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«El discurso del método» de René Descartes

En los próximos meses se publicarán una serie de artículos comentando las principales obras de Locke, Hume, Kant, Hegel, Marx y Freud; la de Schopenhauer y Nietzsche; la de Comte y Wittgenstein; y la de Kierkegaard, Husserl, Heidegger y Sartre, siguiendo otra serie de filosofía política y social.

Ignacio Sols·8 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 8 minutos
discurso del método

Una versión extendida de este artículo puede verse aquí.


Formado René Descartes en matemática, literatura y filosofía clásicas en los jesuitas de La Flèche, licenciado en leyes en Poitiers en 1616, descubre, acuartelado en Baviera en el invierno de 1619, su método y su  vocación de filósofo y matemático. Se instala en los Países Bajos desde 1622 y publica en 1937 su Discours de la Méthode, que, junto con su apéndice La Géométrie, fueron fundadores de la filosofía racionalista y de la geometría analítica. Muere en Estocolmo en 1650, tras cuatro meses como preceptor consejero de la reina Cristina de Suecia.

Exposición del filósofo

Se ha dicho que quien desprecia la filosofía sigue sin saberlo a un filósofo muerto. Esto es especialmente cierto del Discurso del método y su obra paralela Meditationes de Prima Philosophia pues inauguran la filosofía de la Edad Moderna, de la cual es consecuencia lógica la filosofía contemporánea. Con mención sólo del Método, utilizaremos indistintamente ambas obras para nuestra exposición.

Ideas claras y distintas

De carácter autobiográfico, comienza Descartes su Discurso expresando su malestar por la debilidad de sus certezas en los temas importantes de la vida, en comparación con la absoluta certeza en las matemáticas que él mismo profesaba. Concibe entonces un método que proporcionase en filosofía la misma certidumbre que en matemáticas: Solo admitiría las verdades de las que no fuese posible concebir duda alguna, rechazando metodológicamente aquellas en que tal duda fuese posible. Y para proceder de unas verdades a otras utilizaría razonamientos rigurosos que se habrían de regir por los siguientes preceptos: 

“Fue el primero, no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no tuviese ninguna ocasión de ponerlo en duda. 

El segundo, dividir cada una de las dificultades que examinare, en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución. 

El tercero, conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente hasta el conocimiento de los más compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.  

Y el último, hacer en todos unos recuentos  tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada”.

Yo, Dios y Mundo

Ocho años después de concebir este método, se consideró con experiencia suficiente para implementarlo. Los sentidos me engañan a veces -por ejemplo, cuando sueño-, luego cabe dudar de ellos como del amigo que alguna vez nos ha engañado. Metodológicamente, pues, no contaré con ningún dato de los sentidos: “Todo lo que hasta ahora he admitido como absolutamente cierto lo he percibido de los sentidos o por los sentidos; he descubierto, sin embargo, que éstos engañan de vez en cuando y es prudente no confiar nunca en aquellos que nos han engañado aunque sólo haya sido por una sola vez”.

Pero ya decían los antiguos que nada hay en el entendimiento que antes no haya estado en los sentidos, pues hasta las ideas más abstractas comienzan con alguna imagen sensorial, por lo que Descartes, al prescindir del dato de los sentidos, queda sumido en la duda universal: 

“Finalmente me veo obligado a reconocer que de todas aquellas cosas que juzgaba antaño verdaderas no existe ninguna  sobre la que no se pueda dudar, no por inconsideración o ligereza, sino por razones fuertes y bien meditadas. Por tanto, no menos he de abstenerme de dar fe a estos pensamientos que a los que son abiertamente falsos, si quiero encontrar algo cierto. En consecuencia, no actuaré mal, según confío, si cambiando todos mis propósitos me engaño a mí mismo y las considero algún tiempo absolutamente falsas e imaginarias”.

¡Se ha quedado sin más certeza que la del hecho mismo de que piensa!  Y es entonces cuando, en medio de tanta oscuridad, se enciende una luz: Hay un ser del cual tiene idea clara y distinta, pues imposible es concebir en él duda alguna ya que en la misma duda emergería como aquel que duda: ¡él mismo! PIENSO, LUEGO EXISTO.

 “No admito ahora nada que no sea necesariamente cierto; soy por lo tanto, en definitiva, una cosa que piensa, esto es, una mente, un alma, un intelecto, o una razón”. Pero concebido este primer ser, encendida esta primera luz en medio de la universal oscuridad, se propagará como la luz en la noche de la Pascua cristiana, ya que los principios metafísicos que ha aprendido se mantienen intactos, y entre ellos, el de causalidad. Si no soy causa de mí mismo, sino que tengo causa distinta de mí, ésta también la tiene a su vez, y así  sucesivamente  -recuerdo de su formación en la filosofía tomista-  hasta llegar necesariamente a un ser Causa Sui , causa de sí mismo. Dos ideas ya, pues, inmunes a la duda: El yo, como cosa que piensa –res cogitans- y Dios, como el ser Causa Sui.  

Además, el deseo de bondad y de nobleza que hay en mí, no puede ser causado por mí -ni tan bueno ni tan noble- pues no puede el efecto ser superior a la causa (otro principio metafísico) sino de aquel de quien procede mi  ser, en lo que concluye la bondad de Dios. Así pues, no puede haber sido que me haya dado la facultad de conocer para engañarme, luego mi conocimiento sólo me engaña cuando uso mal de él, tomando como evidente aquello que me presenta como susceptible de duda, tal el dato de los sentidos. Pero no puedo engañarme en su actividad matemática, ya que es de tal claridad que no cabe en ella concebir duda. Y matemática es la geometría con que estudio esa cualidad de los seres corpóreos que  es la extensión. Recupera así la realidad material que le rodea -incluido su propio cuerpo- en la medida que la concibe como extensión.

De este modo ha llegado desde la duda universal a la realidad de tres ideas claras y distintas: la res cogitans, la Causa Sui, y la Res Extensa. Yo, Dios, mundo, los tres temas perennes de la filosofía.

Crítica filosófica

La crítica será estándar pero planteará una de las principales preguntas en filosofía, para la que ensayaremos una  respuesta no estándar.

¿Yo real o yo pensado?

Una vez cerrados los ojos a toda realidad, sumidos en un mundo de puro pensamiento, el yo que emerge en la duda no es el yo que piensa, sino el yo pensado. ¿Puede colgarse una cadena de un clavo pintado en la pared? Sí, puede colgarse, si la cadena también está pintada en la pared (Vernaux). Así, el Dios y el Mundo que Descartes cuelga del yo emergido de la duda, son un Dios y un Mundo pensados, no reales. Y es que la realidad, una vez dudamos de ella, desaparece para nunca más volver. Quien duda de su propia facultad de conocer, nunca saldrá de  la duda, y se quedará con la sola realidad de su pensamiento. La derivación lógica implícita en el pensamiento cartesiano es un Dios y un Mundo reducidos a idea. Esta dilución del ser en idea será desarrollada inexorablemente por la historia hasta protagonizar el panlogismo hegeliano que identificará el Ser con la Idea. Y será dilución de la existencia en la esencia acabará diluyendo a “este hombre”, al hombre concreto, en “el hombre”, en la idea abstracta o humanidad.  Así es como el individuo será disuelto en la colectividad, fundamento de las filosofías sociales del siglo XIX que inspiraron los colectivismos políticos del siglo XX, marxista y nacionalsocialista. 

De hecho, esta identificación de “existencia” y “esencia” tiene su gestación medieval: Muy poco después de que Tomás las distinguiese enérgicamente, es decir, distinguiese entre “quién” soy  (Ignacio Sols, una existencia concreta) de “lo que soy” (un hombre, la idea abstracta en mí), el beato Duns Scotto puso una esencia en cada ser existente. Esto es muy peligroso, pues el contar las esencias por existencias llevaría siglos después al  jesuita Francisco Suárez, en sus Disputationes philosophiae, a no admitir ya distinción real entre esencia y existencia. 

Pues bien, en esta filosofía “esencialista” se formó René Descartes como alumno del colegio de jesuitas de La Flèche. Tal identificación supone un implícito panteísmo, pues solo en Dios su esencia es su existencia, sólo Él existe por esencia, existe necesariamente. Él es único Ser Necesario. Y es así como respondió al “quién eres” de Moisés con “lo que es” con su esencia: “Yo soy el que es”. Su esencia es Ser. 

Por esa razón, esa derivación lógica del punto  de partida cartesiano que es el panlogismo hegeliano será de hecho panteísmo, y un panteísmo que estaba paradójicamente implícito en la filosofía de hombre tan devoto como René Descartes: si desde la duda universal, a ojos cerrados, pretendo recuperar el mundo, deducirlo sin haberlo observado, es que lo tengo por realidad necesaria, lo tengo por Dios, lo tengo por el Ser Necesario. 

Pero un filósofo hubo que en solo veinte años dedujo lo que la historia de la filosofía tardaría doscientos en deducir: recogiendo en unos pocos axiomas las concepciones esencialistas de la filosofía cartesiana (en su Ethica more geometrico demonstrata, o demostrada al modo de la geometría axiomática de Euclides), llegó en solo tres páginas de pura metafísica -Baruch Spinoza es el único verdadero metafísico de su siglo y el siguiente-  a la conclusión lógica del panteísmo en su proposición XIV: “No puede darse ni ser concebida fuera de Dios sustancia alguna”. Pero será el gran ausente en este elenco de autores, porque sus “impecables” razonamientos desde tal “equivocado punto de partida  -se equivocó por todo lo alto, solía decir Polo-  no pueden ser resumidos sin ser traicionados.

No opción intelectual, sino error de método.

 Siempre se me enseñó como estudiante, y en ambientes filosóficos muy distintos, que o bien partimos del Res Sunt, de que las cosas existen -Platón, Aristóteles, Santo Tomás- tal como lo presenta a nuestro entendimiento nuestra facultad de conocer, o  bien se parte de la duda de su fiabilidad, sometiéndola a una crítica que tenga como punto de partida el hecho mismo, innegable, de que pensamos. O partimos del ser, como lo hicieron los griegos y la filosofía medieval, o partimos del pensamiento como lo hizo Descartes y la filosofía  crítica que su método inauguró. Se nos han presentado ambos puntos de partida como irreductibles, sin que de uno se pueda llegar al otro, ni pueda tampoco ser mostrado erróneo, quedando, pues, ambos puntos de partida realista y crítico como una opción. En la obra Metafísica de la opción intelectual de un autor cercano a mí, Carlos Cardona, ésta era presentada como una opción moral, después que hemos visto implementadas históricamente sus inexorables consecuencias.

El ya partido Leonardo Polo se resistía a que la más profunda concepción filosófica acerca del ser, aquella que va a condicionar a todas las demás, haya de reducirse a ¡una  mera opción! Y en su Curso de Teoría de Conocimiento, volumen 2 -quizá su principal obra filosófica- toma partido sin tomarlo: lo primariamente presente en el conocimiento es la idea, pero lo conocido en ella sin mediación alguna es el ser. 

Pues bien, el punto de vista argumental de esta serie de artículos es que sí puede ser criticado el punto de partida cartesiano -y con él la entera filosofía moderna, de la cual la filosofía contemporánea es derivación lógica-  porque puede ser presentada como “error de método”. El matemático huele a distancia las matemáticas, y en el Discurso  ve en el intento de llevar a la filosofía el método propio de las matemáticas , como toda la filosofía moderna emulará el método de las ciencias. 

Esto es reconocido por el propio Descartes quien en cartas personales se refiere a la suya como una “philosophie mathematique”, demostrando que Dios existe así como se demuestra que los ángulos del triángulo suman dos rectos.  Quienquiera que, con mínima formación matemática, lea los pasos del método arriba descrito reconoce los pasos de una demostración matemática, cada uno de ellos por sí mismo “evidente”, pero demostrando todos juntos una verdad no evidente, pero a la que llegamos a partir de otras verdades que ya nos constaban. 

Y su exigencia de ideas claras y distintas en filosofía viene de que así son las ideas en las matemáticas. El matemático conoce clara y distintamente las ideas con que trabaja, porque él mismo las ha construido mediante sus definiciones por lo que puede razonar acerca de ellas clara y distintamente, con una certeza en la que no cabe concebir duda alguna. Pero exigir en la filosofía ideas claras y distintas, tal como es posible, y exigible y hasta característico, en las ciencias matemáticas y en las ciencias matematizadas es cancelar en su mismo origen la sabiduría. Es un importante error de método, característico de la filosofía Moderna, y el cual tiene su origen -precisamente- en un libro que lleva como título Discurso del Método. Si Descartes no se atrevió o no supo extraer las consecuencias de este erróneo punto de partida -Spinoza sí supo hacerlo-  se atreverá a ello la filosofía posterior a Descartes, que más se inspirará en su método, o en su modo de filosofar, que en su mismo contenido: su peculiar demostración de la existencia de Dios y de la existencia del mundo, como si ésta también necesitase de demostración. 

Digámoslo: yo no sé definir la dignidad del hombre, no tengo de ella una idea clara y distinta, pero sé bien que por la dignidad de un hombre no puedo convertirlo en mi esclavo. Esta exigencia de ideas claras y distintas, solo posible en las ciencias, lo veremos más tarde en los empiristas ingleses, quienes entenderán como idea  -literalmente “lo visto” en griego – las impresiones sensoriales que percibo de modo claro y distinto. Y si hay filosofía moderna racionalista y empirista es precisamente porque hay ciencia teórica y experimental. Y ese gesto común en la filosofía moderna – Descartes, Spinoza, Locke, Hume, Kant lo dicen explícitamente – emulador de la claridad del método científico es palmario “error de método” porque no procede así la sabiduría humana,  y error que la ha cancelado históricamente al exigirle unas ideas claras que la filosofía no tiene ni necesita tener.

El autorIgnacio Sols

Universidad Complutense de Madrid. SCS-España.

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