Evangelio

Resucitar a los muertos. Domingo V de Cuaresma (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas del V domingo de Cuaresma (A) correspondiente al día 22 de marzo de 2026.

Vitus Ntube·19 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 2 minutos

Hoy nuestra galería cuaresmal nos coloca ante una tumba, un cementerio. Nos situamos en Betania, el pueblo de María, Marta y Lázaro, tan cercano a Jerusalén, a poca distancia. Es aquí, en el umbral entre la vida y la muerte, donde se desarrolla el Evangelio de la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-45).

La humanidad de Cristo se hace patente en estos versículos. Vemos a un Dios que siente, que llora, que consuela, que acompaña. Vemos la amistad con Lázaro y con sus hermanas, Marta y María. 

En el centro de esta escena dramática se produce una revelación decisiva. Jesús dice a Marta, «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 11). Esta misma promesa resuena en la primera lectura del profeta Ezequiel, «Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos» (Ezequiel 37, 12). Dios se revela como aquel que hace brotar la vida de lo que parece irremediablemente muerto, que devuelve la esperanza allí donde solo quedan huesos secos. Se nos presenta claramente el tema de la restauración de la vida, la victoria de la vida sobre la muerte. Tenemos, por así decirlo, un anticipo del misterio pascual en las lecturas de hoy. 

Ante la tumba de Lázaro encontramos un lugar destinado a los muertos, pero en presencia de Cristo se convierte en un lugar de vida. Un lugar de lágrimas se transforma en un lugar de consuelo. Más aún, Jesús nos muestra que la resurrección que proclama es una posibilidad real y no solo una idea o una promesa futura. La conversión, por tanto, no es simplemente una mejora moral; es un retorno a la vida. La esencia de la conversión es volver a encontrarnos en Cristo.

Jesús dijo una vez a sus apóstoles que su misión incluiría: «Curad enfermos, resucitad muertos» (Mt 10, 8). Esta misión no está reservada únicamente a los apóstoles; se confía a todo cristiano. Cuando Cristo dio esta instrucción, no se refería solo a resucitar cuerpos muertos, sino a devolver la vida a corazones agobiados por la culpa, el dolor o el vicio; a dar vida a quienes están muertos espiritualmente; a devolver a Cristo al corazón de las personas. La parábola del hijo pródigo lo ilustra de manera elocuente. 

Durante la Cuaresma estamos llamados a participar en esta obra de resucitar a los muertos. Se nos invita a ayudar a quienes nos rodean a redescubrir la vida en Cristo y a permitir que Cristo resucite lo que está muerto dentro de nosotros. El pecado y el vicio asfixian lentamente el corazón, pero la conversión devuelve la vida. Tal vez nuestros propios corazones, o los de quienes están cerca de nosotros, hayan estado enterrados durante cuatro días, cuatro semanas o incluso cuatro meses. Como Lázaro, pueden parecer sellados tras una piedra, pero Jesús sabe cómo quitar las piedras. No se deja repeler por el olor de la muerte. Se acerca con el corazón de un amigo que ama, que siente, que llora, y es precisamente este amor el que mueve la piedra. En este tiempo de Cuaresma, también nosotros estamos llamados a participar de ese poder del amor: a través de una sonrisa, una palabra de perdón, la disposición a escuchar, la paciencia para acompañar a alguien en el dolor o en la dificultad.

A menudo recordamos que enterrar a los muertos es una obra de misericordia. Hoy, la liturgia nos recuerda otra tarea igualmente urgente, resucitar a los muertos, especialmente a los muertos espiritualmente, mientras nos preparamos para celebrar la Pascua.

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