«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). En este momento sagrado de la Semana Santa —la madre de todas las semanas, la semana más importante del año litúrgico— entramos en el Triduo Pascual con la celebración de hoy. El Sagrado Triduo comienza con aquello que caracteriza más profundamente a Dios y al cristianismo: el amor. Esta noche celebramos la Misa de la Cena del Señor, la institución de la Sagrada Eucaristía.
La liturgia de hoy está marcada por el amor en acción. San Juan, en su relato de la última Cena, introduce la escena con una afirmación profunda: Jesús «los amó hasta el extremo». No se trata de un amor a medias. Es un amor llevado al extremo, un amor llevado a su plenitud y cumplimiento. Juan nos dice que Jesús sabía que había llegado su «hora» —la hora de su pasión. La Cruz sería la manifestación más radical de su amor, porque «nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Sin embargo, incluso antes de este acto supremo, el Señor ofrece a sus discípulos un signo concreto de ese amor: les lava los pies. Es, por así decirlo, una anticipación del misterio de la Cruz.
Dios nos ama tanto que desciende para encontrarnos a nuestros pies. Baja de la gloria divina, toma la condición de siervo y nos encuentra en nuestra fragilidad y miseria. En Cristo Jesús, Dios se arrodilla ante la humanidad. Realiza el trabajo de un esclavo, lavando nuestros pies sucios, purificándonos para que podamos sentarnos a su mesa y participar en el banquete eucarístico.
La primera lectura narra la comida del cordero pascual —la prefiguración de la Cena del Señor en el Antiguo Testamento. La segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pablo a los Corintios, presenta el cumplimiento de esa prefiguración en el Nuevo Testamento y muestra cómo este misterio nos ha sido transmitido. En el Evangelio, sin embargo, vemos la actitud interior que lo mueve todo: el amor. El amor es la fuerza que impulsa a Cristo a entregarse completamente.
Ante un amor tan extremo y completo, podemos responder de dos maneras: como Pedro o como Judas. El amor de Jesús es tan abrumador que deja a Simón Pedro desconcertado. Cuando Jesús se acerca a él, Pedro protesta: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?» Jesús responde: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro inicialmente se resiste: «No me lavarás los pies jamás», pero Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Pedro lucha por comprender, pero al final se deja amar. Frente a tanta humildad y a un amor tan radical, duda, pero no cierra su corazón.
Judas, en cambio, responde de manera diferente. Jesús dice: «Vosotros estáis limpios, aunque no todos«. Juan explica que Jesús sabía quién lo iba a entregar. Judas no cuestiona ni protesta abiertamente. Más bien, rechaza en silencio un amor tan extremo y completo. Es el rechazo del amor —no querer ser amado, no amar— lo que hace impuro al hombre.
¿Somos capaces de aceptar un amor tan completo? ¿O lo rechazamos fácilmente porque no lo entendemos? Jesús ha permanecido en la Eucaristía por amor. Nos ama también de maneras radicales. La falta de comprensión no debería llevarnos al rechazo, sino a una comunicación más profunda con Dios. ¿Estamos abiertos al amor o cerrados a él?



