基督徒对动物的爱

A veces se plantea una falsa disyuntiva: o amas a las personas o amas a los animales. Pero el Evangelio no conoce esa rivalidad. La ternura que aprendemos hacia toda criatura —como enseñaron Jesús de Nazaret y 阿西西的圣方济各— ensancha el corazón y nos hace más humanos, no menos.

4 de 10 月 de 2026·阅读时间: 4 分钟
amor animales

©Zaur Giyasov

No es raro escuchar a algunos católicos una crítica mordaz hacia quienes profesan un amor tierno por sus animales. Se argumenta que «hay muchos niños pasando hambre como para gastar en veterinarios». Sin embargo, esta dialéctica de exclusión —o amas a los hombres o amas a los animales— es ajena a la armonía de la Creación y olvida la delicadeza con la que Dios mismo se relaciona con su obra.

Es una verdad de fe que el ser humano es la cumbre de la creación. Pero la primacía del hombre no nace del desprecio a lo creado, sino de su responsabilidad como custodio. San Francisco de Asís, el Poverello, no llamaba «hermano» al lobo por sentimentalismo, sino porque reconocía en él el mismo «aliento» del Padre:

«Si tienes hombres que excluyan a cualquiera de las criaturas de Dios del refugio de la compasión y la misericordia, tendrás hombres que tratarán de la misma manera a sus hermanos» (San Francisco de Asís).

La doctrina de la Iglesia Católica enseña que los animales son criaturas amadas por Dios que manifiestan su gloria con su simple existencia. De acuerdo con el 天主教教理, el Creador confió a la humanidad un dominio sobre ellos que no es absoluto ni tiránico, sino moral y responsable. Por esta razón, el magisterio considera legítimo servirse de los animales para el sustento, el abrigo, el trabajo científico moderado y la compañía. Sin embargo, prohíbe explícitamente hacerlos sufrir de manera inútil o sacrificar sus vidas en vano, advirtiendo al mismo tiempo que el afecto hacia ellos nunca debe desviar o sustituir el amor debido prioritariamente a los seres humanos.

Respecto a si tienen alma y si van al Cielo, la teología católica fundamentada por Santo Tomás de Aquino explica que los animales sí poseen un alma sensitiva, la cual les otorga vida, emociones básicas e instintos. Otra cuestión es plantearse si cuentan con un alma inmortal. La Iglesia no cierra por completo las puertas de la eternidad a la creación material. En 2014 el Papa Francisco explicó en una audiencia la doctrina de la escatología cristiana: la promesa bíblica de «nuevos cielos y una nueva tierra». Esto significa que, al final de los tiempos, Dios transformará y restaurará todo el universo material. Teólogos de la Iglesia sugieren que en ese Reino definitivo habrá una presencia de la naturaleza y de los animales en perfecta armonía, reflejando la belleza divina, aunque probablemente no de la misma forma en que el ser humano gozará de la visión beatífica de Dios.

Sobre las moscas y otros insectos molestos, los antiguos israelíes modificaron de manera burlesca el nombre del dios de los filisteos de la ciudad de Ecrón, Baal Zebûl (Señor de la morada celestial), por el de Baal Zebûb (Señor de las moscas). Más tarde, en el Nuevo Testamento, el insulto evolucionó entre los judíos hacia la palabra Beelzeboul, que se traducía directamente como «Señor del estiércol», haciendo alusión al lugar donde se juntan las moscas. En el Antiguo Oriente Próximo, las moscas no solo eran molestas, sino el símbolo inequívoco de la descomposición, la inmundicia y la muerte. Al asociar a este dios con las moscas, los hebreos transmitían el mensaje teológico de que los ídolos falsos solo traían corrupción espiritual. Siglos después, San Francisco llamaba «Hermano Mosca» (Frate Mosca) a los frailes que eran perezosos, vagos y molestos dentro del convento y San Francisco de Sales explicaba que las moscas y los mosquitos son excelentes entrenadores de la paciencia diaria. La rebelión del hombre contra Dios en el pecado original hizo que los insectos pasaran de cumplir funciones ecológicas invisibles a convertirse en un recordatorio constante de la pérdida del Paraíso a través de sus picaduras, zumbidos y la propagación de enfermedades.

A veces olvidamos que Jesús no era un teórico abstracto, sino alguien que contemplaba la naturaleza con amor profundo. Él nos enseñó a leer el amor del Padre a través de los animales: “Mirad las aves del cielo: no siembran ni siegan… y vuestro Padre celestial las alimenta” (Mt 6, 26).

Cristo utiliza la figura de la gallina que cobija a sus polluelos (Mt 23, 37) para explicar Su propio anhelo de proteger a Jerusalén. En su mirada, los animales no son «objetos», sino testigos de la providencia divina. Incluso en el Antiguo Testamento, el libro de Tobías nos regala una imagen preciosa: el ángel Rafael y el joven Tobías parten de viaje, y el texto aclara con sencillez: «Y el perro los seguía» (Tb 6, 1). Dios permite que la fidelidad animal sea compañera en el camino de la salvación.

A menudo, la crítica hacia el «amante de los animales» ignora una realidad humana sangrante: la soledad. El Papa Francisco, en Laudato si’, nos advierte:

«No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. […] Todo está conectado». (Laudato si’, n. 91)

Bajo esta premisa, el afecto por un animal puede ser el último puente que mantiene a una persona conectada con la capacidad de dar y recibir ternura. Soren Kierkegaard, el gran pensador cristiano, profundizó en esta idea al reflexionar sobre la pureza del corazón. Para él, el animal tiene una ventaja sobre el hombre caído: su falta de doblez. El animal ama sin segundas intenciones, y en esa sencillez, el hombre herido encuentra un refugio donde volver a ser él mismo. Como diría el filósofo danés, en el silencio de la criatura se aprende a escuchar a Dios con más claridad que en el ruido de las disputas humanas.

A esos católicos que miran con sospecha el cariño por las mascotas, convendría recordarles que la fe nos llama a la mansedumbre. Si vemos a alguien volcar su vida en el cuidado de una criatura, quizás deberíamos preguntarnos qué soledades habita esa persona o qué consuelo encuentra en esa fidelidad silenciosa que nosotros, como hermanos, tal vez no hemos sabido darle.

Dios se sirve de lo pequeño para sanar lo grande. Y en el lametazo de un perro, la compañía de un gato o el cantar de un canario, muchas veces se esconde una caricia de Dios para quien quizá no tiene a nadie más que le acaricie el alma. O quizá la belleza de los animales, como la belleza de toda la Creación, sea un primer contacto con la Bondad del Creador, que lo ha creado todo por Amor, para que disfrutemos de la Creación. Amemos a las personas por encima de todo, sí, pero permitamos que el amor a los animales sea ese lugar donde el ser humano aprenda, de nuevo, a ser profundamente humano.

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