El Papa León XIV se reunió este jueves con representantes de entidades caritativas y de asistencia social de la Archidiócesis de Barcelona en la iglesia de San Agustín, conocida como la “catedral de los pobres”. Visitó así el barrio del Raval, marcado por la pobreza, la inmigración y la exclusión social. Se trata de una de las zonas más multiculturales de la ciudad, con una fuerte presencia de comunidades migrantes, especialmente de Latinoamérica, Filipinas y Pakistán.
El Pontífice fue recibido por el arzobispo de Barcelona, Juan José Omella, y por el párroco de San Agustín, el padre Faustin John Mlelva. Organizaciones dedicadas a la atención de personas con adicciones, entidades que trabajan con víctimas de trata de mujeres y voluntarios comprometidos con la atención a los más vulnerables dieron sus testimonios ante el Papa, que respondió emocionado especialmente ante las preguntas del pequeño Renzo, un niño de 6 años.
Tres testimonios sobre las periferias humanas
La primera intervención correspondió a un representante de Cáritas Diocesana de Barcelona, quien recordó que la entidad acompañó durante 2025 a más de 63.000 personas en situación de vulnerabilidad. Denunció la persistencia de problemas como la precariedad laboral, las dificultades de acceso a la vivienda y la soledad de las personas mayores, al tiempo que reivindicó la misión de «acoger, defender y amar». También expresó la impotencia que sienten muchos trabajadores y voluntarios al no poder llegar a todas las personas que necesitan ayuda.
A continuación tomó la palabra un representante de OBINSO, organización dedicada al acompañamiento de personas con adicciones. Describió una realidad marcada por la soledad, el sufrimiento psicológico y la pérdida de sentido vital. Explicó que muchas de las personas que atienden proceden de contextos de exclusión, calle o prisión, y defendió la importancia de una presencia constante basada en la escucha y el acompañamiento: «no se trata tanto de resolver vidas como de no apartarse de ellas». Su intervención concluyó con una pregunta dirigida al Papa: «¿cómo sostener la esperanza cuando el dolor parece más grande que nuestras fuerzas?»
El tercer testimonio fue el de una religiosa de las Adoratrices, congregación comprometida con la atención a mujeres víctimas de trata. La religiosa relató el sufrimiento de mujeres migrantes que abandonaron sus países huyendo de la violencia o la pobreza y terminaron siendo explotadas por redes criminales. Reivindicó la necesidad de seguir luchando por la dignidad de estas mujeres e hizo un reconocimiento «a cada mujer fuerte y valiente, superviviente de muchos naufragios que nadan contra viento y marea para superar obstáculos. Mujeres capaces de celebrar la vida mostrándonos que el mal no tiene la última palabra».
El encuentro incluyó además la proyección de un vídeo protagonizado por Renzo, un niño de seis años de un barrio humilde de Barcelona, que quiso hacerle algunas preguntas al Pontífice, entre otras: «¿Le gusta el futbol? ¿De pequeño querías ser Papa? ¿Por qué hay personas que les pasan cosas malas y a otros no? ¿Por qué hay muchos abuelos solos? ¿Hay que perdonar siempre?». Mientras el pequeño Renzo formulaba estas preguntas se veía un Papa León lleno de ternura asintiendo y sonriendo a cada palabra que pronunciaba el tímido niño de 6 años, al que luego abrazó emotivamente.
El Papa cuenta una anécdota para agradecer la acogida
Antes de responder a los testimonios y a las preguntas planteadas, el Papa quiso expresar su agradecimiento por la acogida recibida: «Aquí, de verdad, me siento en casa. Gracias por todo lo que ustedes representan. Quizá piensen que la razón es evidente, porque se trata de San Agustín, pero déjenme contarles algo».
Entre risas, añadió: «La primera vez que vine a esta iglesia no tenía a este arzobispo sentado a mi lado». Y recordó una anécdota de 1984: «Viajaba por carretera desde Roma hacia León y, al llegar, dije: “Miren, en Barcelona hay una iglesia de San Agustín; vamos a visitarla».
Sin embargo, aquella primera visita no salió como esperaba. «Estaba cerrada», recordó. «Hoy está abierta, y qué hermoso es encontrar una iglesia con una comunidad de agustinos y con tantas personas que viven la fe, alaban a Dios y encuentran aquí comunidad, acogida e integración, gracias también a esta labor de pastoral social».
¿Te gusta el fútbol?
El Papa respondió primero a algunas de las cuestiones planteadas por el niño. Confesó que le gusta el tenis, aunque también sigue el fútbol, y utilizó este deporte como metáfora de la vida «El fútbol nos recuerda algo que no debemos olvidar: la vida no es una carrera para lucirse en solitario, sino un camino que aprendemos a recorrer juntos. Quien no sabe pasar el balón, aunque tenga talento, todavía no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás y para los demás, todavía no ha entendido la vida».
¿De pequeño querías ser Papa?
Sobre su propia vocación, explicó que nunca soñó con ser Papa, «ni de pequeño ni de viejo» afirma entre risas, pero sí sintió desde pequeño el deseo de entregar su vida a Dios. Aprovechó para recordar que cada persona tiene una llamada única y que lo más importante es cultivar la amistad con Jesús.
¿Por qué hay personas que les pasan cosas malas y a otros no?
Al abordar el problema del sufrimiento y las injusticias, reconoció que no existen respuestas sencillas, pero insistió en que Dios nunca abandona a sus hijos. Recordó la pasión y resurrección de Cristo como signo de que el mal y la muerte no tienen la última palabra: «a través de la vida de Jesucristo, Dios nos muestra que, aunque haya sufrimiento, Él nunca abandona a ninguno de sus hijos, porque nos tiene preparada una alegría eterna donde ya no habrá tristezas ni dolor. Tengamos confianza, Jesús está con nosotros, nos ayuda y acompaña, y nos da fuerzas para atravesar los momentos difíciles que podamos encontrar en la vida».
¿Por qué hay tantos abuelos solos, si son tan importantes?
El Pontífice dedicó también unas palabras a la situación de las personas mayores. Subrayó que los abuelos desempeñan un papel fundamental en las familias y pidió combatir la soledad que afecta a muchos de ellos. «No permitamos que la soledad y el abandono se normalicen en la vida de los adultos mayores. Eso es algo muy triste. Tengamos nuestro corazón abierto a todos ellos», reclamó.
¿Hay que perdonar siempre?
Respecto al perdón, respondió que los cristianos están llamados a perdonar siempre, aunque aclaró que perdonar no significa justificar el mal ni permitir que continúe la injusticia. Para León XIV, el perdón es el camino que libera al corazón del odio y permite sanar las heridas: «no significa olvidar por la fuerza, como si nada hubiera pasado. Perdonar significa no dejar que el odio se convierta en dueño de nuestro corazón». Y añadió: «nuestra disposición para perdonar es condición para el perdón que recibimos de Dios.»
Un llamamiento a la acción social de la Iglesia
En la segunda parte de su intervención, el Papa vinculó los testimonios escuchados con la misión social de la Iglesia. Recordó que el cristiano, además de ser bondadoso y amable, «ha de ser compasivo, amar sin interés y buscar el bien de los demás, sabiendo que en cada hermano y hermana que sufre es el mismo Señor quien pide y recibe, quien es acogido o rechazado, amado o despreciado».
Recordó que toda persona posee una dignidad inalienable por haber sido creada a imagen de Dios y denunció una cultura que, en demasiadas ocasiones, olvida ese principio fundamental. La dignidad inalienable de todo ser humano, afirma el Papa, «no depende de las capacidades que posee, de las riquezas que acumula o del rol que desempeña, sino del don que lo precede y lo excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla» (cf. Magnifica humanitas, 50).
Ante representantes de entidades sociales, voluntarios y agentes pastorales, defendió que la caridad no debe limitarse a la ayuda material, sino que debe incluir cercanía, acompañamiento y promoción integral de la persona: «necesitan a Dios, su amistad, su bendición, su Palabra, sus Sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y de maduración en la fe (cf. Evangelii gaudium, 200)».
Animó a las organizaciones presentes a seguir trabajando junto a quienes sufren pobreza, marginación, adicciones o explotación.»Sed testigos creíbles de la esperanza cristiana», exhortó, al tiempo que pidió a las comunidades cristianas acercarse con «discreción, delicadeza y perseverancia» a las heridas de los más vulnerables.
La visita concluyó con una bendición y el saludo personal del Pontífice a varios miembros de las entidades asistentes, en una iglesia que simboliza el compromiso social de la Iglesia en uno de los barrios con mayores desafíos humanos de Barcelona.





