En la mañana luminosa del Domingo de Resurrección, el Papa León XIV ha dirigido al mundo su mensaje pascual con la tradicional bendición Urbi et Orbi, centrando su predicación en dos ejes profundamente entrelazados: la liberación del pecado por la victoria de Cristo y la urgencia de una paz auténtica que brote del interior del hombre renovado.
Desde la logia central de la basílica de San Pedro, el Pontífice proclamó con solemnidad el núcleo del misterio cristiano: “La Pascua es una victoria: de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el odio.” Con estas palabras, León XIV situó desde el inicio su mensaje en clave de triunfo espiritual, no como un mero símbolo, sino como un acontecimiento real que transforma la historia humana.
Liberación del pecado
El Papa desarrolló con profundidad el sentido redentor de la Pascua, subrayando que la victoria de Cristo no es individual ni abstracta, sino universal. Recordó que Cristo, “como verdadero Cordero inmolado, tomó sobre sí el pecado del mundo y así nos liberó a todos, y con nosotros también a toda la creación, del dominio del mal”.
Esta afirmación, de gran densidad teológica, pone el acento en la dimensión cósmica de la redención: no solo el hombre, sino toda la creación queda liberada del poder del pecado. En esta línea, el Pontífice insistió en que la victoria de Cristo no se alcanzó mediante la imposición o la violencia, sino mediante la obediencia amorosa: “Cristo, nuestro «Rey vencedor», combatió y ganó su batalla mediante la entrega confiada a la voluntad del Padre, a su plan de salvación”.
En su homilía de la misa del Domingo de Resurrección, León XIV descendió al terreno existencial, describiendo con realismo la experiencia interior del pecado y sus consecuencias. “Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir… entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida”.
Frente a esta oscuridad interior, el Papa presentó la Pascua como una fuerza viva y actual, capaz de romper cualquier encierro. Citando a su predecesor, recordó que la resurrección “no es algo del pasado. Es una fuerza imparable”, una realidad que actúa hoy en medio de las tinieblas humanas.
La verdadera paz: sin violencia, desde el corazón
El segundo gran eje del mensaje papal fue la paz, entendida no como ausencia de conflicto ni como imposición externa, sino como fruto de una transformación interior profunda. León XIV ofreció una imagen particularmente elocuente para describir la fuerza de Cristo resucitado: “La fuerza con la que Cristo resucitó no es violenta. Es semejante a la de un grano de trigo que, al marchitarse en la tierra, crece, se abre paso entre los terrones, brota y se convierte en una espiga dorada”.
Aún más, el Papa concretó esta fuerza en la experiencia humana cotidiana: “Es aún más parecida a la de un corazón humano que, lastimado por una ofensa, rechaza el instinto de venganza y, lleno de bondad, reza por quien le ha ofendido”. De este modo, vinculó directamente la paz mundial con la conversión personal, señalando que la reconciliación comienza en el interior de cada persona.
“Hermanos y hermanas, esta es la verdadera fuerza que trae la paz a la humanidad”, afirmó, explicando que esta fuerza “genera relaciones respetuosas a todos los niveles: entre las personas, las familias, los grupos sociales y las naciones.” Se trata de una paz que no busca imponerse ni dominar, sino construir: “No busca el interés particular, sino el bien común; no pretende imponer su propio plan, sino contribuir a diseñarlo y a ponerlo en práctica junto con los demás”.
Contra la “globalización de la indiferencia”
En uno de los momentos más incisivos de su mensaje, el Pontífice denunció con fuerza la creciente insensibilidad ante el sufrimiento humano. “Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes”, lamentó. Enumeró con precisión las formas de esta indiferencia: “Indiferentes ante la muerte de miles de personas. Indiferentes ante las secuelas de odio y división que siembran los conflictos”.
El Papa advirtió que esta actitud no solo es moralmente inaceptable, sino profundamente peligrosa para la humanidad, aludiendo a una “globalización de la indiferencia” cada vez más extendida. Recordando las palabras de su predecesor, señaló: “Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo”.
Frente a esta realidad, León XIV lanzó un llamamiento directo a la responsabilidad personal y colectiva: “¡No podemos seguir siendo indiferentes! ¡No podemos resignarnos al mal!” Y, citando a san Agustín, ofreció una clave espiritual para superar el miedo que paraliza: “Si el morir te causa espanto, ama la resurrección”.
Un llamamiento urgente a la paz
El mensaje culminó con una apelación concreta y urgente a la paz, dirigida tanto a los individuos como a los responsables políticos. “A la luz de la Pascua, ¡dejémonos sorprender por Cristo! ¡Dejemos que su inmenso amor por nosotros nos transforme el corazón!”, exhortó.
En un tono particularmente directo, pidió el desarme de los corazones y de las manos: “¡Que quienes tienen armas en sus manos las abandonen! ¡Que quienes tienen el poder de desatar guerras, elijan la paz!” Pero precisó inmediatamente el tipo de paz que propone: “No una paz impuesta por la fuerza, sino mediante el diálogo. No con la voluntad de dominar al otro, sino de encontrarlo”.
Finalmente, invitó a todos los fieles a unirse en oración: “invito a todos a unirnos en la vigilia de oración por la paz que celebraremos aquí, en la plaza de San Pedro el próximo sábado 11 de abril”.
En un contexto marcado por conflictos, divisiones y cansancio espiritual, sus palabras resuenan como una llamada a redescubrir la fuerza silenciosa pero imparable de la resurrección: una fuerza que no destruye, sino que regenera; que no impone, sino que convence; que no domina, sino que reconcilia.



