Para el lector contemporáneo, abrir el Antiguo Testamento puede resultar, en ocasiones, una experiencia desconcertante. Entre salmos de alabanza e historias sorprendentes, emergen relatos en los que la divinidad parece actuar con una violencia que choca frontalmente con el “Dios es amor” del Nuevo Testamento. ¿Cómo conciliar al Dios que ordena el exterminio en Jericó con el Cristo que perdona a sus verdugos desde la cruz?
La respuesta no está en ocultar estos pasajes, sino en aprender a leerlos a la luz de la gran Tradición de la Iglesia. Como señalaba Benedicto XVI en su exhortación Verbum Domini, estas “páginas oscuras” de la Biblia contienen un misterio de salvación que requiere dos claves de lectura fundamentales: la progresividad en la revelación y la interpretación del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo, es decir, de Jesucristo.
1. Escenas sin contexto
Las escenas bíblicas más violentas son proclamadas en la liturgia con regularidad, pues la Iglesia no oculta los textos difíciles ni los elimina. Sin embargo, conviene advertir que a menudo se leen fragmentos aislados, sin el contexto narrativo amplio que permite comprender las razones de los castigos más severos.
En muchas culturas antiguas eran comunes prácticas hoy consideradas aberrantes: sacrificios humanos, infanticidio o conductas sexuales profundamente degradadas. Este contexto ayuda a entender por qué, en determinadas ocasiones, Dios ordena a los israelitas destruir por completo a sus enemigos (incluidos mujeres, ancianos y niños), como en el caso de los amalecitas, la toma de Jericó y de alguna ciudad cananea.
Una lectura íntegra de los textos permite apreciar que Dios actúa con paciencia y misericordia antes de recurrir al castigo, que aparece como último recurso cuando no quedan otras vías. Con todo, persiste la dificultad de justificar la muerte de los inocentes, cuestión que se abordará más adelante.
2. La pedagogía de Dios es progresiva
Dios no se revela de manera plena e inmediata, sino mediante una pedagogía que se adapta a cada época. Se acomoda al lenguaje, la cultura y la mentalidad de los hombres para elevarlos progresivamente.
San Agustín explicaba que los castigos del Antiguo Testamento constituían una medicina necesaria para un pueblo cuya dureza de corazón no habría comprendido otro lenguaje. Dios entra en la historia asumiendo las categorías de su tiempo para, una vez establecida la relación con el pueblo, purificar su comprensión de la justicia.
Las sociedades antiguas vivían con una conciencia más aguda de su vulnerabilidad. En ese contexto, resulta comprensible que esperaran de la divinidad protección frente a sus enemigos. Así se entienden episodios como las plagas de Egipto o la destrucción del ejército del faraón en el mar.
3. Justicia medicinal
A lo largo de la Escritura aparecen momentos en los que la justicia divina se manifiesta de forma extrema, pero con un trasfondo que la tradición cristiana ha interpretado en clave de misericordia. San Ambrosio y otros Padres de la Iglesia sostenían que estos actos no responden a una lógica de venganza, sino a una finalidad correctiva.
Al poner fin a situaciones de maldad estructural, Dios impide que el ser humano continúe acumulando culpas que comprometerían su destino último. En este sentido, el diluvio o la destrucción de Sodoma y Gomorra se presentan como intervenciones orientadas a frenar el avance del mal y preservar la posibilidad de conversión para las generaciones futuras.
En otras ocasiones, la manifestación del poder divino busca reafirmar la autoridad de quienes han sido elegidos como mediadores. Así ocurre con Moisés, en episodios como el castigo tras la adoración del becerro de oro, cuando manda beber el oro derretido del becerro ejecutar a 3.000 israelitas.
«Póngase cada uno la espada al muslo; recorran el campamento de puerta en puerta, matando cada uno a su hermano, a su amigo y a su pariente». Así recoge el Éxodo unas palabras de especial dureza. Sin embargo, la lectura de los capítulos precedentes permite constatar que el castigo divino llega tras reiterados avisos al pueblo para que rectifique. La alternativa habría sido anular o limitar la libertad humana para forzar la fe, una posibilidad que se abordará más adelante.
Ante la incredulidad del pueblo respecto a la liberación realizada por Dios a través de Moisés, se suceden diversos castigos con un carácter pedagógico, orientados a mostrar el origen de la verdadera salvación. Así ocurre en la rebelión de Coré, cuando la tierra se abre y engulle a los sublevados; o en episodios como el de Taberá, donde el fuego castiga las quejas del pueblo en el desierto, y las plagas de serpientes venenosas que provocan numerosas muertes.
4. Tratar lo sagrado con respeto
Algunos pasajes pueden parecer desproporcionados desde una sensibilidad contemporánea, pero subrayan una idea central: la santidad de Dios exige un trato reverente. Según san Agustín, estos signos externos servían para inculcar en un pueblo aún inmaduro la conciencia de la majestad divina.
De este modo, se comprende que Dios ordene la lapidación de Acán y su familia como castigo por el robo de objetos sagrados. De manera similar, Nadab y Abiú mueren por ofrecer “fuego extraño” en el altar, violando así la sacralidad del culto.
La exigencia de respeto hacia lo sagrado queda subrayada también en la escena más “violenta” de Jesucristo en el Evangelio: la expulsión de los mercaderes del templo. Aunque el texto no indica que Cristo golpeara a nadie directamente, sí relata que fabricó un látigo de cuerdas —probablemente para amedrentar o espantar animales— y volcó las mesas de los cambistas.
Esta exigencia de gloria debida solo al Creador no es exclusiva de las eras arcaicas del Antiguo Testamento; se manifiesta con igual fuerza en los albores de la Iglesia. Así lo atestigua el Nuevo Testamento en el libro de los Hechos, al narrar el fin de Herodes Agripa (quien gobernó del 41 al 44 d.C.). Al permitir ser vitoreado por la multitud como si su voz fuera la de un dios y no la de un hombre, el relato nos muestra que fue herido por un ángel y devorado por gusanos por permitir ser tratado como a un Dios. Este episodio subraya una continuidad fundamental: la majestad de Dios y la seriedad de lo sagrado no cambian con el paso de los testamentos, confirmando que el Dios de Jesucristo es el mismo Señor de la historia que reclama para sí lo que le es propio.
Posiblemente, el episodio aún más llamativo de la “violencia divina” es la muerte de Uza, fulminado al tocar el Arca de la Alianza para evitar que cayera al suelo. A primera vista, podría parecer un rigor extremo: morir por un acto de aparente buena intención. Sin embargo, al considerar el contexto completo, se aprecia que su error comenzó mucho antes. Según cuenta el libro de los Números, el Arca debía transportarse exclusivamente por levitas del clan de Coat, sobre los hombros y con varales de madera, sin que nadie tocara directamente su cuerpo, bajo la advertencia de que tocar lo santo podía causar la muerte.
En el caso de Uza, David y su pueblo transportaban el Arca en una carreta de bueyes, siguiendo una práctica filistea ajena a la tradición israelita. Al tratar el Arca como una mercancía, habían perdido el respeto ritual que exigía la ley divina. La lección teológica de este pasaje subraya que las buenas intenciones no sustituyen la obediencia a lo sagrado: Uza consideró más impuro el suelo que su propia mano marcada por el pecado, pero Dios enseña que lo sagrado no puede ser manipulado fuera de sus normas.
Como consecuencia, el relato bíblico indica que David se llenó de temor, comprendió que no podía trasladar el Arca a Jerusalén como un trofeo político y esperó tres meses antes de moverla nuevamente, esta vez cumpliendo estrictamente las disposiciones divinas.
5. Cristo, plenitud de la revelación
La tradición cristiana sostiene que la Escritura debe leerse en clave cristocéntrica, ya que Cristo constituye su sentido último. A la luz del Calvario, los pasajes más difíciles adquieren una nueva perspectiva.
En la cruz, Dios no descarga su justicia sobre otros, sino que la asume en sí mismo. El Dios que en el Antiguo Testamento aparece castigando al pecador se revela finalmente como quien carga con el pecado del mundo. Desde entonces, la respuesta cristiana al mal se orienta hacia el perdón y la entrega.
En el segundo libro de los Reyes se narra un episodio particularmente sobrecogedor: Dios atiende la imprecación del profeta Eliseo contra un grupo de muchachos que lo increpaban, y permite que dos osas salidas del bosque acaben con la vida de cuarenta y dos de ellos. (Nota importante: Eliseo era insultado por ser calvo, así que hay que tomar buena nota: ojito con los calvos).
Este pasaje, a primera vista desconcertante, ha sido objeto de reflexión constante en la tradición teológica. Desde esta perspectiva, la denominada “ira” de Dios, frecuente en el Antiguo Testamento, no debe interpretarse como una reacción vengativa, sino como la expresión del rechazo radical que produce a Dios el pecado que daña al ser humano. Así lo subraya la teología patrística, que entiende estos relatos en clave pedagógica y salvífica.
En esta línea, san Agustín afirmaba que “el Dios del Antiguo Testamento es el mismo que el del Nuevo; lo que cambia es la capacidad del hombre para comprender su justicia y su misericordia”. Esta afirmación permite situar estos textos en un horizonte de continuidad, donde la revelación divina se despliega de modo progresivo en la historia.
Las páginas más difíciles de la Escritura, por tanto, no constituyen un defecto de la revelación, sino el testimonio de un Dios que se implica plenamente en la historia humana. Un Dios que, lejos de permanecer ajeno, asume los contextos de violencia y dureza propios de cada época para conducirlos, desde dentro, hacia su transformación. Leídas a la luz de la tradición espiritual, estas escenas revelan que, incluso en su severidad, Dios actúa como Padre que busca incansablemente la conversión y el retorno del hombre.
6. Dios nos da libertad, pero de verdad
Desde esta perspectiva, cabe preguntarse por qué Dios permite el mal. Podría haber creado un mundo sin posibilidad de error, pero ello habría supuesto eliminar la libertad humana.
Una existencia sin libertad convertiría la vida en un mecanismo sin mérito ni amor auténtico. Al otorgar Dios el libre albedrío a los seres humanos, aceptó el riesgo de que se usara ese poder para darle la espalda y generar el mal. Por eso, no es extraño que una de las obras de san Agustín, a comienzos del siglo V, se dedicara a reflexionar sobre si Dios hizo bien en hacernos libres, pues el hombre tiene el riesgo de ofenderle y condenarse eternamente.
7. Dios, autor de la vida
Finalmente, la tradición teológica subraya que Dios es el autor y sustento de toda vida. Por ello, sus decisiones no pueden equipararse sin más a las acciones humanas. Desde esta perspectiva, los pasajes bíblicos en los que Dios ordena la muerte de determinadas personas solo serían moralmente problemáticos si implicaran una injusticia real hacia quienes la padecen.
Sin embargo, el bien último del ser humano no se agota en la prolongación de la vida terrena, sino que consiste en alcanzar la vida eterna. A ello se añade un elemento decisivo: la imposibilidad de conocer plenamente la medida de los dones recibidos por cada persona ni el grado de responsabilidad que le será exigido en el juicio particular.
En este sentido, el rigor divino que aparece en numerosos textos bíblicos no se presta al juicio simplista desde las categorías exclusivamente humanas. Cabe, en efecto, la posibilidad de que quienes son castigados en esta vida reciban misericordia en la otra.
Episodios como el de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal tras desobedecer el mandato divino al volver la vista atrás durante la destrucción de Sodoma, pueden entenderse también desde esta doble dimensión: como una advertencia pedagógica para los creyentes, llamada a la obediencia que conduce al verdadero bien, y como un acontecimiento que no excluye, en último término, la acción salvadora de Dios.



