Educación

Despertares

Ricardo Calleja reflexiona sobre el evento “El Despertar”, de It’s Time to Think, destacando un renacimiento cultural y comunitario en los jóvenes que trasciende las estructuras religiosas o políticas tradicionales.

Ricardo Calleja Rovira·5 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos

El evento organizado hace unas semanas por los chicos de It’s Time to Think “El Despertar” –en el contexto del debate sobre la “vuelta de Dios” o el “giro católico” –me ha hecho acordarme de la película Despertares, que por algún motivo que no recuerdo me pusieron en el colegio, allá por los primeros años noventa. La película narra la historia real del Dr. Malcolm Sayer (Robin Williams), un neurólogo que aplica un nuevo fármaco, la L-dopa, para despertar a pacientes catatónicos víctimas de una epidemia de encefalitis letárgica décadas atrás. La trama se centra en el “despertar” temporal de Leonard (Robert De Niro) y otros pacientes, explorando la alegría de recuperar la vida y la trágica recaída cuando el tratamiento deja de funcionar.

¿Dostoievski tenía razón?

El despertar que los de It’s Time to Think querían provocar no es el religioso, sino el cultural, el comunitario, el intelectual. Un despertar generacional, que no se encuadra en los marcos ya manidos de las nuevas derechas, o de las nuevas formas de fervor religioso, pero que sin duda rima con ellas en que nadie lo vio venir, y en que no repiten fórmulas del pasado.

Pero, como es lógico, cuando se habla de todo lo que importa “a calzón quitado” acabamos hablando de Dios. Eso decía Dostoievski que pasaba en cualquier conversación de jóvenes rusos en una taberna: “discuten sobre la inmortalidad del alma y la existencia de Dios”

No sé si los thinkglaos de It’s Time to Think (las reuniones de diálogo con ponentes y de creación de vínculos con amigos) o el mismo evento del Despertar tienen algo en común con una taberna rusa del siglo diecinueve. Pero sí estoy persuadido que el alma de los jóvenes es siempre la misma, agitada por miedos, anhelos y esperanzas, aunque muchos quieran narcotizarla con deseos inmediatamente satisfechos. Pero que se hable de Dios no convierte algo en una realidad institucionalmente religiosa, explicable en términos de estructuras y planes preexistentes.

La ley de los comienzos invisibles

Vuelvo al título del artículo y a la película que lo inspira, que arrojan sobre este fenómeno la sospecha de que se trata de algo provisional, un chute de dopamina amenazado de corrupción y muerte prematuras. 

Cuando me dieron la palabra ante esa fiesta de más de 6000 jóvenes, les hablé brevemente de la “ley de los comienzos invisibles” y cómo detrás de todo aquello había una historia de amistad personal y de crecimiento orgánico. Aquel despliegue no era, por eso, flor de un día, sino señal de cierta madurez y extensión de un movimiento que está llamado a seguir extendiéndose silenciosamente, impulsando la iniciativa y el compromiso de mucha gente joven, más allá de la lógica de los partidos, más allá de la también floreciente dinámica de las realidades religiosas. Y sin pretender sustituir ni a la una ni a la otra.

Las emociones fuertes, asociadas al éxito, a la fama, al número, a lo superficialmente comunitario, a lo vociferante, tienen los días contados. Pero pueden ponerse al servicio de un dinamismo más poderoso, sincero y resistente: el de la amistad, el del diálogo abierto, el del cultivo del silencio y la interioridad. Una señal muy positiva en este concreto despertar de Vistalegre fue la ausencia de egos, la independencia frente a intereses de parte, la apertura de la propuesta, ahora encauzada por un hub de nuevas iniciativas. Aquello no era fin en sí mismo, ni palestra para fines personales, ni longa manus de mentes maquiavélicas.

Una idea de Ratzinger

Dado el contexto, no vi la necesidad de citar mi fuente sobre los “orígenes invisibles” y las leyes de crecimiento lento de las grandes cosas. Pero esta revista es el lugar adecuado para revelarla: una conferencia de Joseph Ratzinger sobre la nueva evangelización. No me resisto a recoger algunos pasajes de un suculento párrafo:

“Las grandes cosas empiezan siempre del pequeño grano y los movimientos de masa siempre son efímeros (…). En otras palabras: las realidades grandes empiezan con humildad (…). La ley sobre los orígenes invisibles nos dice una verdad -una verdad presente justamente en el actuar de Dios en la historia: “No te elegí porque eres grande, por el contrario- eres el más pequeño de los pueblos; te he elegido porque te amo…” dice Dios al pueblo de Israel en el Antiguo Testamento y expresa, de esta manera, la paradoja fundamental de la historia de la salvación. Ciertamente, Dios no cuenta con los grandes números; el poder exterior no es el signo de su presencia. Gran parte de las parábolas de Jesús indican esta estructura del actuar divino y responden así a las preocupaciones de los discípulos, los cuales se esperaban más bien, otros éxitos y signos del Mesías – éxitos similares a los ofrecidos por Satanás al Señor: Todo esto – todos los reinos del mundo – te lo doy… (Mt 4, 9). Un viejo proverbio dice “el éxito no es un nombre de Dios”. La nueva evangelización debe someterse al misterio del grano de mostaza y no pretender producir rápidamente el gran árbol. Nosotros, o vivimos demasiado con la seguridad del gran árbol ya existente o con la impaciencia de tener un árbol más grande, más vital – más bien, debemos aceptar el misterio que la Iglesia es, al mismo tiempo, un gran árbol y un grano muy pequeño”.

Más allá de las apariencias, de las modas, y de las limitaciones de todo lo humano –también de lo hecho por gente joven– confío en que haya no uno, sino muchos despertares. Aunque es inevitable que algunos sean efímeros, imperfectos, decepcionantes. Estoy seguro, en todo caso, de que cometerán errores, pero serán errores nuevos. Vamos a ver no un giro, sino muchos giros. Nadie debería obsesionarse por actuar con una idea clara del resultado final, o por predecir la imagen general de lo que viene. 

Así sucedió –según explicaba el mismo Benedicto XVI en el Colegio de los Bernardinos de París– con los monjes medievales: “no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado. Su motivación era mucho más elemental. Su objetivo era: quaerere Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable”.

El autorRicardo Calleja Rovira

Profesor de Ética Empresarial y de negociación en el IESE Business School. Doctor en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid.

Leer más
Newsletter La Brújula Déjanos tu mail y recibe todas las semanas la actualidad curada con una mirada católica