Evangelización

Adrien Candiard: “La búsqueda de sentido de la vida no se responde con una identidad, sino con una fe”

El dominico Adrien Candiard ha visitado España con motivo de la publicación de “En la montaña”, su última obra en castellano.

Maria José Atienza·6 de marzo de 2026·Tiempo de lectura: 5 minutos

Foto: Adrien Candiard

Adrien Candiard es uno de los autores espirituales más interesantes de nuestro tiempo. Parisino de nacimiento, este dominico, Licenciado en Ciencias Políticas, en Historia y en Teología y miembro del Instituto de Estudios Orientales en El Cairo, vive en Egipto desde 2012.

Su conocimiento del mundo, tanto en su ámbito oriental como occidental y su experiencia como religioso se muestran en sus obras con gran naturalidad y una excepcional apertura de mente.  

Autor de libros como “Unas palabras antes del Apocalipsis”, “Esperanza para náufragos”, “La libertad cristiana: De Pablo a Filemón” o “Fanatismo: Cuando la religión enferma”, Candiard habla, en esta entrevista con Omnes de la gracia de Dios como el don clave de nuestra vida cristiana, la libertad o el resurgir de la fe en la secularizada Europa de la mano de «En la montaña», su última obra publicada en castellano. 

Su último libro, “En la montaña” habla de la gracia. Siendo el motor de la vida cristiana, ¿Por qué nos parece alejada de la vida diaria? 

– El problema de la gracia es que, muchas veces, creemos en ella “en modo teórico”. Sabemos que existe, que Dios nos ama gratuitamente, sin condiciones… , etc. Pero, en práctica no lo creemos porque vivimos en un mundo en el que no hay nada gratis y, aunque pensamos que sí, por supuesto, Dios nos ama gratuitamente, en el fondo, nos queda la duda si, como en todos los contratos humanos hay pequeños caracteres que dicen lo contrario de lo que afirman. Podemos vivir la relación con Dios de ese modo, basada sobre el deber, no sobre el amor. Vivimos muchas veces con la idea de que tenemos que hacer esto y aquello para merecer la salvación y el amor de Dios. 

En el Evangelio, Jesucristo nos dice que Dios nos ama y nos pide cosas muy difíciles, muy exigentes. De hecho, el discurso de la montaña nos da una ley muy exigente. Y podemos preguntarnos, ¿cómo hacemos? ¿No se nos pide una perfección imposible.

Por este motivo escribí “En la montaña”, para ver si este discurso de la gracia lo podemos creer, es serio o no. Si podemos aceptarlo sin límite sin vivir una servidumbre, una vida cristiana hecha de deberes.

Cuando se lee el discurso en la montaña en modo no superficial se puede entender que también esta exigencia es un don de la gracia y no es contrario, no es una condición para alcanzar el don de Dios, sino que es un resultado del don de Dios. No tenemos que vivir la vida cristiana para obtener el amor de Dios, pero podemos vivir una vida cristiana porque Dios, antes de todo, nos ha amado. 

Muchos cristianos han puesto, sin embargo, el foco en el “merecer” la vida eterna, quizás con un poco de pelagianismo inconsciente 

– Sí. El Papa Francisco nos recordaba muchas veces que, en tantas ocasiones, somos pelagianos. Es evidente porque, a pesar de lo que pueda parecer, lo difícil en la vida cristiana no es amar a su prójimo -que no es fácil- sino aceptar ser amados. Aceptar que todo lo hemos recibido, que es un don, que no lo merecemos.

Preferimos merecer las cosas porque así son nuestras. Mientras que un regalo es algo que, en cierto modo, no es nuestro al 100 % . La salvación no es sólo tener la vida divina; es recibirla como hijos y hijas de Dios, recibirla como un don de Dios y no apropiársela. Adán y Eva quieren apropiársela. Esto es el pecado.

En la montaña

Autor: Adrien Candiard
Páginas: 104
Editorial: Encuentro
Año: 2025

De hecho, en el libro, usted afirma que el pecado de Afán no fue el querer “ser como Dios” sino “querer ser Dios sin Dios”. 

– Es una tentación que aparece frecuentemente en la Biblia. Lo vemos en toda la Biblia, con Babel, por ejemplo, también: Los humanos quieren subir en el cielo sin Dios. Mientras, Dios quiere darnos su divinidad. Y lo vemos hasta hoy, cuando nos encontramos movimientos transhumanos que quieren abolir la muerte, dar a la humanidad con la tecnología una forma de divinidad siempre sin Dios y conocemos el resultado de todo esto: No puede funcionar. 

El corazón del hombre siempre ambicionará la vida divina porque estamos creados para esto, pero no sin Dios. Para nosotros, la divinidad se obtiene en el hecho de ser hijos y hijas, de la filiación divina. 

De hecho, esto me recuerda un poco a otro de sus libros, “Fanatismo” en el que usted explica cómo el fanático es un religioso sin Dios. 

–Sí. Y es lo peor que se puede hacer. La religión sin Dios es un sistema de opresión de la gente. Hay críticas a las religiones que son perfectamente válidas porque la religión sin Dios no tiene sentido.

También ocurre que siempre es más fácil cumplir un mandato que ser responsable de una acción. ¿Cómo podemos unir la libertad que Dios nos ha dado con el cumplimiento fiel de mandatos o normas?

– Creo que, en este punto, el concepto clave es el de amistad. Jesús dice a sus discípulos “Ya no os llamo siervos: a vosotros os llamo amigos”, en griego, la palabra que se usa es “esclavos”. Dice  “os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Nos dice que quiere vivir con nosotros en una relación de responsabilidad. No tenemos que obedecer, no tenemos que hacer lo que quiere él, porque es más fuerte. Esto sería la relación entre patrón y esclavo. Cristo no lo quiere. Con nosotros quiere vivir una relación de amistad, un poco rara quizás, porque es una relación en la que no sabemos todo.

En materia de moral tenemos los elementos para saber qué está bien y qué mal. El bien nos hace el bien, el mal, es lo que nos hace mal. No son mandamientos arbitrarios. Caminar con Cristo significa caminar con los ojos abiertos, sabiendo lo que hacemos y escogiendo hacer esto porque está bien. Dios nos quiere como amigos adultos que caminan con Él en modo libre, no por miedo.

Usted destaca también como ésa puerta estrecha es así porque tiene nuestras medidas. ¿Cuánto de nosotros y cuánto de gracia se equilibran en la vida cristiana? 

– Es complicado, a veces, vivir nuestra responsabilidad sin moralismo, sin caer en una moral “del mérito”, porque no se trata de merecer nada, no “merecemos” la vida eterna. Cada día, en la misa, decimos que no somos dignos “No soy digno de que entres en mi casa…”. En general, cuando decimos esto percibo una especie de tristeza, como de desesperanza en plan “qué poco soy”. Pero vamos a recibir a Cristo poco después. Él viene, y esto es genial. Es maravilloso y lo debemos recibir con alegría, con gozo, porque Él viene, aunque no lo merecemos. 

La cuestión es que no tenemos que merecer ese don, porque el don está aquí. La pregunta es, entonces, ¿Cómo queremos vivir? ¿Qué queremos hacer? ¿Qué está bien para nosotros? Nosotros, hijos e hijas de Dios. ¿Qué queremos hacer? Es la pregunta del Evangelio que Jesús hace a todos.

Aunque vive en El Cairo, usted es francés. Francia, como otros lugares de la secularizada Europa, está viviendo un momento de llegada de jóvenes a la Iglesia ¿Qué busca quienes se acercan?¿Qué encuentra o qué debería encontrar? 

– Está claro que hay un movimiento nuevo y tenemos, aún, que ver qué es. No hemos de exagerar los números, por ejemplo. Pero es algo y es algo no planeado. Esto es interesante porque no se explica. En Francia no se puede explicar esta llegada de gente a las iglesias. Este movimiento comenzó en medio de la crisis de los abusos. Mientras la imagen de la iglesia en el mundo mediático era terrible, la gente venía a pedir el Bautismo. En estas personas que vienen hay de todo. Hay también cierta prevención al avance del Islam y quizás, ha habido quienes se han preguntado al ver esto cuál es mi religión.

Para nosotros, para los cristianos, creo que es importante abrir las puertas y ser capaces de pensar la Iglesia como misionera de verdad, misionera en casa y aceptar que no somos dueños de Dios. No somos “dueños” de la Iglesia aunque llevemos 30 años siendo los encargados de las flores o los cantos. Nos pide una conversión. También nos pide ser capaces de hablar de Dios: no querer transmitir sólo un “modo de ser” católico. Hablamos de Dios. 

La búsqueda de sentido de la vida no se puede responder con una identidad, se puede responder con una fe. Está claro que la fe contiene una identidad sola, pero la identidad sola es un cadáver. Tenemos que ser capaces de proponer algo más que un discurso: un encuentro con el Dios viviente. El desafío de la Iglesia hoy es hablar de Dios y solo de Dios.

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