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Hacer las paces con tu cuerpo

Comenzamos una nueva sección de artículos sobre el redescubrimiento de la visión cristiana del cuerpo, una serie basada en la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II.

Hugo Elvira·10 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

Una tarde, conversando con un chico joven me dijo algo que me dejó muy pensativo: “Mi cuerpo es mi enemigo”.

No lo dijo con rabia, sino con cansancio. Me habló de esa pelea constante de compararse todo el tiempo, de estar frustrado, ansioso, de caer en hábitos que no quisiera…

Le di algunos consejos, intenté animarlo… pero cuando se fue me quedé pensando en que no era la primera vez que escuchaba algo así. Y, aunque quizá no usaban palabras tan directas, sí lo había oído antes en estudiantes, en amigos, en las reflexiones teológicas durante mis estudios en Roma. En fin. Parecía ser algo que muchos podemos sentir, pero pocos nos atrevemos a contar. Es impresionante descubrir cuántas personas viven en guerra con su propio cuerpo.

Esa noche me pregunté si este problema era algo para tomárselo a la ligera, o si detrás había algo más profundo. ¿Será que hemos olvidado lo que significa el cuerpo para el cristianismo?

La respuesta de san Juan Pablo II sobre la Teología del Cuerpo: 129 catequesis predicadas los miércoles durante la audiencia general en la Plaza de San Pedro de 1979 a 1984 y dedicadas a la reflexión sobre el cuerpo humano a la luz de la Revelación. 

Me propuse estudiar en serio todos los textos, e hice mi tesis de licenciatura en Teología dogmática sobre ese tema también. Y comprendí mejor algo que seguramente motivó al Papa a dedicar tanto tiempo a esta reflexión teológica: si el cuerpo es visto como enemigo, la persona se divide por dentro. Pero si el cuerpo es descubierto como don, la persona empieza a sanar.

Por eso comienzo esta serie de artículos. Para recorrer juntos, paso a paso, la Teología del Cuerpo bajo la clave interpretativa del cuerpo como don de Dios y así redescubrir que el cristianismo no desprecia el cuerpo… lo ilumina.

Y que si tú, querido lector, vas a dar una clase o charla sobre el tema, o si vas a aconsejar a un amigo o amiga al respecto, puedas recordarle una verdad que necesitamos volver a escuchar: Nuestro cuerpo no es un enemigo. Nuestro cuerpo es un don de Dios. Y aprender a recibirlo como un don puede cambiar nuestra vida. Nuestras relaciones humanas. Nuestro modo de acercarnos a Dios. Nuestro modo de luchar por ser buenos cristianos. 

Comenzamos….

La visión actual del cuerpo vs la visión cristiana del cuerpo

Vivimos en una cultura que manda dos mensajes opuestos sobre el cuerpo. Por un lado, el cuerpo lo es todo: valemos por la apariencia, por el rendimiento, por el placer que logramos. Horas comparándonos en redes sociales, dietas imposibles, miedo a envejecer, obsesión por gustar. 

Por otro lado, el cuerpo no vale nada: se vuelve algo que se usa, que da igual si se modifica, que se descarta cuando incomoda. Dos caminos distintos pero que terminan en la misma tristeza.

La fe cristiana empieza en otro lugar. En el Génesis, cuando Dios crea al hombre y a la mujer, dice: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Génesis 1, 31). No es una frase decorativa. Es una revelación fundamental: todo en el ser humano es bueno, no solo su alma, también el cuerpo, porque ha salido de las manos de Dios.

Como explica Karol Wojtyła en Persona y acción, la persona no es un alma que tiene un cuerpo: es su cuerpo. Gracias al cuerpo podemos rezar, cantar, trabajar, abrazar, pedir perdón. Sin el cuerpo, el amor no se ve.

Por eso el cristianismo no desprecia la materia, de hecho, el centro de nuestra fe es que el Verbo se hizo carne. Desde el cuerpo del Niño en Belén hasta el cuerpo resucitado de Cristo, la historia cristiana confirma la bondad, siempre presente, de nuestra humanidad.

El gran secreto del cuerpo

Solo con el cuerpo podemos amar como verdaderos humanos. El amor necesita gestos visibles: una palabra, un abrazo, una caricia, un sacrificio silencioso. Pero esos gestos deben estar llenos de verdad. Porque hay actos que parecen amor… y no lo son: un beso puede traicionar, como el de Judas. Un “te quiero” puede esconder egoísmo. Pero como podemos ver en estos ejemplos, el cuerpo no miente: revela lo que hay en el corazón.

Por ello, es importante considerar que cuando el amor se transforma en actos materiales -corporales- de servicio, perdón, cuidado, entrega, el cuerpo habla su verdadero idioma. Cuando se vuelve uso, dominio o manipulación, el problema no es el cuerpo, sino el corazón herido.

El gran secreto del cuerpo es este: está hecho para amar de verdad.

Cuando el cuerpo habla su idioma

Todos hemos experimentado la alegría después de ayudar a alguien. La paz de un abrazo sincero. El cansancio feliz después de trabajar por otros. En esos momentos descubrimos algo: nuestro cuerpo no nos separa de Dios, nos acerca a Él. Porque experimentamos que el cuerpo es el lugar que permite a la persona entrar en comunión, donarse. 

¿Cómo convencerme de todo esto? Profundizando en la Teología del Cuerpo. No como una teoría bonita pero imposible, sino como una meditación sobre nuestra esperanza cristiana: el Verbo hecho carne.

En la humanidad de Cristo vemos también la plenitud de nuestra humanidad: volver al Padre con el corazón sanado y el cuerpo glorificado.

Aunque hayas caído muchas veces, aunque cargues heridas o vergüenzas, recuerda: por eso vino Jesús. En la liturgia pascual la Iglesia canta: “¡Oh feliz culpa que mereció tal Redentor!” No es casualidad, ni mera poesía, Cristo vino para sanar el corazón… y redimir también nuestro cuerpo.

Una decisión para hoy

Mira tus manos. Siente tu respiración. Mírate al espejo. No son un enemigo. No son un error. Son un don. Parte de un cuerpo que todo entero está llamado a la resurrección.

Empieza hoy con algo pequeño para dejar al cuerpo hablar su lenguaje: un acto de generosidad, una confesión sincera, una disculpa pedida a tiempo, un servicio silencioso. Entonces descubrirás algo sorprendente: tu cuerpo deja de ser enemigo y se vuelve tu mejor aliado para aprender a amar, pues está identificándose con las acciones de Jesús, Dios y hombre verdadero.

El autorHugo Elvira

Licenciado en Teología dogmática por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

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