Enseñanzas del Papa

El diálogo de Dios: oferta de amistad

En febrero, León XIV invitó a redescubrir el Concilio Vaticano II como una escuela de diálogo entre Dios y la humanidad. La Iglesia pone así a nuestra disposición herramientas para mantener esta amistad.

Ramiro Pellitero·3 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 7 minutos

Hoy se nos habla frecuentemente de la acogida, la escucha y el diálogo. En este contexto, ¿qué significado puede tener el que León XIV nos invite, tras el Año jubilar, a “redescubrir el Vaticano II” en sus documentos?

Juan Pablo II afirmó que este Concilio es“la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX”. En continuidad con sus predecesores cercanos, León XIV ha dicho que el Vaticano II sigue siendo “la estrella polar” del camino de la Iglesia.

¿No será, entonces, que el Concilio nos ilumina acerca de cómo ha sido la acogida, la escucha y el diálogo por parte de Dios con nosotros? ¿No será que nos guía para acoger lo que el Señor nos quiere revelar, de modo que podamos acertar en nuestro camino, siendo sal y luz para la humanidad?

El Concilio Vaticano II, una nueva aurora

En su catequesis introductoria (cfr. Audiencia general 7-I-2026), el Papa Prevost ha señalado cómo, apoyado en la rica reflexión bíblica, teológica y litúrgica que había atravesado el siglo XX, “el Concilio Vaticano II ha redescubierto el rostro de Dios como Padre que, en Cristo, nos llama a ser sus hijos”(cfr. Dei Verbum).

Así mismo, “ha mirado a la Iglesia a la luz del Cristo, luz de las gentes, como misterio de comunión y sacramento de unidad entre Dios y su pueblo” (cfr. Lumen gentium); “ha iniciado una importante reforma litúrgica poniendo en el centro el misterio de la salvación y la participación activa y consciente de todo el Pueblo de Dios (Sacrosanctum concilium). 

A la vez, el Vaticano II, que Juan XXIII consideró como una nueva aurora para la Iglesia, nos ha impulsado a “abrirnos al mundo y a acoger los cambios y los desafíos de la época modernaen el diálogo y en la corresponsabilidad”.

El Papa Prevost ha subrayado que, gracias al Concilio Vaticano II y siguiendo las orientaciones de san Pablo VI, “la Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio” (Ecclesiam suam, 34). Un diálogo que se extiende por medio del ecumenismo, del diálogo interreligioso y con las personas de buena voluntad. 

Amigos llamados a la oración

Para ilustrar ese diálogo, comenzó León XIV por la constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación (cfr. Audiencia general, 14-I-2026). Por medio de la Revelación, Dios ha querido instaurar un diálogo con la humanidad, llamando a cada uno, como un Padre a la amistad y a la intimidad con Él (cfr. Jn 15, 15).

Ya desde el principio del mundo, Dios se ofrece al diálogo con nuestros primeros padres. A lo largo de la historia de la salvación, instaura de modo gratuito una Alianza con la humanidad. “Con la venida del Hijo en la carne humana, la Alianza se abre a su fin último: en Jesús, Dios nos hace hijos y nos llama a hacernos semejantes a Él a pesar de nuestra frágil humanidad”.De esta manera nos ofrece la semejanza con Dios no por el pecado (cfr. Gn 3, 5), sino en la unión con su Hijo hecho carne. 

Y así apunta el Papa: “La Revelación de Dios, por tanto, posee el carácter dialógico de la amistad y, como sucede en la experiencia de la amistad humana, no soporta el mutismo, sino que se alimenta del intercambio de palabras verdaderas”. “Dios. nos habla”, dice el Concilio. Esto, en el caso de Dios, significa que no solo comparte informaciones y noticias, sino que nos revela quienes somos.

De ahí deduce León XIV la necesidad de la oración, en la que cultivamos la amistad con el Señor. Tanto la oración litúrgica y comunitaria, donde Dios nos habla por medio de la Iglesia, como la oración personal, el diálogo de cada uno con Dios: “Durante la jornada y la semana del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión. Solo cuando hablamos ‘con’ Dios podemos también hablar ‘de’ Él”.

Jesús, mediador y plenitud de la Revelación

La Revelación –explicó el miércoles siguiente (cfr. Audiencia general 21-I-2026)– no solo comunica ideas (tal como interpretó cierta tendencia de signo racionalista en los últimos siglos); sino que comparte una historia y llama a la comunión personal con Dios. Esto se realiza plenamente en Jesucristo: “La verdad íntima acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación” (Dei Verbum, 2).

En efecto, en palabras de León XIV, “Jesús nos revela al Padre involucrándonos en su propia relación con Él”. Así llegamos a conocer a Dios “del mismo modo en que somos conocidos por Él”. Y se nos manifiesta nuestra verdadera identidad: somos hijos de Dios, creados a imagen de su Hijo, el Verbo divino, y llamados a una vida plena en Él. Nosotros –por el Bautismo– somos hechos hijos adoptivos (cfr. Gálatas 4, 5) de Dios. (Así es, somos hechos hijos por adopción, no por naturaleza como es Cristo, aunque esta “adopción”, es muy distinta de la humana, que es solo un proceso legal mediante el cual alguien adquiere un parentesco y se convierte en sujeto de ciertos derechos).¿Cómo realiza Cristo esta revelación del Padre? Precisamente lo hace “con su propia humanidad” y a lo largo de distintas etapas, que se completan con el envío del Espíritu Santo (cfr. Dei Verbum, 4). Esto, señala el Papa, significa que no podemos conocerle si le quitamos a Jesús algo de su humanidad, pues esta no disminuye en nada su ser divino. 

Subraya que lo que nos salva y nos convoca no son solo la muerte y la resurrección de Jesús, sino “su persona misma’: el Señor que se encarna, nace, sana, enseña, sufre, muere, resucita y permanece entre nosotros”. Por eso, “para honrar la grandeza de la Encarnación, no basta con considerar a Jesús como el canal de transmisión de verdades intelectuales”.

La Sagrada Escritura y la Tradición

El miércoles 28 de enero, León XIV expuso la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia. El Concilio las presenta como dos cauces que proceden de una misma fuente y tienden a un mismo fin (cfr. Dei Verbum, 9). Por eso dicen los Padres, y recoge el Catecismo de la Iglesia Católica, que la Sagrada Escritura está escrita más en el corazón de la Iglesia que materialmente escrita. La Tradición “progresa” en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo (cfr. Dei Verbum, 8). 

Y esto sucede concretamente mediante la reflexión y el estudio de los creyentes, su experiencia a partir de la inteligencia de las cosas espirituales y sobre todo, con la predicación de los sucesores de los apóstoles (los obispos) (cfr. Ibídem). 

En síntesis: “La Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que cree” (Ibídem). (En eso consiste, pues la Tradición: en que la Iglesia transmite, entrega todo lo que cree, lo que celebra y lo que vive; y en ese conjunto se transmite la Palabra de Dios).

En las palabras del Papa: “La Palabra de Dios, por lo tanto, no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición. Esta última, gracias al Espíritu Santo, la comprende en la riqueza de su verdad y la encarna en las coordenadas cambiantes de la historia”.

En este punto León XIV evoca a san John Henry Newman cuando en su obra El desarrollo de la doctrina cristiana compara el cristianismo (como experiencia comunitaria o como doctrina) con la semilla viva que crece gracias a una fuerza vital interior (cfr. Mt 4, 26-29). Esto es, añade el Papa, el “depósito” del que habla san Pablo en sus cartas a Timoteo (cfr. 1 Timoteo 6, 20; cfr. 2 Timoteo 1, 12-14; cfr. Dei Verbum, 10) y que ha de ser trasmitido fielmente en toda su integridad.

En suma, cabe concluir, la Palabra de Dios se transmite no solo en la Escritura sino en toda la Tradición y por tanto, en toda la vida de la Iglesia: doctrina, liturgia, orientaciones morales, etc. En efecto, la Palabra de Dios se expresa de diversos modos que forman como una sinfonía (es el tema de la “analogía de la Palabra”, cfr. Verbum Domini, 7). La Palabra y el Espíritu van siempre juntos. 

Palabra que alimenta la vida y el amor 

El miércoles 4 de febrero lo dedicó León XIV a la Sagrada Escritura como Palabra de Dios en palabras humanas. La Palabra de Dios (que no se reduce a palabras como las nuestras, sino que nos entrega una participación de su misma vida) también utiliza lenguajes humanos, aunque los trasciende. Esto tiene algunas implicaciones importantes (pues no es un lenguaje sólo divino ni solo humano).

En primer lugar, quelos autores humanos no son instrumentos pasivos del Espíritu Santo, sino“verdaderos autores” de los libros sagrados (cfr. Dei Verbum, 11), lo cual hace más grande y perfecta la inspiración divina. 

Por eso, a la hora de interpretar esos textos, no se puede prescindir del ambiente histórico en que fueron escritos y de las diversas formas literarias utilizadas. (Es lo que suele relacionarse con el “sentido literal”). Si esto no se hiciera, se correría “el riesgo de dar lugar a lecturas fundamentalistas o espiritualistas de la Escritura, que traicionan su significado”.

Este principio de que la Revelación cuenta con el lenguaje humano vale también para el anuncio de la Palabra de Dios: “si [este anuncio de la fe] pierde contacto con la realidad, con las esperanzas y los sufrimientos de los hombres, si utiliza un lenguaje incomprensible, poco comunicativo o anacrónico, resulta ineficaz”. De ahí que en cada época debamos volver a proponer la Palabra de Dios con lenguajes nuevos (cfr. Evangelii gaudium, 11). 

En segundo lugar, también es reductiva “una lectura de la Escritura que descuida su origen divino y termina entendiéndola como una mera enseñanza humana”, como algo que debe estudiarse simplemente desde un punto de vista técnico o como sólo “un texto del pasado” (cfr. Benedicto XVI, Verbum Domini, 35). 

Esto puede evitarse en el contexto de la liturgia, que procura hablar a los creyentes de hoy, tocar su vida presente con sus problemáticas, iluminar su conducta y las decisiones que tienen que asumir. Pero solamente es posible cuando el creyente lee e interpreta los textos sagrados bajo la guía del mismo Espíritu que los inspiró (cfr. Dei Verbum, 12). 

En este sentido, añade el Papa, “la Escritura sirve para alimentar la vida y la caridad de los creyentes, pero (…) incluso abrazando todas las dimensiones de la vida y de la realidad, las trasciende”. Por eso “no se puede reducir a mero mensaje filantrópico o social, sino que es anuncio alegre de la vida plena y eterna, que Dios nos ha donado en Jesús”.

Palabra de Dios y vida de la Iglesia

En la quinta y última catequesis sobre la Dei Verbum (cfr. Audiencia general, 11-II-2026) León XIV explicó la relación entre la Palabra de Dios y la Iglesia. Ella siempre ha venerado las Escrituras como lugar de encuentro con Dios, además de la Eucaristía y la Tradición con regla de la fe. Más aún“el lugar originario de la interpretación escriturística es la vida de la Iglesia” (Verbum Domini, n. 29). 

Si la revelación es un diálogo en el que Dios habla a los hombres como amigos (Dei Verbum, 2), sobre todo en la oración, la Sagrada Escritura fortalece la comunidad cristiana. Y por ello, “el amor por las Sagradas Escrituras y la familiaridad con ellas deben guiar a quien ejerce el ministerio de la Palabra: obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas”, además de situarse en el centro del trabajo de quienes se dedican a las ciencias bíblicas y en general a la Teología. 

La Sagrada Escritura, señala León XIV, alimenta la fe, impulsa la misión en cada cristiano y en la Iglesia en su conjunto, y sacia nuestra sed de sentido y de verdad. “Viviendo en la Iglesia se aprende que la Sagrada Escritura se refiere totalmente a Jesucristo, y se experimenta que esta es la razón profunda de su valor y su potencia. Cristo es la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne”.

Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica