El 6 de enero la Iglesia celebra la llegada al portal de Belén de los Magos venidos de Oriente, aquellos estudiosos de las estrellas que viajaron desde lejanas tierras para visitar al Niño Jesús. A parte de la tradición y de algunas representaciones posteriores, la principal fuente que tenemos sobre esos personajes es el evangelio de San Mateo, escrito algunas décadas después de que se produjeran los hechos:
«… unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: –¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y venimos a adorarle (…). Ellos, después de oír al rey se pusieron en marcha (hacia Belén). Y entonces, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el Niño».
No son muchos los datos que nos deja Mateo sobre ellos. De hecho, ni siquiera estamos seguros de su número. Tradicionalmente se ha considerado que se trataba de tres personas, en consonancia con los tres dones que llevaron: oro, incienso y mirra. En este número aparecen en la primera representación de los Magos que conocemos, en las catacumbas de Priscila, en Roma, datada entre los siglos II y III. Por otra parte, la palabra que emplea Mateo para referirse a ellos, μάγοι (magoi), generalmente se empleaba para referirse a los estudiosos de origen persa. Sea como fuere, fijándonos en el Evangelio, podemos pues deducir que eran sabios, que venían del Oriente y que se presentaron en Jerusalén porque buscaban al rey de los judíos. Además, podemos deducir que no buscaban a un soberano cualquiera, sino a un rey anunciado por las estrellas y que, además, merecía de ellos adoración: vimos su estrella en el Oriente y venimos a adorarle.
Como digo, no tenemos mucho más que decir de los Magos, pero sí que podemos preguntarnos por la estrella que les llevó hasta el Niño. ¿Fue realmente un objeto astronómico lo que hizo que estos sabios emprendieran el camino? Bien podría tratarse de un hecho milagroso y que solo vieron ellos, o de una referencia alegórica, de un ángel, por ejemplo. Pero si podemos suponer que estamos hablando de un fenómeno físico ¿de qué se trataba?
¿Qué significa «estrella» en el texto bíblico?
A la hora de indagar sobre la estrella de Belén nos encontramos con una pequeña dificultad ya en el mismo texto de Mateo: la palabra griega empleada (ἀστέρα) se traduce generalmente por estrella, pero una traducción más correcta sería astro, y podría hacer referencia no a una estrella, sino a cualquier cuerpo astronómico brillante, como podría ser un planeta o un cometa. En cualquier caso, parece claro que el texto de Mateo hace referencia a un fenómeno astronómico relativamente peculiar: los magos no observaron un astro cualquiera si no que vieron su astro (αὐτοῦ τὸν ἀστέρα).
¿Qué fenómeno ocurrió en los cielos que hizo que unos sabios de oriente –probablemente persas– emprendieran un largo viaje precisamente hacia Jerusalén? Como es sabido, no estamos seguros de la fecha del nacimiento de Jesucristo, pero podemos decir que tuvo que ocurrir pasado el año 6 aC –año más probable del censo de Quirino del que nos habla Lucas– y antes del 4 aC, año de la muerte de Herodes. Entonces, ¿qué fenómenos pudieron observarse en los cielos en esa época?
Señales en el cielo: tres fenómenos astronómicos decisivos
Pues bien: en torno a ese tiempo sucedieron tres fenómenos astronómicos de interés. El primero de ellos tuvo lugar del año 7 antes de Cristo, más en concreto entre el 29 de mayo y el 5 de diciembre: la conjunción de Júpiter y Saturno.
Es cierto que una conjunción planetaria no es algo excepcional y no parece que pudiera asombrar lo suficiente a nuestros magos. Pero hemos de tener en cuenta que la del año 7 aC no fue una conjunción cualquiera: presentó tres peculiaridades. En primer lugar, ambos planetas estaban especialmente cercanos a la Tierra, lo que hacía que se vieran mucho más brillantes de lo normal. En segundo lugar, se trató de una conjunción triple. Debido al movimiento conjugado de Júpiter, Saturno y la Tierra, pareció que, en su camino por el Cielo, Júpiter adelanta a Saturno; luego Saturno sobrepasaba a Júpiter (digamos que “escapando” de él) y, por último, Júpiter acababa ganando la batalla. Y por último, y esto es tal vez lo más interesante, esa triple conjunción se produjo precisamente en la constelación de Piscis… Y es que, para los Persas, la constelación de Piscis representa a Israel.
En resumen: en el año 7 aC los magos pudieron ver en el cielo que Júpiter (que para los Persas era representación del bien) luchaba y vencía a Saturno (que representaba el mal) y todo ello precisamente sobre la constelación que hacía referencia a Israel…
El segundo fenómeno curioso que se pudo observar algunos meses después, fue la ocultación de Júpiter tras la Luna. No es muy frecuente, pero de vez en cuando la Luna tapa algún planeta. Y lo importante es que, como la Luna sigue su camino, al rato el planeta ocultado vuelve a aparecer por el lado opuesto: es como si la Luna «diera a luz» a ese planeta… Sabemos que en la antigüedad, los alumbramientos de planetas por parte de la Luna se veían asociados a nacimientos ilustres, de reyes o personas importantes. Pues bien: en abril del año 6 aC la Luna dió a luz Júpiter, el mismo que unos meses antes anunció su batalla contra el mal en Judea…
Es lógico pensar que estos dos acontecimientos, tan significativos y tan ligados a Judá, pusieran en guardia a unos sabios que dedicaran su vida a la observación de las estrellas. Por eso podemos decir que el tercer evento al que nos referimos pudo significar un auténtico pistoletazo de salida: se trata de la repentina aparición en el firmamento de un astro desconocido.
El Ch’ien-han-shu o Libro de la dinastía de Han es una obra clásica china que narra la historia de la dinastía Han Occidental. Además de darnos muchos datos interesantes sobre ese periodo, esta obra recoge los acontecimientos astronómicos que tuvieron lugar en el reinado del emperador Ai. Nos interesa una anotación bastante escueta: “en el segundo año, segundo mes: una hui-hsing emergió en Ch’ien Niu durante 70 días”.
El segundo mes del segundo año abarca del 9 de marzo al 6 de abril del año 5 aC, lo que encaja bastante bien con la posible fecha del nacimiento de Cristo. Por otra parte, sabemos que Ch’ien Niu es una de las constelaciones del firmamento chino, que incluye varias de las estrellas de la constelación de Capricornio. Por último, sabemos que hui-hsing (literalmente “estrella escoba”) es la forma en que los astrónomos chinos se referían a los cometas.
¿Fue un cometa?
¿Qué fue exactamente lo que vieron los observadores chinos en esa época? Si nos fiamos de lo que dicen, es claro que se trata de algo que apareció de repente (que “emergió”) y que luego desapareció pasados algo más de dos meses. Para explicar un fenómeno de esas características solo hay tres opciones: la explosión de una supernova, la aparición de una nova o la llegada de un cometa a la parte interior del Sistema Solar. Las dos primeras candidatas, en principio, tenemos que descartarlas, pues ambas dejan residuos físicos y no se observa nada en ese punto del espacio. Además, como hemos dicho la expresión utilizada por los chinos (estrella escoba) no parece dejar lugar a dudas.
Sin embargo, podría objetarse que los cometas no aparecen de repente. Pero eso no es del todo cierto. Se trata de objetos relativamente pequeños y solo pueden ser vistos cuando los rayos del Sol calientan el cuerpo del cometa provocando la evaporación del núcleo, lo que crea su clásica “cola”. Esa llamativa estela, que es lo único visible de los cometas, aparece, más o menos, cuando atraviesan la órbita de Marte. Todos los cometas son invisibles a simple vista durante la mayor de su viaje y aparecen (o emergen) de repente al acercarse a la Tierra.
Por último, encontramos otra dificultad para aceptar que la estrella del libro de Han fuera un cometa. Tal y como está redactada la frase, da la impresión de que la hui-hsing estuvo fija en el firmamento durante 70 días (“emergió en Ch’ien Niu durante 70 días”) y eso no parece acorde al comportamiento de un cometa, que debería moverse, como sabemos. Pero esto no es correcto: como es evidente, un cometa puede parecer fijo en el cielo si su trayectoria se dirige directamente –o casi– hacia la Tierra. Eso mismo –la aparición de un punto fijo en el firmamento– es lo que temen encontrarse los que exploran los posibles objetos que puedan impactar contra nuestro amado planeta…
En cualquier caso, todo parece indicar que la hui-hsing del libro de Han puede ser un muy buen candidato a ser la estrella de Belén, sobre todo si combinamos su aparición con las otras dos señales: la conjunción y el alumbramiento de Júpiter.
Pero, ¿pudo ser un cometa el astro que vieron los Magos? Alguno han objetado que, en ese caso, el Evangelio se habría referido a ella como κομήτης (komḗtēs). Pero hemos de tener en cuenta que, indudablemente, la fuente de la que Mateo toma ese dato, ya sea oral o escrita, debió de ser de lengua hebrea. Y en hebreo antiguo no existe, que sepamos, ninguna palabra para cometa. Además, sabemos que Orígenes ya se planteó a mediados del siglo tres la idea de que la estrella de Belén fuera un cometa.
También se ha dicho que los cometas suelen estar ligados a desgracias o nefastos, pero esto no es del todo correcto. Un antecedente cercano en el tiempo es el llamado cometa de César, un astro de gran brillo que nos visitó en el año 44 aC., a los pocos días de la muerte de Julio César. El evento fue interpretado en Roma como señal de la deificación del emperador.
Los Magos no siguieron la estrella de noche
Parece conveniente hacer aquí una aclaración importante. Es frecuente en la iconografía representar a los Magos viajando de noche y siguiendo una estrella, generalmente con cola. Pero no parece que esto se ajuste a la realidad. En primer lugar, porque sería muy extraño que nuestros sabios viajaran de noche: lo natural y lógico es viajar durante el día… Y en segundo lugar, porque nada del relato de Mateo nos induce a pensar tal cosa: antes al contrario.
En efecto, el texto de Mateo utiliza por dos veces el tiempo aoristo al referirse a la visión de la estrella: vimos(εἴδομεν)su estrella en el Oriente. Y, más adelante: la estrella que vieron(εἶδον) en el Oriente. El uso del aoristo indica un hecho terminado del pasado, lo que nos habla de que los magos vieron la estrella tiempo atrás, cuando estaban en oriente, y no que la vieron durante su viaje a Jerusalén. O, al menos, no durante todo el viaje. Esto se ajusta bastante bien a la anotación de los chinos, que indican que la estrella se vio durante 70 días. Aunque discrepan los autores, se calcula que un viaje en caravana de Persia a Jerusalén (unos 1600 km) no podría durar menos de tres meses. Eso, sin tener en cuenta los preparativos necesarios, claro.
En definitiva, podemos pensar que los magos vieron en oriente los signos que hemos detallado (la conjunción y el alumbramiento de Júpiter, así como la aparición del cometa) y tomaron la decisión de emprender el viaje hacia Jerusalén buscando al rey de los judíos. Además, esto concuerda bastante bien con otro dato que tenemos. Cuando Herodes –burlado por los Magos– decide matar a todos los niños de Belén, indica que deben morir aquellos de dos años para abajo, con arreglo al tiempo que cuidadosamente había averiguado de los Magos. En efecto, el primer aviso, la conjunción de Júpiter, ocurrió dos años antes de esa fecha.
De Jerusalén a Belén: ¿una estrella que se detiene?
Cosidero que lo visto hasta ahora explica de forma razonable los sucesos de la primera parte del viaje de los magos, es decir, el viaje hacia Jerusalén. Pero ¿qué podemos decir de la segunda parte, es decir, el viaje de Jerusalén a Belén? Según Mateo, al ponerse nuevamente en camino, la estrella que habían visto en el Oriente se colocó delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el Niño. Según el texto, es innegable que la estrella que vieron en esta segunda etapa era la misma que vieron en Oriente. Es decir: si nuestra teoría es correcta, el cometa que brilló durante setenta días cerca de la constelación de Capricornio, en un momento determinado apareció delante de ellos, es decir al sur de Jerusalén. ¿Es posible que un cometa pueda hacer eso? Pues resulta que si…
Ya hemos señalado que, si nos fiamos de las anotaciones del libro de Han, nuestro cometa permaneció setenta días cerca de la constelación de Capricornio. Ya hemos comentado que para que eso sea posible, el cometa debía tener una trayectoria que le haría pasar muy cerca de la Tierra. En concreto, se puede deducir que debió tratarse de un cometa con trayectoria parabólica y no elíptica, lo que implica que se trató de un cometa que no volverá a pasar. Esto, en realidad, es lo más frecuente en nuestro Sistema solar: de hecho, de los más de cuatro mil comentas que conocemos, solo quinientos tienen órbita elíptica.
Mark Matney, científico planetario de la NASA, se interesó en calcular la trayectoria que debería llevar la hui-hsing del libro de Han y llegó a una conclusión bastante interesante. En concreto, llegó a la conclusión de que el cometa en cuestión debió de pasar realmente cerca de nuestro planeta, rozando incluso la órbita de la Luna. Tal cercanía haría posible que, al menos durante unas horas, el cometa pudiera verse incluso con luz solar. Recordemos que lo normal es que los magos viajaran de día… Y no solo eso: un cometa tan cercano podría moverse de forma casi geoestacionaria, como muchos de los satélites artificiales, estable en el Sur y mostrando el camino hacia Belén, e, incluso, deteniéndose por un tiempo en la vertical de esa ciudad. De ser correctos los cálculos de Matney, tal suceso –la detención del cometa sobre Belén– se habría producido en concreto el 8 de junio del 5 aC, entre las diez y las once y media de la mañana. Por supuesto, los estudios de Matney no pueden afirmar con rotundidad que tal fenómeno sucedió, pero dejan bien claro que se trata de un evento perfectamente plausible. El artículo en cuestión, tiene el interesante título de “La estrella que se detuvo”. Puede consultarse aquí.
En resumen: aunque, como es lógico, no podemos tener certeza de qué fue la Estrella de Belén, sí que encontramos en el cometa descrito por los redactores del libró de Han un interesante candidato para haber sido el detonante astronómico del viaje de los Magos.
Físico y sacerdote.




