Una persona que tiene una vocación específica dentro de la Iglesia católica posee un carisma. Un carisma es un don gratuito del Espíritu Santo para la edificación de la comunidad, el bien de las personas y la respuesta a las necesidades del mundo.
Los diversos carismas enriquecen a la Iglesia: el ignaciano, el contemplativo, el franciscano, el cisterciense, el benedictino, el agustino, Comunión y Liberación, los Focolares, los Carmelitas, La Consolata y el Opus Dei.
Quien posee un carisma dentro de la Iglesia no debe sentirse orgulloso de él, pues los dones recibidos no son para la autoexaltación personal ni para el beneficio individual, sino para abrir las manos en un gesto de servicio.
El Papa León es agustino y menciona muchas veces a san Agustín, ya que, cuando los carismas se viven con humildad y se ponen al servicio de los demás, promueven la paz.
Es bueno que quien tenga un carisma profundice en él para vivirlo intensamente; esto le dará una profunda sensación de seguridad, porque es ahí donde Dios le quiere.
Existe el peligro, señalado por el Papa Francisco (jesuita), de la autorreferencialidad. Por eso, es necesario mirar hacia un horizonte más amplio y responder a los desafíos que surgen del encuentro con el amor de Dios que se derrama.
La paz dentro de la Iglesia es la armonía del Espíritu Santo, ya que san Pablo decía que existen diversos dones que provienen del mismo Espíritu.
La diversidad enriquece y hace a la Iglesia universal y capaz de acoger a todos.





