No, en este artículo no voy a hablar de lasaña, aunque sea una de las muchas delicias por las que Italia es famosa. En cambio, voy a escribir sobre una basílica que, al igual que Roma (en muchos de sus monumentos), a menudo definida como «lasaña arqueológica», conserva la memoria, en el mismo lugar, a varios metros de profundidad y capas de tierra, de períodos históricos muy concretos.
Hablemos ahora de san Clemente, situada a pocos cientos de metros del Coliseo y no lejos de san Giovanni in Laterano, en la hondonada entre los montes Esquilino y Celio. Esta basílica está dedicada a Clemente I, cuarto Papa, fallecido alrededor del año 100 d. C., pero también está vinculada al culto de san Cirilo, enterrado aquí.
Hace unas noches, al encontrarme por allí, aproveché para entrar en esta maravillosa iglesia que había visitado varias veces, siempre de día, para acompañar a amigos que nunca la habían visto.
Al caer la tarde, su encanto, si cabe, era aún mayor. Acababa de terminar la misa celebrada por los padres dominicos y entré solo unos minutos para disfrutar de su espléndida atmósfera.
Y pensé en san Clemente como en una auténtica lasaña romana. Cada uno de sus escalones, cada metro de su construcción, corresponde a siglos de historia: cuatro niveles superpuestos, desde el siglo I d. C. hasta el XII, en unos veinte metros desde el nivel actual de la calle.
La parte más antigua
La capa más profunda y antigua se remonta a la época imperial (incendio de Nerón, 64 d. C.). Sus estructuras no fueron descubiertas hasta el siglo XIX, con las excavaciones iniciadas por P. Joseph Mullooly, que sacaron a la luz los restos de dos edificios separados por un estrecho callejón (60 cm): por un lado, una estructura de bloques de toba y travertino que parece corresponder a un horreum (almacén público) posiblemente relacionado con la ceca imperial situada en esta zona; por otro lado, una insula (de ahí la expresión italiana «isolato»): un edificio de apartamentos con varios pisos alrededor de un pórtico interior (como la cuadra en español).
En el patio de la insula, entre finales del siglo II y principios del III, los seguidores de la religión mitraica construyeron un pequeño templo, precisamente un mitreo. En un artículo sobre la historicidad de la Navidad ya habíamos visto cómo el mitraísmo era un culto misterioso de origen oriental que se extendió posteriormente a Roma. Su figura central era el dios Mitra (también relacionado con el Sol Invictus), nacido milagrosamente el 25 de diciembre de una roca con un puñal en la mano con el que, por orden del Sol, mata a un toro (tauroctonia) para generar el universo.
La escena de la tauroctonia aún es visible en el altar del mitreo de san Clemente, donde también se encontró una estatua del Buen Pastor, señal de una proximidad física, y tal vez de un sincretismo inicial, entre el culto pagano y el cristiano. Sin embargo, ya en el siglo IV se comenzó a construir la primera basílica cristiana sobre la insula. En aquella época, el culto mitraico, aún lícito, se celebraba en la planta baja. Pero luego fue declarado ilegal, por lo que el mitreo fue enterrado y olvidado hasta el siglo XIX.
La basílica paleocristiana
Pasemos a la segunda capa desde abajo. En el siglo III, el horreum cayó en desuso y quedó sepultado bajo una capa de tierra. Sobre él se construyó una residencia privada que, probablemente, se convirtió en una domus ecclesia, es decir, la vivienda de un hombre acaudalado en la que se reunían las primeras comunidades cristianas. Así nació el titulus Clementis.
Los tituli como este, en la Roma tardía, eran la forma más antigua de parroquia: iglesias urbanas oficialmente reconocidas y confiadas a un presbítero. A menudo tenían su origen en domus ecclesiae que luego se transformaron en lugares de culto formales. Eran la base de la Iglesia de Roma y, además de celebrar liturgias, se impartía catequesis y se prestaba asistencia a los pobres. Tomaban el nombre del fundador o del propietario original de la domus y sus «párrocos» (presbíteros designados) formaban el presbiterio que colaboraba con el obispo de Roma: los cardenales, a quienes aún hoy se les atribuye el titulus de una iglesia romana en la que están «incardinados». En la Antigüedad tardía había veinticinco tituli, pero hoy en día hay más de 140.
Ya san Jerónimo, hacia el año 390, da testimonio de la existencia del titulus Clementis y de la iglesia que custodiaba su memoria. Pero fue hacia el año 400 cuando el edificio se transformó en una auténtica basílica de tres naves, con columnas y un ábside que se proyectaba sobre la entrada del templo mitraico, ya caído en el olvido.
En los siglos siguientes, la iglesia se enriqueció con obras de gran valor. En particular, su sacerdote titular Mercurio, que más tarde se convirtió en el Papa Juan II (533-535 d. C.), mandó construir la schola cantorum y un suelo de mosaico. Entre los siglos VIII y IX, se añadieron otras columnas de mármol y varios frescos.
Uno de ellos merece una mención especial por su importancia en la historia de la lengua italiana. Se encuentra en la nave central de la basílica inferior y representa la leyenda del prefecto Sisinnio. Furioso por la conversión de su esposa Teodora, ordenó a sus sirvientes que se llevaran a san Clemente, pero estos, cegados por Dios, terminaron arrastrando unas columnas. Sisinio, entonces, aún más enfurecido, les gritó: «¡Hijos de puta, tirad, Gosmari, Albertel, tirad! ¡Que os claven un palo por detrás, Carvoncelle!«. Por desgracia, estas son algunas de las primeras palabras escritas en italiano vulgar (en este caso, realmente vulgar). Se remontan a entre 1084 y principios de 1100, y tienen una marcada inflexión romana (¡inconfundible!). Dato digno de mención: los nombres propios (o apodos) de los sirvientes son de origen germánico.
La basílica medieval
La tercera capa es medieval, construida tras el incendio provocado por las tropas normandas de Roberto Guiscardo en 1084. Hacia 1100, el cardenal Anastasio ordenó que la basílica paleocristiana fuera enterrada con piedras hasta la altura de las columnas. Sobre ella se construyó la basílica actual, ligeramente más pequeña.
Al entrar, llama inmediatamente la atención el maravilloso mosaico del ábside (de alrededor del año 1100): en el centro, Cristo crucificado entre la Virgen y san Juan, con la cruz que se transforma en un árbol de la vida del que brotan hermosas figuras vegetales y animales. La inscripción dice: «La Iglesia de Cristo es como esta vid, que la Ley seca y la Cruz reverdece«.
El suelo es cosmatesco (de la familia Cosmati, marmolistas romanos activos entre los siglos XII y XIII, cuyo estilo inconfundible se caracterizaba por incrustaciones geométricas policromadas de mármol, realizadas con teselas y fragmentos de mármoles antiguos) y sus mármoles proceden de todo el Mediterráneo. La schola cantorum reutiliza fragmentos de la basílica inferior, incluido el monograma del Papa Juan II. También es muy hermosa la capilla de santa Catalina, frescada entre 1428 y 1431 por Masolino da Panicale, con escenas de la vida de la santa.
Al Papa Clemente XI le debemos el aspecto actual de la fachada, el techo artesonado y las decoraciones en estuco, obra del arquitecto Carlo Stefano Fontana entre 1713 y 1719.
La basílica sigue siendo gestionada hoy en día (lo es desde 1645, después de que Inglaterra expulsara al clero irlandés y declarara ilegal la Iglesia católica) por los dominicos irlandeses de san Sisto. Uno de ellos, el padre Joseph Mullooly, dirigió en el siglo XIX las excavaciones que sacaron a la luz la basílica paleocristiana y los edificios romanos subyacentes.
El vínculo con Cirilo y Metodio y Europa oriental
En el año 868, los santos Cirilo y Metodio llegaron a Roma llevando consigo las reliquias de san Clemente, encontradas en Crimea. Las presentaron al Papa Adriano II, quien no solo aprobó su misión y el uso de la lengua paleoeslava en la liturgia, sino que consagró a Metodio obispo. Como hemos visto, Cirilo, gravemente enfermo, permaneció en Roma y allí murió en 869. Fue enterrado precisamente en la basílica de San Clemente.
Aquí, en la basílica inferior, hay un fresco del siglo XI que representa el traslado de las reliquias de san Clemente, con Cirilo y Metodio, y el Papa Adriano en el centro, guiando la solemne procesión que acompaña el cuerpo del santo.
La tumba original de Cirilo probablemente se encontraba cerca del fresco de la Anastasis, a la derecha del altar, tal y como se describe en la Vida de Cirilo. Sin embargo, en el siglo XII, al abandonarse la basílica inferior, sus reliquias fueron trasladadas a la superior. Hoy en día se encuentran en la capilla correspondiente, de 1880, y son destino de peregrinaciones de cristianos orientales de toda Europa.
Al principio hemos definido en broma a san Clemente como una lasaña histórica, pero esta metáfora le viene como anillo al dedo: ¿en cuántos lugares del mundo se superponen tantos testimonios históricos paganos antiguos, paleocristianos, medievales y modernos, de diferentes procedencias y ritos, historias de resiliencia frente a la adversidad y de fe que trasciende las épocas?




