claro y distinto, y de la que, por tanto, va a fiarse: las realidades corpóreas que le rodean, es decir “el mundo”. Pero el mundo sólo en cuanto se le presenta con idea clara y distinta, como algo que su entendimiento puede estudiar con exactitud, sin mezcla de duda, con el instrumento de las matemáticas. Se trata, pues, de los cuerpos concebidos como “res extensa”, como sustancias que tienen extensión. Todas las otras cualidades que en ellos percibimos -sonido, colores, olores, sabor-se deben reducir pues a extensión , es decir, son cualidades secundarias, siendo la extensión la cualidad primaria (el tema clásico de las cualidades primarias y secundarias, que ha resultado no andar muy descaminado pues ahora sabemos que no sólo el sonido es movimiento –es decir variación temporal de la extensión- pues consiste en el movimiento de moléculas de aire, sino que también la luz es movimiento del campo electromagnético, correspondiendo los diversos colores a determinadas franjas de frecuencia de su vibración. En todo caso, se trata de cualidades que pueden ser estudiadas con el instrumento matemático –núcleo de la intuición cartesiana-, pero lo que no admitiría la filosofía tradicional es que se reduzcan a cualidades –ni a varias ni a una sóla- las sustancias corpóreas).
Su propio cuerpo aparece en este marco de la realidad corpórea, pero sólo como “res extensa”, como sustancia que tiene extensión. La conmitancia y coordinación pues de cuerpo y alma, “res extensa” y “res cogitans” en un único ser que soy yo, es pues problemática y no va a ser tema fácil en la filosofía cartesiana. De hecho no parece que dé a esto una respuesta satisfactoria, y queda más bien como tema abierto del que se ocuparán sus seguidores.
Acabamos pues, o al menos él así lo entiende Descartes, en confianza: Desde la misma duda, hemos recuperado como realidades indudables, los tres temas perennes de la filosofía: Dios, el mundo y yo, las tres ideas claras y distintas de la filosofía de René Descartes.
2. Textos
MEDITACIÓN PRIMERA: DE LAS COSAS QUE ES POSIBLE PONER EN DUDA.
Todo lo que hasta ahora he admitido como absolutamente cierto lo he percibido de los sentidos o por los sentidos; he descubierto, sin embargo, que éstos engañan de vez en cuando y es prudente no confiar nunca en aquellos que nos han engañado aunque sólo haya sido por una sola vez…
Finalmente me veo obligado a reconocer que de todas aquellas cosas que juzgaba antaño verdaderas no existe ninguna sobre la que no se pueda dudar, no por inconsideración o ligereza, sino por razones fuertes y bien meditadas. Por tanto, no menos he de abstenerme de dar fe a estos pensamientos que a los que son abiertamente falsos, si quiero encontrar algo cierto…
En consecuencia, no actuaré mal, según confío, si cambiando todos mis propósitos me engaño a mí mismo y las considero algún tiempo absolutamente falsas e imaginarias…
MEDITACIÓN SEGUNDA: DE LA NATURALEZA DEL ESPÍRITU HUMANO; Y QUE ES MÁS FÁCIL CONOCER QUE EL CUERPO
Arquímedes no pedía más que un punto que fuese firme e inmóvil, para mover toda la tierra de su sitio; por lo tanto, he de esperar grandes resultados si encuentro algo que sea cierto e inconcuso…
Supongo, por tanto, que todo lo que veo es falso; y que nunca ha existido nada de lo que la engañosa memoria me representa; no tengo ningún sentido absolutamente: el cuerpo, la figura, la extensión, el movimiento y el lugar son quimeras…
Hay un no sé quién engañador sumamente poderoso, sumamente listo, que me hace errar siempre a propósito. Sin duda alguna, pues, existo yo también, si me engaña a mí; y por más que me engañe, no podrá nunca conseguir que yo no exista mientras yo siga pensando que soy algo. De manera que, una vez sopesados escrupulosamente todos los argumentos, se ha de concluir que siempre que digo «Yo soy, yo existo» o lo concibo en mi mente, necesariamente ha de ser verdad…
No admito ahora nada que no sea necesariamente cierto; soy por lo tanto, en definitiva, una cosa que piensa, esto es, una mente, un alma, un intelecto, o una razón.
MEDITACIÓN TERCERA: DE DIOS, QUE EXISTE
Debo examinar, tan pronto como se me presente ocasión, la cuestión de si Dios existe, y, en el caso de que exista, si puede ser engañoso, puesto que, si se dejan de lado estas cuestiones, paréceme que no puedo cerciorarme de ninguna otra cosa…
El principal error y el más común que se puede encontrar en ellos, consiste en juzgar las ideas que existen en mí iguales o parecidas a las cosas que existen fuera de mí; puesto que si considerase tan sólo las ideas como maneras de mi pensamiento y no las refiriese a otras cosas, no podrían apenas ofrecer ocasión para errar…
He de examinar ahora, en relación a las ideas que considero tomadas de las cosas que existen fuera de mí, qué causa me mueve a juzgarlas parecidas a esas cosas…
De este modo, tiene más realidad objetiva la idea por la que concibo a Dios como un ser eterno, infinito, omnisciente, omnipotente, creador de todas las cosas que existen, excepto de sí mismo, que aquellas por las que se presentan las substancias finitas…
Es manifiesto, por tanto, que debe de haber al menos igual realidad en una causa total y eficiente que en el efecto de dicha causa. Porque ¿de dónde podría tomar su realidad el efecto a no ser de la causa? ¿Y de qué modo la causa puede otorgarla al efecto, a no ser que la posea? De lo que se deduce que la nada no puede crear algo, ni lo que es menos perfecto a lo que es más perfecto, es decir, lo que contiene en sí más realidad…
Porque si suponemos que existe algo en la idea que no se encuentra en la causa, entonces esto lo posee de la nada; ahora bien, por muy imperfecto que sea ese modo de ser por el que una cosa se encuentra de un modo objetivo en nuestro entendimiento mediante la idea, no por eso, sin embargo, no es absolutamente nada, y no puede, por lo tanto, existir de la nada…
Y aunque una idea pueda proceder de otra, no se da, sin embargo, una sucesión hasta el infinito, sino que se debe llegar a alguna primera idea, cuya causa sea equivalente a un original, en el cual esté contenida formal-mente toda la realidad que sólo existe en la idea de un modo objetivo…
Si la realidad objetiva de alguna de mis ideas es tal que esté yo seguro de que ella no existe en mí ni formal ni eminentemente, y de que por lo tanto no puedo ser yo mismo la causa de tal idea, se sigue necesariamente que no soy yo el único ser existente, sino que existe también alguna otra cosa que es la causa de esa idea…
Queda la idea de Dios, en la que se ha de considerar si es algo que no haya podido proceder de mí mismo. Bajo la denominación de Dios comprendo una substancia infinita, independiente, que sabe y puede en el más alto grado, y por la cual he sido creado yo mismo con todo lo demás que existe, si es que existe algo más. Todo lo cual es de tal género que cuanto más diligentemente lo considero, tanto menos parece haber podido salir sólo de mí. De lo que hay que concluir que Dios necesariamente existe…
MEDITACIÓN CUARTA: SOBRE LO VERDADERO Y LO FALSO
Primeramente, reconozco que no puede suceder que Él me engañe alguna vez. Y aunque poder engañar parezca ser una prueba de poder o de inteligencia, sin duda alguna querer engañar testimonia malicia o necedad, y por lo tanto no se encuentra en Dios…
A continuación experimento que hay en mí una cierta facultad de juzgar, que he recibido ciertamente de Dios, como todas las demás cosas que hay en mí; y puesto que Aquél no quiere que yo me equivoque, no me ha dado evidentemente una facultad tal que me pueda equivocar jamás mientras haga uso de ella con rectitud…
¿De dónde nacen, pues, mis errores? Del hecho solamente de que, siendo mas amplia la voluntad que el intelecto, no la retengo dentro de ciertos límites, sino que la aplico aun a lo que no concibo, y, siendo indiferente a ello, se desvía fácilmente de lo verdadero y lo bueno; de esta manera me equivoco y peco…
Y ahora no sé solamente que existo en tanto que soy una cosa que piensa, sino que también se me presenta una cierta idea de la naturaleza corpórea, y me sucede que dudo si la naturaleza pensante que existe en mí, o, mejor dicho, la que soy yo mismo, es diferente de esa naturaleza corpórea, o si son ambas lo mismo…
No hay ninguna imperfección en Dios porque me haya concedido la libertad de asentir o de no asentir a ciertas cosas, de las que no puso una percepción clara y definida en nuestro intelecto; por el contrario, tengo la imperfección en mí sin duda alguna, puesto que no utilizo con rectitud esta libertad, y emito juicios sobre lo que no concibo con claridad…
MEDITACIÓN QUINTA: SOBRE LA ESENCIA DE LAS COSAS MATERIALES. Y NUEVAMENTE SOBRE DIOS Y QUE EXISTE
Pues no habiéndome concedido ninguna facultad para conocerlo, sino, muy al contrario, una gran propensión a creer que las ideas son emitidas de las cosas corpóreas, no veo de qué manera podría entenderse que no es falaz, si procediesen de otra parte que de las cosas corpóreas; por lo tanto, las cosas corpóreas existen. Con todo, no existen todas del modo en que yo las concibo por los sentidos, porque la aprehensión de los sentidos es muy obscura y confusa respecto a muchas cosas; pero al menos existe en ellas todo lo que percibo clara y definidamente, es decir, todo lo que está comprendido de un modo general en el objeto de la pura matemática…
La existencia no menos puede separarse de la esencia de Dios que de la esencia del triángulo la magnitud de los tres ángulos iguales a dos rectos, o de la idea de monte la idea de valle, de modo que no menos repugna pensar en Dios (es decir, un ente sumamente perfecto), a quien falte la existencia (es decir, al que falte una perfección), que pensar un monte a quien falte un valle…
Es necesario, sin embargo, que siempre que me plazca pensar en un ente primero y sumo, y extraer esa idea como del tesoro de mi mente, le atribuya todas las perfecciones, aunque no las enumere una por una, ni atienda a cada una en particular; esta necesidad es suficiente para que concluya con rectitud que existe un ente sumo y primero, una vez que me he dado cuenta de que la existencia es una perfección…
¿Qué hay más manifiesto que el hecho de que existe un ente sumo o Dios cuya esencia es la única a la que pertenece la existencia?…
Pero una vez que he percibido que Dios existe, habiéndome al mismo tiempo dado cuenta de que todo depende de Él, y de que Él no es engañador, y habiendo deducido de ello que todo lo que percibo clara y definidamente es cierto, resulta que, aunque ya no siga yo atendiendo a las razones por las que he juzgado que esto es verdad, sólo con que recuerde haberlo percibido clara y definidamente, no se puede aducir ningún argumento en contra que me induzca a dudar, sino que tengo una ciencia verdadera y cierta sobre ello…
MEDITACIÓN SEXTA: SOBRE LA EXISTENCIA DE LAS COSAS MATERIALES Y SOBRE LA DISTINCIÓN REAL DEL ALMA Y DEL CUERPO
Aunque quizás (o mejor dicho, ciertamente, según diré más adelante) tengo un cuerpo que me está unido estrechamente, puesto que de una parte poseo una clara y distinta idea de mí mismo, en tanto que soy sólo una cosa que piensa, e inextensa, y de otra parte una idea precisa de cuerpo, en tanto que es tan sólo una cosa extensa y que no piensa, es manifiesto que yo soy distinto en realidad de mi cuerpo, y que puedo existir sin él…
3. Crítica
Aunque el pensamiento de René Descartes es presentado como un “nuevo modo de filosofar”, y de hecho lo es, presentaré mi crítica desde un modo antiguo de filosofar, digamos desde la filosofía griega o medieval, pues intenta ser crítica desde el sentido común, y es el sentido común lo que recoge o sistematiza la filosofía aristotélico-tomista. Me resulta imposible tratar de los presupuestos metafísicos del pensamiento cartesiano –sin duda inconscientes en el propio Descartes, precisamente por haber hecho tabula rasa de la metafísica clásica-, sin hablar de términos como esencia y existencia. De hecho, sin estos términos es imposible la crítica a la metafísica explícita o implícita en cualquier sistema filosófico, incluso aquellos que niegan la metafísica (no la niega Descartes, pero sí lo harán sus herederos intelectuales). Y son necesarias también estas nociones para poder entender la derivación implícita en la idea cartesiana, que luego implementará la historia de la filosofía porque la impele la metafísica misma que Descartes ignora en su propio planteamiento. Mucho hay de cierto en la afirmación de Hegel de que la historia termina implementando siempre las derivaciones lógicas que estaban implícitas en la idea.
El gesto filosófico, cuya metafísica implícita vamos a analizar, es el de derivar del pensamiento la realidad, en vez de la derivación contraria, natural en el sentido común y en la filosofía, pues ésta es la gran novedad de la filosofía cartesiana, o al menos a eso llegará la herencia de su filosofía. Recordemos que antes de iniciar ese proceso recuperador de la realidad, en el que primero aparece el Yo, luego Dios, luego el Mundo, el filósofo ha quedado sumido en un mundo de pensamientos, de ideas que su entendimiento le presenta, algunas como teniendo correlato real, otras como no teniéndolo, pero de las que ninguna fía, puesto que ha decidido no fiarse de su propio conocimiento. La situación es más grave de lo que él pretendía inicialmente, y más grave aún porque es la situación en que dejará a la filosofía posterior, la cual tomará este punto de partida, pero no los puentes que Descartes tiende después a la realidad pues reconocerá que son espurios. Y es que parece que obedecen más al prejuicio de un creyente que debe recuperar a toda costa el mundo en que cree que a una razón de coherencia intelectual con su punto de partida. Aunque obviamente esto no lo advertía el propio Descartes, sí lo advertirán sus seguidores, algunos de los cuales no tendrán ya esos prejuicios que salvan a Descartes de la pérdida del sentido común, y llevarán su filosofía a sus últimas consecuencias aun a costa de romper con nuestro sentir ordinario.
¿Cuál es la metafísica implícita en el gesto filosófico de quien parte de un mundo de ideas, meramente pensadas y no procedentes de ninguna observación, y pretende llegar a deducir, como en una demostración matemática, la realidad que corresponda a estas ideas? El presupuesto es que los seres a los que entonces llegue existen necesariamente, puesto que sin observarlos puede, desde su pura idea, demostrar su existencia. Ahora bien, sólo Dios existe necesariamente, sólo Él es el ser necesario, y por tanto Descartes está tomando de algún modo a cada uno de los seres, seguro que sin darse cuenta, por el mismo Dios. En una palabra: la derivación implícita en este planteamiento filosófico –hablo sólo del planteamiento- es el panteísmo. Él no llegará al panteísmo, algo imposible en un hombre piadoso que peregrinó a Chartres para agradecer a Nuestra Señora la concepción de su método, pero la filosofía que en él inicia su andadura terminará en el panteísmo de Hegel. O, mucho más interesante, terminará en el panteísmo inmediatamente posterior a Descartes, el de Baruch Spinoza, porque este gran metafísico tiene el interés de que muestra que la derivación de los planteamientos racionalistas, que él sintetiza en una serie de definiciones y axiomas de su filosofía, es el panteísmo, llegando en pocas páginas a lo que la humanidad tardará casi dos siglos en llegar.
Podemos decir esto mismo en términos más metafísicos: la ontología implícita en el planteamiento de Descartes es una ontología esencialista, cuya derivación natural es el idealismo. En efecto, si de la idea misma de los seres estoy dispuesto a probar mediante un razonamiento filosófico su existencia, estoy suponiendo implícitamente que su existencia va incluida en su esencia –lo que antes hemos llamado “ser necesario”- , y este esencialismo o disolución de la existencia en la esencia, del ser en la idea, estaba ya presente en la filosofía del jesuíta español Francisco Suárez, filosofía en la cual Descartes se había formado, pues era la que se enseñaba en La Flèche y de hecho en todo el mundo católico de la época y hasta en el mundo protestante. En efecto, en sus Disputationes Metaphisicae, Francisco Suárez afirma que no hay distinción real entre esencia y existencia, sino que se trata sólo de una distinción de razón, es decir, algo que ponemos nosotros, pero sin correspondencia real (Francisco Suárez lleva la filosofía por ese derrotero con la buena intención de no hacer caso omiso de la escolástica de los dos siglos anteriores, tal como declara en su obra. Ésta, ciertamente, va en esa dirección desde que el inmediatamente posterior Juan Duns Scotto pone una forma propia en cada ser, la forma haecceitas, o forma de “ esta cosa”, por lo que puede decirse que cada ser tiene una esencia particular de él. Si esencias, pues, se cuentan por existencias, parece cercana la reducción de la existencia a la esencia, del ser a la idea).
Es difícil calibrar hasta que punto el ambiente esencialista de la época pudo influir en la actitud filosófica de Descartes, pero lo que es cierto es que el esencialismo es la base metafísica que puede sustentar tal actitud filosófica, y ello explica que la derivación filosófica del pensamiento cartesiano sea el idealismo alemán, donde todo el ser ser se ha reducido ya a idea, en lo que es más bien un panlogismo: Dios, para Hegel, es Idea. Idea en sí, Idea para sí, Idea fuera de sí, pero explicar esto, sería explicar el pensamiento hegeliano, lo que sólo haremos más adelante.
Puede objetarse que quizá que no he sido respetuoso con Descartes al no dar crédito a su “yo” como realidad encontrada aparte de su mundo pensado, pero a esto responderé con Leonardo de Polo que Descartes cree que ha encontrado el “yo que piensa” cuando lo que en realidad ha encontrado es algo muy diferente: el “yo pensado”. En efecto, una vez que se ha privado de crédito al conocimiento y ha quedado uno sumido en un mundo de puro pensamiento sin correlato real alguno –segunda meditación metafísica de Descartes- el yo que aparece después –en la tercera meditación- no puede ser el yo real, sino un yo fruto de sus razonamientos, un yo pensado. Y como consecuencia, la realidad que fundamentará en la invención de ese yo, será también realidad pensada. Vernaux lo pone de esta manera: ¿Se puede colgar una cadena de un clavo pintado en la pared? Respuesta: sí, se puede. Se puede colgar una cadena, si está también pintada en la pared. Esta es la metáfora con que explica la verdadera situación en que se encuentra Descartes, aunque no se dé cuenta. También es gráfico el ejemplo que pone Inmanuel Kant en su Crítica de la Razón Pura: un avaro que intenta hacerse inmensamente rico añadiendo ceros a la derecha de su cifra de haberes en su libro de cuentas. Cierto es, sí, que se hace rico, pero sólo en su libro de cuentas, riqueza meramente imaginaria (Kant pone el ejemplo como crítica al argumento de existencia de Dios en San Anselmo, pero nos vale, pues el argumento por el que Descartes va del pensamiento a la realidad más bien que al contrario, no es sino una variación del argumento de San Anselmo, y de hecho la filosofía que derivará de Descartes son variaciones a este argumento).
En todo caso, sea una u otra la interpretación válida del famoso pasaje cartesiano, el hecho es que la interpretación que damos aquí –el yo es pensado, el conocimiento va de pensamiento a realidad- es la versión de Descartes que tendrá descendencia filosófica, y es esto es lo que importa en una historia del pensamiento.
Mucho se ha escrito sobre el “cogito” como punto de partida de la filosofía crítica, en oposición al “res sunt”, a la afirmación de que las cosas son – pura observación del ser- como punto de partida de la filosofía clásica antes de esta revolución. Para los griegos y para la filosofía medieval, el ser no era cuestión, pues si se pone en duda el ser ya no hay nada más que decir en filosofía, ya que es lo primero que conocemos, y aparece en la expresión de todo conocimiento, como cópula significando realidad: “Ens est primum cognitum in intellectu, quasi notissimum, de quo dubitare non possumus et in quo omnes conceptiones solvuntur” El ser es lo primero conocido en el intelecto, como evidentísimo, del cual no podemos dudar y en el cual todas las concepciones se resuelven. ¿Podemos, partiendo del “cogito”, del punto de partida cartesiano llegar al “res sunt” clásico? Descartes, por supuesto respondería que sí, pues eso es exactamente lo que pretende hacer en su filosofía, pero ya hemos comentado que es espurio el paso clave de su razonamiento.
De hecho son muchos los que entienden que una filosofía que parte del pensamiento está condenada a quedarse en el pensamiento, es decir que el puente del “cogito” al “res sunt” es imposible en filosofía, una quimera. Pero al mismo tiempo opinan que, una vez ha sido puesto ese punto de partida en la filosofía, es ya imposible librarse de él, de modo que todo filosofar posterior ha de ser cartesiano en su origen, como comenta Husserl en sus “meditaciones cartesianas”, pecando, cualquier vuelta a la filosofía iniciada en el ser, de arcaísmo y de ingenuidad.
De hecho es Husserl, a mi entender, quien de modo más vigoroso ha intentado una filosofía de origen cartesiano que no tenga un final escéptico sino que acaba en el ser, procediendo de modo riguroso. Las “Investigaciones Lógicas” donde establece la ciencia que analice las cogitationes (o fenómenos), complemento directo del cogito cartesiano tienen aún, en la intencionalidad de los pensamientos, una referencia a lo real. Pero en su obra posterior “Ideas para una Fenomenología Pura y una Filosofía Fenomenológica” parece que la deriva final es hacia el idealismo.
Carlos Cardona deja en su “Metafísica de la Opción Intelectual” el dilema entre el “cogito” y el “res sunt” como una pura opción, subrayando mucho la irreductibilidad de uno en el otro, pero añadiendo que el “res sunt” es la actitud intelectual que resulta natural en el hombre -naturalmente abierto al ser- , teniendo la otra postura inicial un carácter forzado, voluntarista, para la que es necesario un “De iis omnibus dubitabo”, una voluntad de dudar de todas estas cosas, como dice Descartes de lo percibido por los sentidos, ya que nuestro conocimiento no procede naturalmente así. De hecho, al final Cardona va más lejos y afirma que en la actualidad, una vez que conocemos por la historia de la filosofía y por la historia política el punto de llegada del “cogito”, se trata ya de una opción moral.
A Leonardo Polo no le parece bien esta solución del problema pues reduce a mera elección nada menos que el punto de partida de nuestro pensar filosófico. De hecho parece que buena parte de la gnoseología de Polo es respuesta a esta cuestión. En el segundo tomo de su Curso de Filosofía Positiva, viene a decir: ¿Qué conocemos primariamente, la idea (lo que él llama el objeto, pues está ob-iactum ante el entendimiento), o el ente, cuya es la idea? Su respuesta parece ser: Conocemos primariamente la idea. Pero no es que a través de la idea conozcamos el ser, de modo pues mediato, sino que en la idea conocemos el ser, en la idea “se nos da” el ser, el ser “se hace presente” inmediatamente en la idea, es “lo que hay” en la idea (versión actual de la clásica comprensión del acto de conocer como coactualidad de formas, forma en el ente que acaba en forma en mi facultad de conocer. En contraposición del sistema kantiano, donde sólo hay forma en mi facultad de conocer, lo que Kant llama las “formas a priori”).
Con todo, creo que se ha enfatizado demasiado que el punto de partida de Descartes es el Cogito, y se ha hecho poco énfasis en el Método, a pesar de que esté en el título mismo y en la parte inicial de su obra principal. Se ignora con esto que la nueva filosofía es saludada en su tiempo como un método, como el “nuevo modo de filosofar”, tanto o más que en razón de su contenido. De hecho creo que el verdadero punto de partida de Descartes no es el Cogito, sino su Método, pues el Cogito es ya consecuencia de su método. Quiero decir con esto que es el único modo posible de iniciar la filosofía si antes se ha aceptado su método. Para observar esto, recordemos que se trata en realidad de la emulación en filosofía del método matemático. Ahora bien, la matemática, y en particular la geometría euclidea que él intenta emular, no es sino una cadena pintada en la pared –los teoremas- colgada de un clavo pintado en la pared –los axiomas, los cuales no son afirmados sino postulados (postulare = pedir; se pide que sean creídos para proceder a la deducción) Esto es legal en matemáticas puesto que la cadena que vamos a hacer pender de ellos ha de ser una cadena pensada, ya que los objetos matemáticos sólo son idealidades sin existencia real (no existe un solo triángulo, pues cualquiera que se trace tendrá algún grosor en sus lados). Pero en modo alguno es legal en filosofía, donde no nos preguntamos por idealidades, sino por los seres.
Consideremos, como piedra de toque, la exigencia de ideas claras y distintas, tan característica de la filosofía cartesiana (y de hecho de toda su herencia, la filosofía moderna) Esta exigencia emula el hecho de que en geometría, y en toda ciencia que llegue a constituirse como consecuencia lógica de unos postulados -más tarde se formularán así también las teorías físicas- las ideas son, con razón, claras y distintas, pues el mismo científico las he construido con esa verdadera definición del objeto bajo estudio que son los postulados de la teoría (objeto definido como todo aquello que cumpla esos postulados). Al exigir esto mismo en la filosofía, se está produciendo un trasvase del método científico al filosófico, cuya consecuencia será la cancelación misma de la filosofía como sabiduría, puesto que esta exigencia no puede ser satisfecha por pensamiento humano, ni por tanto en esa sistematización suya que es la filosofía: yo no tengo una idea clara y distinta de lo que es la dignidad humana, como puedo tenerla de lo que es, por ejemplo, un paralelogramo. Sin embargo, sé que por la dignidad de un hombre no puedo convertirlo en mi esclavo.
En definitiva, y si este diagnóstico es correcto, el punto de partida del Discurso del Método sí que admitiría una crítica: es un ERROR DE MÉTODO.
Catedrático emérito de Álgebra de la Facultad de Matemáticas de la Universidad Complutense de Madrid




