Después de una gestión para Cáritas diocesana, el voluntario se despidió con sutileza: “Adiós. Siento que tenga que seguir siendo un mal cura; y eso no está reñido con ser una buena persona, que lo es…” La mirada del sacerdote evidenciaba no haber entendido si se trataba de un piropo o de un “vacile”. “No se preocupe, yo le explico”, atajó el colaborador para tranquilizar a su párroco. Y ahí comenzó una “teórica” sobre cosas prácticas para intentar dilucidar lo esencial de lo accesorio en los presbíteros.
Las reuniones poco prácticas, interminables e “incorpóreas”, ocupan las primeras reflexiones. Se comprueba que el ímpetu de los primeros años sacerdotales da lugar a convocatorias más directas y resolutivas. Con la edad, aumenta la “reflexión” y la casuística… La gran carga de trabajo en los párrocos actuales, hace que algunos (a veces valiosos) opten por no acudir a los encuentros, con el peligro de aislarse y, otros se pasen la reunión como quien mete “cuñas” al serrar un tronco de árbol para ver si “cae”, cortando “rollos” y avanzando. Hay quien prepara sus reuniones como un “mariscal de campo”: esquemas, tiempo acotado, planes A-B-C, preguntas, calendario, contactos…
Observación: “Mire, si empezamos a las 13h no dará tiempo”. Respuesta inteligente: “Por eso mismo. Espabilamos y luego, a comer”. Algunos las utilizan como ámbito de desahogo y otros de influencia. A más parroquias y responsabilidades, más reuniones: agotador.
Acompañar a los fieles
La sinodalidad ha recordado que la Iglesia es tarea compartida. Somos corresponsables y eso requiere caminar y trabajar juntos en muchos frentes.
Pero, a veces, formar un equipo requiere paciencia. Tarda. Un párroco contaba su odisea de recaudar fondos para arreglar el templo: “El sacerdote tiene la palma de la mano hacia arriba, para pedir. Es lo suyo. Si no, estaría muerto, con la palma hacia abajo”.
Un día le pidieron que se sumase a un grupo de feligreses para ir de puerta en puerta solicitando donativos. “Si usted no hubiese venido con nosotros, no lo hubiésemos conseguido”. De inicio, la idea no le había gustado en absoluto. Era muy arriesgada y pensaba que le hacía perder muchísimo tiempo. Pero aquel gesto le granjeó un gran prestigio; fama de valiente y de preocupado por el patrimonio.
Ese “cartel” le permitió conocer todas las casas de la parroquia, estrechar lazos con varias familias por tanto trabajo compartido e, incluso, con algunas personas, profundizar en cuestiones religiosas o personales.
Preocupaciones económicas
Las obras, el mantenimiento y la economía ocupan una parte importante de los esfuerzos mentales, gestiones y preocupaciones del sacerdote, sobre todo cuando aún no ha logrado la colaboración de los feligreses adecuados para esta sensible labor. Lo sintetizaba un sacerdote en una de sus reuniones fraternas: “¡Vaya hombre!: Para hablar de Dios y de la oración ha venido un ponente a estas jornadas. Y para hablar de economía ¡han venido tres!”.
La endiablada maquinaria de los permisos patrimoniales, los desperfectos, la rendición de cuentas, la transparencia, las caridades o los detalles con los colaboradores; los libros parroquiales según exista o no la ayuda de una “secretaría”; el vivir la propia pobreza y el desprendimiento… Son cuestiones que generan estrés y ponen a prueba tanto el orden como la visión sobrenatural (no resulta fácil “ver” a Dios tras estos encargos).
Sin un espíritu profundo de oración, perseverar y mejorar “duelen” demasiado. Sin ayuda de la institución diocesana, la tentación es “que se encarguen ellos”.
Mirar a largo plazo
Hoy, el indispensable trato personal demanda preparación en todos los sentidos. Pocas veces se administra el sacramento de la penitencia en la primera conversación. Las personas necesitan dedicación y uno puede considerar “chascos” la falta de respuesta, la informalidad, o la “apropiación exclusiva” que, erróneamente, algunas personas pretenden del sacerdote. Probablemente cansa más “lidiar” con la gente que con cualquier otra tarea mecánica. Pero ahí está la clave: no se trata de “gente”, sino de “familia”. El sacerdote es padre. Lo lleva en los “genes” y en la gracia sacramental. Sabe que le dará “corte”; que no será fácil. No nació aprendido. Pero estará siempre ahí para sus “hijos” e “hijas”: tienen prioridad. Eso es lo que muchos esperan encontrar. Tal vez lo llevan buscando en otras partes como locos.



