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Nos hallamos ante una de las más importantes obras jamás escritas acerca de la teoría del conocimiento, hasta el punto de que a veces se ha dividido ésta en dos eras, anterior y posterior a la obra que vamos a exponer y comentar. En parte ha tenido tanta repercusión por el sentido práctico con que está escrito –en esto recuerda a la excelente obra política del mismo autor-, y porque está escrita desde el sentido común (e incluso sentido del humor, cuando se refiere a los escépticos, dudando de si existe lo que ven y si su existencia misma es un sueño). Parece ser que, en una de tantas reuniones como tenía este hombre de acción, había surgido una cuestión de moral, y no sabían si tenía sentido discutir de ella puesto que no tenían claro si era materia que se pudiese conocer con certeza y objetividad, así que decidieron estudiar este punto cada uno por su cuenta, o que lo estudiara John Locke, el hecho es que fue éste quien realmente hizo sus deberes. Y los deberes fueron este voluminoso libro, escrito con poco orden, lo que se refleja en sus frecuentes repeticiones, debido a que su actividad le dejaba poco tiempo libre, y había de tomar y retomar el proyecto una vez y otra, por lo que repetidamente presenta sus excusas al lector.
El libro tiene cuatro capítulos, pero sólo comentaremos los que considero más importantes, porque de algún modo incluyen los otros: el libro segundo sobre las ideas y el libro cuarto sobre el conocimiento. Es decir, hablaremos primero de lo que vemos en la realidad –las ideas- y luego de lo que podemos conocer acerca de ellas (el capítulo primero es un rechazo al muy cartesiano tema del innatismo de ideas, cuya pretendida universalidad no ve por ninguna parte –habiendo sobre ellas muy poco acuerdo- y es de paso un rechazo a los primeros principios, los cuales entiende como principios innatos, ignorando, al parecer, que para la Escolástica son hábitos del conocimiento, y por tanto no innatos sino adquiridos. El tercer capítulo trata de la palabra, tema muy importante para Locke, y hoy de gran actualidad: pero viene a estar incluido en el segundo, pues viene a decir que nuestros nombres son signos de las ideas, como éstas lo son de las cosas. Los nombres comunes corresponden a ideas abstractas, tema del que habla ampliamente en el capítulo segundo.
Locke toma la palabra ιδεα en el sentido griego de lo visto o percibido, palabra de la misma raíz que el verbo ειδειν, que significa “ver” (de hecho, en griego, tenía además el sentido metafórico de “lo conocido” Esto explica los dos sentidos que se ha dado a esta palabra en la filosofía racionalista de Descartes y en la filosofía empirista de Locke. Platón y Aristóteles utilizaron esta palabra en el sentido metafórico de lo “conocido” – o lo “visto”con la inteligencia- lo que el tomismo traducirá por las “esencias” de los seres. Este es el sentido que damos en el lenguaje usual a esta palabra al hablar, por ejemplo, de “la idea” de hombre para referirnos a su esencia).
Nuestro conocimiento comienza por “ideas” en el sentido más estricto de aquello que nos llega por los sentidos, a lo que llama “ideas simples”. Pero esto no significa que se trate sólo de colores, sabores, sonidos, aromas, sensaciones táctiles, sino que considera también lo que nos llega por nuestros sentidos internos: nuestra idea del yo, aunque no nos veamos, ni oigamos, etcétera, es percibida por nuestro sentido interno en lo que llama “reflexión”.
Y el hecho de que una idea sea simple no significa que la percibamos sólo por un sentido, como por ejemplo la idea de corporeidad que percibimos no sólo con la vista sino también con el tacto que nos dice “tate, aquí has topado con un cuerpo”, o incluso muchas veces las percibamos a la vez con algunos sentidos externos y con el sentido interno.
Además, una misma idea simple se puede presentar en diversos modos. Quizá la palabra inglesa “modes” supusiese alguna dificultad a un antiguo traductor al español, pero en la actualidad hemos anglicanizado tanto nuestro lenguaje que hasta nuestro reloj de mano presenta diversos “modes”: para cronómetro, para alarma, o para simplemente darnos la hora. Así por ejemplo, la idea simple del “yo” puede presentarse en diversos “modes”: como el “yo que piensa”, como el “yo dubitativo”, como el “yo que se alegra”, etcétera.
Un importante ejemplo de idea simple es para Locke el espacio o extensión de aprehensión sensorial, de las cuales son modos simples las diversas formas espaciales. Y otro ejemplo importante ejemplo es la duración, de aprehensión reflexiva –es decir, por sentido interno- como sucesión de instantes o posibilidad de cambio de atención, pasando de una idea a otra. (Esto influirá en Kant, quien mucho admiraba a Locke, pues también para Kant el tiempo estará en nuestra facultad de conocer, aunque añadirá que sólo está en ella).
Para facilitar el paso siguiente, en que se considerará la formación de ideas complejas, terminemos esta presentación de las ideas o modos simples, diciendo que el hombre –y esto le diferencia de los animales- es capaz de abstraer las ideas simples al considerarlas como independientes de las existencias concretas que las han causado en nosotros y de las otras ideas simples que hemos percibido en coexistencia con ellas. Así por ejemplo cuando formamos la idea simple y abstracta de blancura, ésta no hace ya referencia al cuerpo que nos ha producido la idea simple concreta de color blanco.
El otro tipo de ideas que considera Locke son las ideas complejas, o formadas de ideas simples, por las cuales entiende los modos mixtos, las substancias y las relaciones.
Los modos mixtos, o ideas complejas en sentido estricto, son las ideas que formamos en la mente componiendo varias ideas o modos simples, o bien porque percibimos que coexisten en algún ser –una sustancia, algo de lo que hablaremos a continuación-, o bien formando esencias nominales mediante composición a voluntad de ideas simples.
Ejemplo de modo mixto aprehendido por coexistencia de varias ideas simples en un ser sería el concepto de metal, definido este último por ciertas propiedades como la de poseer brillo, conductividad térmica y eléctrica, ductilidad, maleabilidad. Un ejemplo de modo mixto compuesto a voluntad o capricho sin que percibamos coexistencia en ser alguno puede ser el concepto de unicornio, si por tal entendemos un ungulado con un solo cuerno, o cualquier otro ser ficticio o quimera. Nuestra capacidad de formación de esencias nominales es muy importante en la ciencia, pues los conceptos de las teorías científicas, como por ejemplo el de cantidad de movimiento (producto de masa por velocidad), son esencias nominales formadas a voluntad en razón de su utilidad para la formulación de la teoría científica.
Llegamos a las ideas complejas llamadas clásicamente sustancias, noción filosófica que Locke parece aceptar a regañadientes, no tanto por respetar la tradición como por ser incapaz de articular sin esa noción su propia descripción del conocimiento humano. Se trata de que percibimos ciertas ideas simples, que nos llegan por los sentidos, como agrupadas siempre y “vistas” por nosotros en un mismo ser, el cual sería soporte de esas ideas simples y de otras que no percibimos. A la idea compleja formada por todas ellas la llama sustancia, aunque también se refiere a la substancia en el sentido clásico de ser que “sub-está” o “está-debajo” de nuestras percepciones como soporte de ellas Se trataría de ser no percibido pero causa de las percepciones. A estas ideas simples o percepciones las llama cualidades de la sustancia cuando las considera como sus potencialidades de causar impresiones en nosotros.
Así pues, Locke ve la cualidad como una potencialidad activa en la sustancia –potencialidad de causar impresión- a la que corresponde en nuestro entendimiento una potencialidad pasiva -la potencialidad de recibir esa impresión o idea-. Sin embargo, esto sólo lo afirma propiamente de las cualidades primarias, pues Locke distingue entre cualidades primarias –la extensión, con sus modos de forma y movimiento, y cantidad- y cualidades secundarias, las cuales serían el resto de las sensaciones externas: sonidos, colores, sabores, olores. Locke expresa su convicción, común con los mecanicistas, de que las cualidades secundarias se reducen a primarias, de modo que sólo éstas corresponden a una potencialidad en la sustancia, y el resto lo pone nuestra subjetividad.
Así el movimiento de las moléculas de una membrana -la de un tambor, por ejemplo- es después movimiento de las partículas del aire, y este es al final el movimiento de nuestros tímpanos que nos transmite la sensación del sonido (y no anda muy descaminado en su presunción de que todas las sensaciones se reducen a movimiento: hoy sabemos que el color se reduce también a movimiento, pero no del aire o de éter alguno que rellene el espacio, sino movimiento o vibración, aun en el espacio vacío, del campo electromagnético en cada punto: los distintos colores corresponden a bandas de frecuencia dentro del espectro visible).
Las relaciones, por último, son “ideas” o “algo visto” en un sentido amplio del término “ver”, pues vemos una relación entre dos ideas cuando somos capaces de ver ambas yuxtapuestas –dice Locke en un especial esfuerzo por explicarse- como en un solo golpe de vista. Es entonces cuando una nos lleva a la otra, al haber visto la relación que hay entre ellas. (Esto lo explicaría yo diciendo que “vemos” la relación que guardan los artículos de una ley, por ejemplo, cuando captamos su concatenación -muy distinto a verlos separadamente como un mosaico inconexo e indigerible para el estudiante- por lo que el recuerdo de un artículo nos lleva al de a otro que hemos relacionado con él, es decir, hemos captado ambos en un solo golpe de vista). Como he dicho, la relación es idea compleja sólo en un sentido amplio, puesto que una vez yuxtapuestas ambas ideas forman una sola idea.
Una vez clasificadas las ideas, Locke las califica: si son claras, que percibamos bien su contenido, o son oscuras; si son distintas, bien diferenciadas de otras ideas, o si son confusas, no bien delimitadas de ellas; si son reales, es decir, si hay algo en la realidad que corresponda a esa idea, o son ficticias; y en caso de que sean reales, si son adecuadas o inadecuadas a su correspondiente real, es decir si son, o no, una imagen fiel de él.
En el caso de las ideas simples, poco hay que decir, debido a su misma platitud: la idea es clara y distinta pues nadie pretende que un color, por ejemplo, sea más que ese color, y se supone que es distinguible de otro color, o de un sonido. Son reales pues, si recibimos una impresión, debe haber una cualidad que la haya causado, y nadie en su sano juicio duda de ello por el hecho de que a veces esas impresiones sean soñadas. Dice Locke que es muy distinto el calor de un fuego que me está abrasando del calor de un fuego que estoy soñando. Y son adecuadas porque se corresponden con las cualidades que las han causado.
Los modos mixtos son también claros y distintos, por serlo las ideas simples de que están compuestos, si es que esta composición ha sido nítida. Pero pueden ser reales o ficticios, pues he podido componer ideas simples que no se den compuestas en la realidad, es decir, que no coexistan en sustancia alguna, como cuando he imaginado un unicornio. Y son adecuadas porque no hay en ellas más que lo dicho en su definición.
Llegamos a las sustancias. Estas son reales, pues nadie en sus cabales puede pensar que no existan los seres que percibimos a través de sus cualidades, es decir de sus potencialidades de producir impresiones en nosotros. Pero la idea de una sustancia no es clara y distinta, sino oscura y confusa, pues nunca podremos saber lo que ese ser es, y qué otras cualidades, además de las que hemos percibido, puedan componer esa idea compleja de sustancia. La idea compleja que, como modo mixto –como esencia nominal o definición- , podamos formar de ella será siempre clara y distinta pero insuficiente: siempre entrarán en esa definición menos cualidades que las que realmente tenga esa sustancia, la cual permanecerá siempre oscura y confusa para nosotros. Abreviando, las ideas complejas (en sentido estricto) que nos formamos de las sustancias (ideas complejas en sentido amplio) son siempre inadecuadas.
Es por esta razón que Locke opina que la noción de sustancia es de poca utilidad en filosofía, puesto que nada sabemos de ellas, sino que sólo suponemos que ciertas impresiones que percibimos son cualidades “de algo”, pero permaneciendo ese “algo” incognoscible para nosotros.
Locke trata en el último capítulo de la adecuación de nuestras ideas con la realidad conocida (de la verdad, pues, ya que “veritas est adaequatio inter intellectus et rei”). A las proposiciones que formulamos acerca de ellas sólo las llama conocimiento cuando tenemos de esas proposiciones certeza, y habla de meros juicios cuando sólo las vemos como probables.
Utilizando la palabra conocimiento en este sentido preciso, Locke dice que puede haber verdadero conocimiento de proposiciones que traten de modos, simples o mixtos, porque son ideas que tenemos de modo claro y distinto, y de hecho ideas adecuadas. En particular, puede darse verdadero conocimiento de la identidad o diversidad entre ideas; o en enunciados que traten de si las ideas simples agrupadas en una idea compleja aparecen agrupadas en alguna realidad, o se trata de una agrupación ficticia.
En cuanto a las proposiciones que se refieren a sustancias, dice que nunca podrán ser objeto de verdadero conocimiento, y que se tratará simplemente de juicios, formulados con mayor o menor probabilidad, pero nunca con certeza, puesto que no sabemos lo que la sustancia es. En cierta manera esta carencia es la que viene a remediar la capacidad que tiene nuestra inteligencia de formular juicios acerca de algo de lo que no tenemos propiamente conocimiento.
Y en cuanto a la relación entre ideas, dice Locke que es posible verdadero conocimiento de tales relaciones. En particular, podemos tener conocimiento de la relación de causalidad o de coexistencia necesaria que se puede dar entre ideas, es decir, que podemos llegar a conocer que siempre que ciertas ideas simples coexistan en una sustancia, siempre que cierta esencia nominal se dé en esa sustancia, deben coexistir también las ideas que se han demostrado en relación necesaria con ellas.
Por ejemplo, esto sería así si se demostrase que siempre que se dan las cualidades del oro (cierto brillo, color, ductilidad, maleabilidad, resistencia a oxidación) que se toman como su esencia nominal o definición, estas cualidades implican su propiedad de fijeza, o de no consumirse en el fuego. Sin embargo, opina que conocimientos de tales relaciones son raros (este es precisamente el tipo de conocimiento en que consiste la ciencia física, y por eso era entonces raro, porque estaba entonces en ciernes. Así por ejemplo, el oro lo definimos actualmente por una sola cualidad, su número atómico 59, de la cual deduce la teoría del estado sólido, usando la mecánica cuántica, sus propiedades químicas y también las propiedades físicas de brillo, ductilidad, maleabilidad, e incluso puede demostrarse que ha de tener también la propiedad de fijeza mencionada por Locke).
Esto que ve como muy rara vez realizado en las ciencias de la naturaleza, lo ve realizado ya en la geometría, verdadero conocimiento que estudia las relaciones entre cierto tipo de ideas, los objetos geométricos, tanto si existen como sino no existen en la realidad (algunos de ellas se dan ciertamente en la realidad, pero de modo aproximado, nunca del modo exacto en que los contempla la ciencia geométrica).
Es así como llega a lo que fue motivo de este largo estudio: si es posible un conocimiento válido de la moral. Y llega a la conclusión de que sobre la moral general es posible conocimiento, ya que trata de relaciones: la norma moral general puede ser derivada de las relaciones que deben guardar unas criaturas con su Creador, y ello aunque no existiesen criaturas ni Creador. Y también sobre moral especial puede darse válido conocimiento, ya que trata de las relaciones existentes entre actos concretos y la norma moral general.
Es así como concluye este hombre cabal, que se tomó en serio la tarea asignada, que es posible un conocimiento verdadero y objetivo acerca de la moral.
b) Textos
LIBRO SEGUNDO: DE LAS IDEAS
En primer lugar, nuestros sentidos, que tienen trato con objetos sensibles particulares, transmiten respectivas y distintas percepciones de cosas a la mente, según los variados modos en que esos objetos les afectan…
La otra fuente de donde la experiencia provee de ideas al entendimiento es la percepción de las operaciones interiores de nuestra propia mente… Tales las ideas de percepción, de pensar, de dudar, de creer, de razonar, de conocer, de querer…
Puede llamársele con propiedad sentido interno. Pero así como a la otra la llamé sensación, a esta la llamo reflexión.
División de las ideas simples … Primero, hay algunas que penetran en nuestra mente por sólo un sentido; Segundo, hay otras que entran en la mente por más de un sentido; Tercero, otras que se obtienen por sólo la reflexión; Y cuarto, hay algunas que se abren paso y se sugieren a la menos por todas las vías de la sensación y de la reflexión.
VIII
Ideas en la mente. Cualidades en los cuerpos. Para mejor descubrir la naturaleza de nuestras ideas y para discurrir inteligiblemente acerca de ellas será conveniente distinguirlas en cuanto son ideas o percepciones. Y ello, para que no pensemos (como quizá se hace habitualmente) que las ideas son exactamente las imágenes y semejanzas de algo inherente al sujeto que las produce, ya que la mayoría de las ideas de sensación no son más en la mente la semejanza de algo que exista fuera de nosotros, que los nombres que las significan son una semejanza de nuestras ideas, aunque al escuchar esos nombres no dejan de provocarlas en nosotros.
A esas cualidades llamo cualidades originales o primarias de un cuerpo, las cuales, creo, podemos advertir que produce en nosotros las ideas simples de la solidez, la extensión, la forma, el movimiento, el reposo y el número.
Hay cualidades tales que en verdad no son nada en los objetos mismos, sino potencias para producir en nosotros diversas sensaciones por medio de sus cualidades.
Las ideas de las cualidades primarias son semejanzas; no así las ideas de las cualidades secundarias. De donde, creo, es fácil sacar esta observación: que las ideas de las cualidades primarias de los cuerpos son semejanzas de dichas cualidades, y que sus modelos realmente existen en los cuerpos mismos; pero que las ideas producidas en nosotros por las cualidades secundarias en nada se les asemejan. Nada hay que exista en los cuerpos mismos que se asemeje a esas ideas nuestras.
XI
Componer ideas. Otra operación que podemos observar con respecto a sus ideas es la composición, por la cual la mente reúne varias de aquellas ideas simples que ha recibido por las vías de la sensación y de la reflexión y las combina para formar ideas complejas.
La abstracción (…) La mente hace que las ideas particulares, recibidas de objetos particulares, se conviertan en generales, lo que se hace considerándolas tal como están en la mente esas apariencias, o sea, separadas de toda otra existencia y de todas las circunstancias de la existencia real, como son el tiempo, el lugar o cualesquiera otras ideas concomitantes. A esto se llama abstracción, por medio de la cual las ideas tomadas de seres particulares se convierten en representativas de todas las de la misma especie…
La mente tiene el poder de considerar a varias ideas unidas, como una sola idea, y eso es así no sólo según se dan unidas en los objetos externos, sino según ella misma las ha unido. A las ideas así hechas de varias ideas simples unidas las llamo ideas complejas. Tales son la belleza, la gratitud, un hombre, un ejército, el universo… Las ideas complejas se hacen a voluntad.
Las ideas complejas son modos [mixtos], substancias o relaciones. Llamo modos [se sobreentiende que quiere decir “modos mixtos”] a esas ideas complejas que por compuestas que sean, no contengan en sí el supuesto de que subsisten por sí mismas, sino que se las considera como dependencias o afecciones de las substancias… Tales son las ideas significadas por las palabras triángulo, gratitud, asesinato, etc.
Modos simples y mixtos (…) Hay algunos que sólo son variantes o combinaciones diferentes de una y la misma idea simple [modos simples, y cuando son combinaciones de más de una idea, modos mixtos]
XIII
Idea del espacio. Más arriba mostré que adquirimos la idea del espacio tanto por la vista como por el tacto. …
La forma. Hay otra modificación de esta idea del espacio que no es sino la relación que tienen entre sí las partes que terminan la extensión…
Las nociones de substancia y de accidente son de poca utilidad para la filosofía. Aquellos que primero dieron en la noción de accidentes como una especie de seres reales que necesitaban de alguna cosa a la cual ser inherentes, se vieron obligados a descubrir la palabra substancia, para que sirviera de soporte a los accidentes…
Nosotros nos mostramos satisfechos con la respuesta y buena doctrina de nuestros filósofos europeos, cuando nos dicen que la substancia, sin saber qué cosa es, es aquello que sostiene a los accidentes. De la substancia, pues, no tenemos ninguna idea de lo que sea, y sólo tenemos una idea confusa y obscura de lo que hace… Si las palabras latinas inhaerentia y substantia fuesen traducidas llanamente a las palabras inglesas que les corresponden, para expresar la acción de adherirse y de sostener, se pondría de manifiesto la muy poca claridad que hay en la doctrina de la substancia y de los accidentes, y se mostraría qué utilidad tiene esa doctrina en la decisión de las cuestiones filosóficas.
XXI
Podríamos explicar la naturaleza de los colores, de los sonidos, de los sabores, de los olores, y de todas las otras ideas que tenemos, si nuestras facultades fuesen lo suficientemente agudas para percibir las diversas modificaciones de la extensión, y los diversos movimientos de esos minúsculos cuerpos que producen en nosotros todas esas diferentes sensaciones.
Cómo se forman las ideas acerca de las substancias … La mente advierte, además, que un cierto número de esas ideas simples siempre van juntas; y que presumiéndose que pertenecen a una sola cosa, se les designa, así unidas, por un solo nombre, ya que las palabras se acomodan a la aprehensión común… Porque como ya he dicho, al no imaginarnos de qué manera puedan subsistir por sí mismas esas ideas simples, nos acostumbramos a suponer algún substratum donde subsistan y de donde resultan; el cual, por lo tanto, llamamos substancia … si bien es seguro que no tenemos ninguna idea clara o distinta acerca de la cosa que suponemos sea el soporte.
Las ahora cualidades secundarias de los cuerpos desaparecerían si pudiéramos descubrir las cualidades primarias de las partes minúsculas.
La sensación nos convence de que hay unas substancias sólidas extensas, y la reflexión de que hay unas substancias pensantes. La experiencia nos asegura de la existencia de tales seres, y de que el uno tiene la potencia de mover al cuerpo por impulso, y el otro, por pensamiento.
XXV
Qué es la relación … Cuando la mente considera una cosa de tal manera que, como quien dice, la trae para colocarla junto a otra, y mira a una y a la otra, se trata, según lo indica la palabra de una relación … términos relativos responden a ellos con una alusión recíproca, como son padre e hijo; mayor y menor: causa y efecto … El todo, tomado en conjunto y considerado como una sola cosa, y produciendo en nosotros la idea compleja de una cosa, la cual idea está en nuestra mente como un solo cuadro.
Relaciones morales. Hay un tipo de relación que es la conformidad o inconformidad que hay entre las acciones voluntarias de los hombres respecto a una norma, a la cual quedan referidas y según la cual son juzgadas.
El bien y el mal morales. Por lo tanto, el bien y el mal, moralmente considerados, no son sino la conformidad o inconformidad entre nuestras acciones voluntarias y alguna ley ... Por ley divina entiendo la ley que ha establecido Dios para las acciones de los hombres, ya que haya sido promulgada por la luz de la naturaleza, y por la voz de la revelación.
XXIX
Nuestras ideas simples son claras cuando son tal como los objetos mismos, de donde proceden … En cuanto a las ideas complejas, como están formadas de ideas simples, serán claras en la medida en que las ideas de que estén compuestas sean claras…
XXX
Las ideas simples son todas reales … No teniendo los modos mixtos y las relaciones otra realidad que la que tienen en la mente de los hombres, nada se requiere de esa clase de ideas para que sean reales …
Las ideas de las substancias son reales … en la medida en que son combinaciones de ideas simples realmente unidas y coexistentes en las cosas fuera de nosotros.
XXXI
Llamo adecuadas a las [ideas] que representan perfectamente aquellos arquetipos de donde la mente supone que han sido tomadas…
Las ideas simples son todas adecuadas… porque, como no son sino los efectos de ciertas potencias en las cosas, adaptadas y ordenadas por Dios para producir en nosotros tales sensaciones, no pueden menos de guardar correspondencia y de ser adecuadas a esas potencias…
Los modos son todos adecuados. Como nuestras ideas complejas de los modos son colecciones voluntarias de ideas simples que la mente reúne, sin referirse a ningún arquetipo o modelo fijo que exista en algún lugar, se trata de ideas que son y que no pueden menos de ser ideas adecuadas…
Las ideas de las sustancias, en cuanto referidas a las esencias reales, no son adecuadas. Las ideas complejas que tenemos de las substancias son, según se ha mostrado, ciertas colecciones de ideas simples… Semejante idea compleja no puede ser la esencia real de la substancia…
LIBRO CUARTO: DEL CONOCIMIENTO
I
Todo cuanto conocemos o podamos afirmar acerca de las ideas es que una es o no es la misma que otra; que coexiste o no coexiste siempre con otra idea en un mismo sujeto; que guarda tal o cual relación con otra idea; o que tiene una existencia real más allá de la mente. Así esta proposición, el azul no es el amarillo, es un desacuerdo en identidad; la de que dos triángulos de bases iguales entre dos líneas paralelas son de igual área, acusa un acuerdo de relación; la proposición que dice el hierro es susceptible de recibir impresiones magnéticas es un acuerdo de coexistencia; y las palabras “Dios es” contienen un acuerdo de existencia real…
De la coexistencia. Pertenece particularmente a las sustancias. Así cuando, hablando del oro decimos que es fijo, el conocimiento de esa verdad no pasa de ser esto, que la fijeza, o sea la potencia de permanecer en el fuego sin consumirse, es una idea que acompaña siempre y que siempre va aneja a esa especie particular de amarillo, de pesantez, de fusibilidad, de maleabilidad y de solubilidad en agua regia, que componen la idea compleja significada por la palabra oro.
III
Nuestro conocimiento de la identidad y de la diversidad alcanza hasta donde llegan nuestras ideas…
Respecto a la coexistencia, alcanza muy poco… porque desconocemos la conexión entre la mayoría de las ideas simples … especialmente de las cualidades secundarias…ya que no se puede descubrir ninguna conexión entre las cualidades secundarias y primarias [esto lo ha podido descubrir la ciencia, pero entonces estaba en ciernes]…
Respecto a la existencia real, tenemos un conocimiento intuitivo de nuestra propia existencia; un conocimiento demostrativo de la existencia de Dios, y un conocimiento sensible de la existencia de unas pocas cosas.
IV
¿Cómo puede conocer la mente, puesto que no percibe sino sus propias ideas, que éstas están de acuerdo con las cosas mismas?
Las ideas simples … Así, la idea de blancura o de amargor, tal como está en nuestra mente, respondiendo con exactitud a esa potencia que cualquier cuerpo tiene para producirla en la mente, tiene toda la conformidad real que pueda o que deba tener con las cosas fuera de nosotros …
Nuestras ideas complejas, salvo las de substancias. Son arquetipos forjados por la mente, sin el propósito de ser copia de nada que sirva de original.
Por eso, realidad del conocimiento matemático … Es conocimiento de nuestras propias ideas … porque las cosas reales no entran en sus proposiciones … y por eso el matemático tiene la certidumbre de que todo su conocimiento acerca de aquella idea es un conocimiento real … y puede estar cierto de que todo cuanto sabe respecto a esas figuras, aunque sólo tengan una existencia ideal en su mente, será también válido si llegan a tener una existencia real en la materia … La existencia no es requisito para que el conocimiento sea real …
Como no conocemos la constitución real de las substancias de donde dependen nuestras ideas simples (y que es efectivamente la causa de que algunas de ellas estén estrechamente unidas en un mismo sujeto, mientras que otras quedan excluidas), de muy pocas podemos asegurar que sean o no sean congruentes en la naturaleza, más allá del conocimiento que alcanza la experiencia y la observación sensible. Por lo tanto, en esto está fundada la realidad de nuestro conocimiento acerca de las substancias, a saber: que todas nuestras ideas complejas acerca de ellas tienen que ser tales, y únicamente tales, que estén formadas de ideas simples que se hayan descubierto como coexistentes en la naturaleza. Hasta ese punto nuestras ideas son verdaderas, y, aunque quizá no sean copias muy exactas de las substancias, no dejan de ser, sin embargo, sujetos de todo el conocimiento real que podemos tener acerca de las substancias.
VI
De ninguna proposición puede saberse si es verdadera cuando no sea conocida la esencia de cada especie mencionada. … Esto, tratándose de todas las ideas simples y de los modos [mixtos], no es difícil hacerlo, porque, en tales casos la esencia real y la esencia nominal es la misma … no es posible que exista duda alguna acerca de … qué cosas quedan comprendidas bajo cada término … Pero en las substancias, donde se supone que una esencia real, distinta de la nominal, constituye, determina y limita la especie, el alcance de la palabra general es muy incierto, porque no podemos saber qué es, y qué no es, de esa especie …
Son pocas las proposiciones universales acerca de las substancias cuya verdad pueda ser conocida … porque únicamente en pocos casos se puede conocer la coexistencia de sus ideas [simples] … Por ejemplo, la fijeza del oro no tiene ninguna conexión necesaria, que nosotros podamos descubrir, con el color, el peso o con cualquier otra idea simple de las que forman nuestra idea compleja del oro.
IX
Poseemos un conocimiento de nuestra propia existencia, por intuición; de la existencia de Dios, por demostración; y de las demás cosas por sensación.
XIV
El juicio suple la falta de conocimiento. La mente tiene dos facultades referidas a verdad y falsedad: Primero, el conocimiento por el cual la mente percibe con certeza … Segundo, reunir o separar ideas cuando su acuerdo o desacuerdo seguro no es percibido, sino meramente presumido.
XV
La probabilidad es para suplir la falta de conocimiento … puesto que nos hace presumir que las cosas son verdaderas antes de saber que lo son.
XVII
Inferir no es sino mostrar una proposición como verdadera, en virtud de otra proposición establecida antes como verdadera
El silogismo no es el instrumento capital de la razón. Yo creo que apenas hay alguien que proceda por silogismos cuando razona consigo mismo.
c) Crítica
Comencemos por señalar lo que me parece gran acierto en la filosofía de Locke: la base que ofrece para la comprensión del método científico. Locke ha dicho que la mente humana puede formar a conveniencia esas ideas complejas a las que llama modos mixtos y llegar a “conocer” -palabra fuerte para Locke porque en él significa certeza- la relación que guardan con otras ideas, la cual relación permite entender su coexistencia observada en las substancias, la cual no aparecerá ya como coexistencia casual, sino necesaria.
Esta es la esencia del método científico, y con razón dice Locke que en pocas ocasiones se ha podido lograr este tipo de conocimiento, ya que en el momento en que John Locke escribe su Ensayo la ciencia de la naturaleza está en sus albores (Tengamos en cuenta que publica en 1690, es decir tres años después de la publicación del Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton, obra en que es dada a la luz la ciencia física, como teoría deducida de unos postulados, tras varios siglos de gestación, si llamamos así al asentamiento de su base empírica a lo largo de los siglos, medievo, renacimiento y barroco).
Mediante la mera observación, en una fase meramente empírica, sólo se llega a que ciertas ideas -“algo visto” en nosotros, pero cualidades en los cuerpos- coexisten siempre, pero sólo se llega a conocer la razón de esa coexistencia cuando se llega a “ver” la relación existente entre esas ideas. En la definición de la teoría científica, en cambio, formamos con varias ideas simples –varias cualidades de los cuerpos- una idea compleja en el sentido estricto de modo mixto o esencia nominal, susceptible de ser estudiada en esa teoría. Con los postulados de la teoría y lo derivado de ellos, podrán deducirse de esa definición propiedades que habrán de darse necesariamente allá donde concurran los ingredientes de la definición. La construcción del objeto en la teoría científica viene dada pues por los axiomas o postulados de la teoría y por su definición en el lenguaje de la teoría. Como el objeto no es más que la definición que de él hemos dado, tenemos de él una idea clara y distinta, ya que nosotros mismo lo hemos creado al definirlo.
Como ejemplo de la dificultad que este tipo de conocimiento entraña –conocimiento de relaciones entre ideas complejas- y como explicación de que en tan pocas ocasiones se haya logrado, ha citado Locke el caso del oro, pues entiende que sería muy difícil deducir de las propiedades definitorias que se han dado del oro – brillo metálico, color amarillo, maleabilidad y ductilidad- otras propiedades como la fijeza, es decir, la propiedad de no consumirse en el fuego.
Como hemos dicho, hoy día, en el contexto de la mecánica cuántica se puede definir el oro por una sola propiedad: su número atómico 59. Desde los principios de la mecánica cuántica se puede deducir el número de electrones que debe haber en cada nivel energético (representaciones irreducibles del grupo SU(2)) y deducir entonces el número de electrones que hay en la última capa, responsable de las propiedades químicas del elemento. Análogamente se deducen las propiedades físicas del oro como la fijeza, y también la ductilidad, maleabilidad, brillo metálico y color amarillo (cierta frecuencia del espectro visible), las cuales habían sido tomadas históricamente como definición del oro. Así pues, este objeto bajo estudio en mecánica cuántica ha sido construido con el enunciado de los principios de la teoría y el de su particular definición: que su número atómico sea cincuenta y nueve.
Locke nos ha dado pues una magnífica base para explicar lo que es el conocimiento científico, y también la razón por la que éste procede mediante ideas claras y distintas, ya que las ideas científicas son ideas complejas –en el sentido estricto de los modos mixtos- que no son sino esencias meramente nominales creadas por nosotros en la teoría científica. Pero creo que ha hecho flaco favor a la filosofía al concluir de lo evidente -que no tenemos de las substancias idea clara y distinta- algo que ya no es de ningún modo evidente: que haya de ser por eso la sustancia noción inútil en filosofía. La razón implícita por la que Locke habla de la inutilidad de la noción de sustancia en filosofía es que, en el ambiente intelectual de su época, desde la obra de Descartes, a todo conocimiento humano se le ha de exigir su articulación en ideas claras y distintas para que pueda ser verdadero.
Esta exigencia la cumplen, como he dicho, las ideas complejas en sentido estricto –los modos mixtos o esencias nominales-, como son las ideas cuyas relaciones estudian las teorías científicas, pero no la cumplen esas ideas complejas en sentido amplio que aparecen en filosofía con el nombre de sustancias. Por eso, al exigir Locke a las ideas en filosofía la misma claridad y distinción de las ideas de las ciencias de la naturaleza, del mismo modo que Descartes exigió a la filosofía la misma claridad y distinción que a la ciencia matemática, le está exigiendo a la filosofía que no es el suyo propio sino el de la ciencia, lo que es, a mi entender, el errado Leitmotiv de la filosofía moderna.
Como hemos visto, John Locke no se deshará, con todo, de las sustancias en la exposición de su filosofía, puesto que las necesita para su noción clave de coexistencia de ideas simples en una misma sustancia, como cualidades de ella. Pero su desideratum será llevada a cabo en el siglo siguiente por Berkeley y por Hume. La filosofía de este hombre radical, David Hume, no dejará ni rastro de esta noción absolutamente necesaria para el pensamiento humano: cierto que en nuestros habituales discursos no hablamos de sustancias, pero hablamos de los seres como existentes, es decir, como algo que subyace a nuestras impresiones, lo cual es el significado de esta noción filosófica.
Si no podemos hablar de seres existentes sino sólo de colores, sonidos, etcétera, como llega a ser el caso en la obra de David Hume y de cualquier otro que se tome al pie de la letra la broma de prescindir de las sustancias, nos quedamos totalmente desarmados para el discurso ético y en general para cualquier discurso que no sea el meramente científico: la filosofía, y con ella la misma sabiduría humana de la que no es ésta sino su presentación académica, ha iniciado, de este modo, el camino de la autodestrucción.
Esta ha sido una breve prospección de futuro, pero si miramos ahora hacia el pasado de esta obra que tanto ha influido en la filosofía moderna, veremos en ella reminiscencias de la Summa Logicae de Ockham por las que podría considerarse al “venerabilis inceptor” del tardo medievo como precursor o inicio de la filosofía moderna. En realidad, Ockham no era nominalista sino “conceptualista”, y esto mismo creo que podría decirse de Locke, algo que explicaré recordando el concepto clave de abstracción en ambos Ockham y Locke.
Para Ockham, no consistía ésta en una intuición intelectiva de los seres, como en Aristóteles, en la que nuestro entendimiento captara lo esencial de un ser, haciendo luego ulteriores abstracciones a partir de esa primera abstracción, sino que consistía en la formación de una esencia nominal que recogiese algunos rasgos comunes en diferentes seres, los cuales veía como semejantes en ese preciso sentido. Esto era un universal para Ockham. Falso es, pues, que Ockham negase los universales, como se enseña a veces en las aulas de filosofía, pues de hecho habla continuamente de ellos en su obra principal Summa totius Logicae, sino que su “conceptualismo “–que lo aleja de la tradición aristotélica- consiste en que esos universales no son abstraídos por el hombre, sino construidos por él.
Y es que lo llamado por Ockham abstracción es en realidad una construcción, pues es una elección de unas cuantas propiedades para formar con ellas una esencia nominal ¡tal como hacemos en ciencia! De hecho, los primeros conceptos construidos para estudiar la inicialmente llamada “filosofía natural” –y hoy llamada ciencia física- como el de movimiento uniforme, el de movimiento uniformemente acelerado, y el de velocidad media han nacido en el mismo lugar, Oxford , y en el mismo tiempo, primera mitad del siglo XIV, que el nominalismo, o mejor dicho conceptualismo, de Ockham en filosofía (habiendo acabado el anterior siglo XIII con un “doctor sutil”, el beato Duns Scotto, en ese mismo Oxford, quien ponía una esencia en cada existencia, gesto filosófico precursor de un Ockham que no consideró más esencias reales que las existencias mismas – identificación real de esencia y existencia que más tarde retomaría Francisco Suárez en los últimos capítulos de sus Disputationes Metaphisicae– consistiendo pues los universales en meras esencias nominales o construcciones humanas).
Para Locke, tampoco se da abstracción en el sentido aristotélico-tomista pues aunque no niega las sustancias, dice que son incognoscibles por nuestro entendimiento. La abstracción que se da en los modos mixtos es suma de las abstracciones llevadas a cabo en las ideas o modos simples, la cual no consiste sino en considerarlas separadas de los seres reales de los cuales proceden y de las otras ideas simples coexistentes con ellas en esos seres, así como la blancura expresa la abstracción del color blanco de un cuerpo concreto. Y sigue a ésta la abstracción de los modos mixtos en Locke –exactamente el tipo de abstracción de los conceptos científicos- lo cual es ya una construcción, no una abstracción, como en la Summa Totius Logicae del “venerabilis inceptor” de Oxford. Concluimos pues, de modo parecido a como lo hicimos con nuestra crítica a Descartes: nos encontramos de nuevo con el gesto gnosceológico de la ciencia donde se esperaba el gesto gnosceológico de la filosofía.
Terminemos con esta consideración, para no apartarnos del sentido común: 1) Conocemos que las cosas son (y hasta aquí Locke estaría de acuerdo, él no había perdido el ser). 2) Conocemos lo que las cosas son. 3) Nuestro conocimiento de lo que las cosas son no es exhaustivo, no agota lo que son. 4) El conocimiento que Dios tiene de lo que las cosas son sí es exhaustivo, agosí ta lo que son. Creo que éste es el sentido común de la filosofía medieval, y el que, en mi opinión, faltó a John Locke, influido, a mi parecer, por cierto ambiente de admiración hacia la claridad de la ciencia, precisamente en quien tanto sentido común habría de mostrar en su teoría política, inspiradora de una monarquía constitucional en Inglaterra.
Universidad Complutense de Madrid. SCS-España.



