Al ser Dios mismo el autor de la Iglesia –Cristo se entregó por Ella, fundándola– es santa. Y para preservar su santidad el Espíritu Santo la vivifica en el día a día. La Iglesia, en sí misma, es santa: su santidad se encuentra en su unión con Cristo y la plenitud de los medios de salvación que posee, en particular los sacramentos.
Lo confiesa nuestra Fe, y así lo recoge el Catecismo en su núm. 823, al señalar que la Iglesia no puede dejar de ser santa. El mismo, Cristo, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama “el solo santo”, amó a su Iglesia como a su esposa.
La Iglesia, según recogió el Concilio Vaticano II, es considerada el pueblo santo de Dios, y ya en la tierra se caracteriza por una verdadera santidad, aunque todavía está por alcanzar (Lumen Gentium 12 y 48). Sus miembros, según dice el mismísimo san Pablo en sus cartas, son llamados “santos”.
Así, la Iglesia es santa en su esencia divina y creadora –Cristo la funda– y sus medios. Aun cuando, según pasamos a ver, sus miembros, peregrinos en la tierra y encaminados al Cielo, pecan y están en un proceso constante de purificación y conversión.
Las limitaciones –y pecados– de los miembros de la Iglesia
Cada vez que recitamos el Credo afirmamos que la Iglesia es santa, y eso sorprende a muchos, cuando los defectos y pecados de sus miembros –podríamos decir que sobre todo los de sus dirigentes, más llamativos o “escandalosos”– son bien visibles: abusos de múltiples tipos, delitos financieros, etc., amén de otras desviaciones históricas como la convivencia con la esclavitud, o el consenso respecto a las guerras de religión.
En este punto quisiéramos subrayar el término “visibles”, ya que una cosa es lo que observamos, e incluso juzgamos –y con razón–, y la otra lo que pueda acontecer en el corazón de quienes representan a la Iglesia, o sea lo que pueda acontecer en el mismo corazón de la Iglesia.
Dicho de otra manera: ¿conviene centrarse en el error cometido, pecaminoso, o más bien en la capacidad del corazón humano de abrazar el perdón de Dios y sanar la herida infligida a la Iglesia de la que forma parte? Con el paso del tiempo hay quien aprecia una obra restaurada, que aunque haya perdido su condición inmaculada porque haya dejado de ser la obra perfecta inicial –en nuestro discurso, la Iglesia fundada por Cristo–, no por ello deja de mostrar belleza –en nuestro discurso, santidad–. Ésta, la santidad, lo sabemos, no está asociada a no equivocarse, sino a rectificar y pedir perdón.
¿Y quién es capaz de sostener la falta de arrepentimiento de los representantes de la Iglesia que han pecado? Nadie, solo ellos mismos pueden verificar su arrepentimiento y, por tanto, petición de perdón y sanación.
La seguridad espiritual de los fieles
De otro lado, refiriéndonos a la jerarquía de la Iglesia, observamos que la indignidad de sus miembros no obsta para que puedan desempeñar el ministerio que les ha sido confiado. Así, el ministro pecador puede dispensar los sacramentos a pesar de su pecado: ello es muestra de la santidad de la Iglesia a la que sirve. Naturalmente, a no ser que medie alguna sanción canónica que le prohíba desempeñar tal ministerio.
También a este respecto nos referiríamos al término “Ecclesia supplet” –la Iglesia suple–, principio jurídico referido al hecho de que la Iglesia convalida actos sacramentales o administrativos que podrían ser inválidos debido a un error de hecho o de derecho, o a falta de jurisdicción. De este modo se garantiza la seguridad espiritual de los fieles, que se deben precisamente a la santidad de la Iglesia, y no a las limitaciones de sus ministros.



