Evangelio

Rechazar la tentación para convertirse. I domingo de Cuaresma (A)

Vitus Ntube nos comenta las lecturas del I domingo de Cuaresma (A) correspondiente al día 22 de febrero de 2026.

Vitus Ntube·19 de febrero de 2026·Tiempo de lectura: 3 minutos

El primer domingo de Cuaresma está marcado por la victoria de Jesús sobre la tentación. La Iglesia nos ofrece, al inicio del camino cuaresmal, el relato de Jesús tentado en el desierto y de cómo vence dichas tentaciones. Este episodio marca el tono del tiempo de Cuaresma, que nos llama a la penitencia y a la conversión.

La tentación es siempre una invitación al pecado: un intento de romper la unidad que compartimos con Dios. El pecado hiere nuestra unión con Dios; nos separa de Él y de los demás. La tentación puede conducirnos al pecado, y si no reconocemos la realidad del pecado, tampoco reconoceremos la tentación cuando se presente. La existencia del tiempo de Cuaresma, el camino hacia la Cruz, se debe a que el mal existe, el pecado existe. En nuestro camino hacia la conversión, es importante reconocer el pecado y la posibilidad de caer en él. Cristo va hasta la Cruz por la fuerza del amor que desea liberarnos de la esclavitud del pecado.

Las lecturas de la Misa de hoy nos presentan dos episodios contrastantes de tentación: el de Adán y Eva, y el de Jesucristo. La primera lectura, tomada del libro del Génesis, nos revela el origen del pecado: el pecado original. La astuta serpiente tienta a la mujer entablando un diálogo con ella y, como consecuencia, ella y su esposo comen del árbol situado en el centro del jardín. La Escritura nos dice: “Y dijo a la mujer: ‘¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?’. La mujer contestó a la serpiente: ‘Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis’”.

En contraste, encontramos a Jesús en un momento de gran vulnerabilidad, capaz de rechazar inmediatamente la tentación gracias a la firmeza de su propósito. Hambriento después de ayunar durante cuarenta días, es tentado a convertir las piedras en pan. Detrás de esta tentación se esconde un ataque a su identidad como Hijo de Dios y a su relación filial con el Padre. A diferencia de Eva, Jesús no entabla diálogo con el diablo. El diablo es astuto, y dialogar con él nos coloca en peligro. En cambio, Jesús responde de manera decisiva con la Palabra de Dios: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero él le contestó: “Está escrito: ‘No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’”. Esta comprensión de la naturaleza de la tentación, que nos ofrecen las lecturas de hoy, también se presenta de forma vívida en la obra literaria de C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, la correspondencia entre el tentador veterano Escrutopo y su sobrino Orugario. Allí vemos cómo el diablo adapta sus estrategias, utilizando técnicas sutiles y modernas para apartar a las personas de Dios.

Superar la tentación requiere un uso maduro de la libertad y de la razón. Las tentaciones de Jesús son nuestras tentaciones, él nos enseña a superar la tentación de creernos autosuficientes, pues habiendo pasado por lo mismo nos otorga su gracia, nos ayuda como hermano mayor nuestro. Como nos recuerda san Pablo: “lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos”.

El primer domingo de este tiempo litúrgico nos anima en el camino hacia la Pascua, donde contemplamos la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. La victoria sobre el pecado comienza con nuestra capacidad de rechazar la tentación. No empieza después de nuestra muerte, sino en las tentaciones que encontramos en la vida cotidiana. Reconocer y rechazar la tentación es, por tanto, una dimensión esencial de la vida cristiana.

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