En los últimos años, Gareth Gore y algunos otros periodistas han impulsado un relato extremadamente crítico sobre Opus Dei, en el que se sostiene que la institución habría ejercido un intenso “abuso espiritual” sobre sus miembros.
Según esta tesis, tanto los menores como los adultos cercanos a la institución habrían sido privados de una verdadera libertad, al haber sido formados —o incluso “captados”— en un entorno que condicionaba profundamente sus decisiones. Además, la institución actuaba de mala fe y instrumentalizaba a las personas sin buscar ningún bien real para ellas.
Dejando de lado que el planteamiento de Gore se basa en escuchar exclusivamente a los exmiembros del Opus Dei descontentos, la acusación es grave y merece ser tomada en serio. Pero también plantea una pregunta inevitable: si aceptamos sin matices este marco interpretativo, ¿hasta dónde llega? ¿Dónde se detiene?
Porque si el núcleo del argumento es que una persona no es plenamente libre cuando ha sido formada intensamente en una cosmovisión religiosa desde joven, entonces la cuestión deja de afectar únicamente al Opus Dei. Se extiende, casi de forma natural, al conjunto de la Iglesia católica.
¿Acaso no han sido educados millones de niños en la fe católica desde edades tempranas? ¿No se les ha enseñado a rezar, a creer, a interpretar la realidad desde una determinada visión del mundo? ¿Podría sostenerse entonces que esa formación constituye, en sí misma, una forma de “abuso espiritual” por condicionar enormemente la futura libertad de elección?
Si se sigue esta lógica, ¿qué ocurre con la catequesis parroquial, con los colegios religiosos, con la transmisión de la fe en el ámbito familiar? ¿Se convierte toda socialización religiosa en una forma de coacción? ¿Existe alguna educación —religiosa o no— que no modele profundamente la conciencia?
El argumento se vuelve aún más complejo cuando se consideran instituciones como los seminarios menores, donde los adolescentes disciernen una posible vocación sacerdotal. ¿Son estos espacios lugares de acompañamiento libre o estructuras que condicionan decisivamente la voluntad? ¿Y los seminarios mayores, a los que acceden adultos? ¿Puede afirmarse que quien decide ordenarse sacerdote lo hace sin ningún tipo de presión espiritual o institucional?
Más aún: ¿qué decir de las órdenes religiosas, donde hombres y mujeres profesan votos de pobreza, castidad y obediencia? ¿Debe interpretarse esa obediencia como una forma de sometimiento incompatible con la libertad personal? ¿O como una elección consciente dentro de un marco de sentido compartido?
La cuestión de la dirección espiritual —uno de los puntos señalados por estas críticas— también merece un análisis más amplio. Si orientar la conciencia de una persona en clave religiosa es potencialmente problemático, ¿dónde se sitúa la línea entre acompañamiento y manipulación? ¿Se aplica el mismo criterio a otras formas de influencia intensa, como la de la educación sexual libertina e irresponsable que se enseña en muchos colegios?
Por supuesto, existen casos documentados de abusos, malas prácticas y experiencias negativas dentro de instituciones eclesiales. Pero, ¿es legítimo extrapolar esos casos particulares hasta convertirlos en un juicio estructural total? ¿Puede una institución ser definida únicamente por sus fallos, sin atender a la diversidad de experiencias —incluidas las positivas— de quienes han pasado por ella? ¿En qué medida cabe la censura si ya se han corregido muchas malas prácticas?
Y, sobre todo, ¿qué ocurre cuando un marco interpretativo no admite matices? Si toda influencia es sospechosa, si toda formación intensa es potencialmente abusiva, si toda entrega exigente es vista como resultado de una coacción, entonces la conclusión parece inevitable: no solo el Opus Dei quedaría cuestionado, sino buena parte de la vida religiosa tal como ha existido durante siglos.
¿De verdad es aceptable esa conclusión? ¿O conviene, más bien, afinar el análisis y distinguir entre influencia legítima y abuso real, entre formación y manipulación, entre libertad condicionada —como toda libertad humana— y libertad anulada?
Porque, en última instancia, la pregunta no es solo sobre una institución concreta. Es sobre cómo entendemos la libertad, la educación y la capacidad humana de comprometerse profundamente con una forma de vida.
Y si llevamos el argumento hasta sus últimas consecuencias, la inquietud se acrecienta: ¿quedará algo en pie?
Redactor de Omnes. Anteriormente ha sido colaborador en diversos medios y profesor de Filosofía de Bachillerato durante 18 años.



