El Evangelio de hoy nos ofrece varios temas profundos. Vemos a nuestro Señor establecerse en la ciudad de Cafarnaúm y fundar allí la base de su ministerio público. San Mateo interpreta este traslado como el cumplimiento de la profecía de Isaías: “Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló”.
Por su sola presencia, Jesús trae luz al pueblo. A través de su predicación, trae la luz de la conversión. Esta luz nos permite examinar nuestra vida con honestidad, reconocer nuestra insuficiencia y nuestro pecado, y descubrir nuevamente el camino que nos conduce de regreso a Él.
Vemos el efecto inmediato de esta luz en la siguiente escena. Jesús encuentra a dos hermanos junto al mar de Galilea -Pedro y Andrés- y los llama. Ellos lo siguen sin dudar. Cafarnaúm, tan central en el ministerio de Cristo, fue también la tierra de estos primeros apóstoles llamados. Allí encontraron a Cristo y recibieron su vocación. Vieron su luz y vivieron su propia “conversión”, por así decirlo, al elegir seguirlo. Toda verdadera conversión debe llevar siempre a seguir a Cristo. La prontitud con que dejaron sus redes y a su padre nos enseña que ni los bienes materiales ni las relaciones humanas deben convertirse en obstáculos para la conversión, o para seguir a Cristo. Para seguir el plan de Dios necesitamos luz para ver el camino y fuerza para querer unirse a la voluntad divina, como hicieron Pedro y Andrés.
Pedro y Andrés tuvieron su Cafarnaúm; Pablo tuvo la luz que lo encontró en el camino de Damasco. Su conversión maduró en su encuentro con Cristo y cambió radicalmente su vida. Lo que le ocurrió en el camino de Damasco fue gracias a la luz divina. Cada uno de nosotros tiene también su propio “Cafarnaúm”: ese lugar donde la luz de Dios irrumpe inesperadamente en nuestras actividades ordinarias.
Hoy concluye también la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, y, providencialmente, este domingo 25 de enero es la fiesta de la Conversión de San Pablo. La pregunta que Pablo dirigió a los corintios debe interpelarnos también a nosotros: “¿Está dividido Cristo?”. Sigamos orando con fervor por la unidad de los cristianos. “Cada cual anda diciendo: ´Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo`. ¿Está Cristo dividido?”.
Podemos hacer nuestra la oración que la Iglesia propone en la liturgia para la fiesta de san Lorenzo de Brindis: “Señor Dios, […] el espíritu de consejo y fortaleza; […] concédenos llegar a conocer, con ese mismo espíritu, las cosas que debemos realizar y la gracia de llevarlas a la práctica después de conocerlas”.




