Baltasar Gracián (1601-1658) redactó y publicó en tres entregas una de las obras más ingeniosas en lengua castellana de todos los tiempos que siempre ha estado a la altura de las grandes críticas a la mentalidad cristiana de su época, satirizando de un modo original y de una gran elegancia.
Prudencia y juicio del ser humano
El argumento de fondo de esta extensa e intensa alegoría de toda una sociedad es la virtud de la prudencia y la importancia de ver más allá de las primeras impresiones para conocer muy bien el tipo de persona y el grado de inmadurez y de coherencia que poseía para poder juzgar con ecuanimidad.
Ciertamente los libros sapienciales del Antiguo Testamento y la mirada crítica de los jesuitas de todos los tiempos están perfectamente reflejados y agudamente exagerados para divertimento del pueblo.
Crítica social y religiosa
La edición de Cátedra, como siempre muy cuidada, técnicamente impecable y dotada de las anotaciones del profesor Santos Alonso llena de erudición y enjundiosas notas que no solo acercan el texto al público universitario, sino que realzan la inmensa cultura del jesuita Gracián.
Después de leer el “criticón” se entiende la azarosa vida de Baltasar Gracián y las acusaciones recibidas de ejercer una crítica despiadada frente a las habituales del momento. En realidad, lo que hace es descubrir las bajezas del corazón humano cuando juzga sin misericordia y fríamente a las personas o a las decisiones de las autoridades civiles y eclesiásticas
En realidad, la soberbia, la vanidad, el afán de sobresalir y las grandes manifestaciones de la vanagloria son las más cruelmente tratadas. En cierto modo, los fariseos no fueron menos criticados por Jesús. Pero, ciertamente, el Señor les estaba pidiendo que tuvieran fe en Él y todo lo entenderían. Gracián sencillamente descubre las intenciones ocultas del corazón humano.
Estilo y perspectiva narrativa
Ciertamente, para la mentalidad actual la obra es desigual y le falta muchas veces pulso narrativo, pero Baltasar Gracián está adoctrinando al pueblo y especialmente a las clases dirigentes del país en todos los órdenes. Manifiesta una profunda desconfianza de la naturaleza humana caída y reparada. A veces adopta un tono de escepticismo.
Precisamente en las primeras páginas uno de los narradores, buen conocedor de la situación del mundo y de las creencias cristianas exclama: “llegar a ver con novedad y con advertencia la grandeza, la hermosura, el concierto, la firmeza y la variedad de esta gran máquina creada” (77).
Ciertamente falta a lo largo del trabajo en muchos momentos un punto de ilusión, de optimismo, de sentido positivo. Son tantas las ridículas falsedades que produce decepción. A la vez, hay una sorna crítica llena de socorrería que ciertamente arranca la risa en otros momentos.
Referencias religiosas y verdad
También hay que reconocer que Gracián, a lo largo del tratado, volverá al Nuevo Testamento una y otra vez, para encontrar las promesas eternas del creador. Por ejemplo, la parábola de la semilla caída junto al camino, o en tierra pedregosa, o en las zarzas y en la tierra buena, tienen una lección eterna de respuesta a la gracia de Dios, y una invitación diaria al amor por parte de Dios. Además, Gracián nos dirá que eso sucede cada día. La esperanza se apoya en que Dios perdona, olvida y confía en el hombre: “el mismo fin es el principio, la destrucción de una criatura es generación de la otra. Cuando parece que se acaba todo, entonces comienza de nuevo: la naturaleza se renueva, el mundo se remoza, la tierra se establece y el divino gobierno es admirado y adorado” (92).
Resulta de un gran interés la desaparición y arrinconamiento, en la práctica, del concepto de verdad: “Es muy connatural en el hombre la inclinación a su Dios, como a su principio y su fin, ya amándole, ya conociéndole (…) Así, con razón definió un filósofo este universo (Job) espejo grande de Dios” (95). Y, más adelante, la “Verdad ha sido preterida y desamparada y echada tan lejos que aun hoy no parece ni se sabe dónde haya parado” (140).
Como ya hemos resaltado al comienzo las referencias a la virtud de la prudencia son constantes y de un gran interés: “los verdaderos sabios son prudentes y virtuosos” (415). Esto es clave tanto en el ámbito textual como en el contextual (181). Asimismo, hay llamadas constantes para ver las cosas desde diversos ángulos para realizar ese juicio prudencia que enriquece a la persona, la hace tener criterio (182) y evitar el desengaño (185).
Particularmente importante es la referencia y el elogio de la libertad a lo largo de la obra, tanto como autodeterminación, como libre albedrío: “la libertad: gran cosa aquello de no depender de voluntad ajena, y más de un necio, de un modorro, que no hay tormento como la imposición de hombres sobre las cabezas” (274).
Valores fundamentales
También se hace mucho hincapié en la importancia de la amistad: “El que no tiene amigos, no tiene pies ni manos, manco vive, a ciegas camina. Y ¡ay! del solo, que si cayere no tendrá quien le ayude a levantar” (337).
No queremos dejar de resaltar una crítica velada de Baltasar Gracián a la Escuela de Salamanca y, en concreto, a los famosos préstamos en precario que Francisco de Vitoria había aprobado en la mercaduría con el fin de recuperar por completo el capital evitando caer en la usura, a lo que denominará con su crítica sutil Gracián con el término “usura paliada” (425).
Asimismo, encajará con deportividad las críticas veladas de Traiano Boccalini sobre los afanes expansionistas de España en Italia con su presencia efectiva en Milán y Nápoles y, mediante acuerdos, en Génova y Venecia (63, 696). Dentro de lo que denominará “el delgado hilo de la vida” (764).




