En el día de Pascua, leemos en el Evangelio cómo Pedro y Juan corrieron al sepulcro vacío. Juan entró, vio y creyó. El Evangelio de hoy nos sitúa ante otro momento de fe: el episodio de Tomás. Tomás insiste en tener pruebas antes de creer: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». Ese «no lo creo» suena mucho a lo que diría un adulto: medido, prudente, exigente de evidencias.
Esto nos recuerda una conexión literaria sorprendente. Victor Hugo nos presenta al famoso personaje Quasimodo en su libro Notre-Dame de París. La mayoría lo conoce como el campanero jorobado de la catedral, pero quizá no el origen de su nombre. Recibió ese nombre por la antífona de entrada de un domingo como este, porque fue encontrado y bautizado en este día. Su nombre proviene de las dos primeras palabras de la antífona de entrada de la Misa de hoy en latín, que comienza con: «Quasi modo géniti infántes», «como niños recién nacidos». El autor incluso sugiere otro nivel de significado: quasi modo puede sonar como casi formado o de algún modo incompleto, lo cual evoca las deformidades físicas de Quasimodo.
La antífona completa habla de los recién bautizados como niños recién nacidos que desean la leche espiritual pura, para que así crezcan hacia la salvación. Espiritualmente, se nos invita a volver a ser niños —no infantiles, sino como niños: abiertos, confiados, receptivos. A creer no solo mediante el cálculo y la prueba, sino con la humilde confianza de un niño que se fía de quien le habla. Ser recién nacidos en la fe también moldea nuestra manera de creer. Se nos invita a ir más allá de la exigencia de pruebas de Tomás en toda circunstancia. Jesús le dice: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Este domingo también es conocido como el Domingo in albis, esto es, de blanco, porque los bautizados en Pascua se quitan hoy las vestiduras blancas, después de ocho días de llevarlas. La Iglesia los ha tratado como «recién nacidos en la fe», aprendiendo poco a poco a caminar en esta vida nueva. Y hoy es también el Domingo de la Divina Misericordia. La misericordia de Dios no solo perdona, nos recrea, nos hace nuevos.
El Jesús resucitado se acerca a sus discípulos y los saluda diciendo: «Paz a vosotros». Luego sopla sobre ellos y dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». En este momento, Cristo confía a la Iglesia el sacramento de la misericordia. A través del sacramento de la reconciliación, la misericordia de Dios nos toca personalmente y nos hace nuevos otra vez. Cada confesión es, en un sentido real, un nuevo nacimiento. Salimos de ella quasi modo géniti infántes, como niños recién nacidos.
Hoy, la Iglesia nos recuerda con suavidad que nos dejemos hacer nuevos, que dejemos que la misericordia de Dios nos rehaga, para llegar a ser, una vez más, como niños recién nacidos: dispuestos a creer, dispuestos a dejarnos abrazar por la misericordia de Dios, dispuestos a vivir la vida del Cristo resucitado.



