Hoy se nos presenta una escena evangélica muy pintoresca. El domingo pasado —Domingo de Quasimodo— trataba sobre el encuentro entre Tomás y Cristo resucitado. Hoy vemos a Jesús acompañando a dos discípulos en su camino hacia Emaús, inflamando sus corazones y mostrando cómo fueron capaces de reconocerlo al partir el pan.
El Evangelio nos muestra la importancia de tener un corazón encendido. Solo un corazón inflamado por el amor puede verdaderamente reconocer a Cristo y redescubrir nuevas fuerzas: “A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron […] Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén”. Para que un corazón se inflame, debe ser inflamable y recibir la luz de una fuente externa. El corazón no se enciende a sí mismo.
Las lecturas de hoy nos muestran la disposición del corazón y cómo puede ser encendido. Un corazón en llamas busca comprender la fe, permite que la Palabra de Dios lo impregne. En el Evangelio vemos cómo Jesús hace una exégesis de sí mismo a los discípulos en el camino a Emaús. En su explicación de las Escrituras, inflama sus corazones: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”.
Los discípulos no comprendían plenamente a Jesús y hablaban de Él solamente como de un profeta poderoso en obras y palabras. Habían esperado que Él fuera quien redimiera a Israel, y el testimonio de las mujeres y de los otros apóstoles no fue suficiente para sacarlos de su depresión y decepción. Ante estos corazones abatidos que habían perdido la llama de la fe, Jesús explica entonces todo lo que se refería a Él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas. Los corazones deprimidos comienzan a recobrar vida ante la explicación que Cristo hace de sí mismo. Su fe y su corazón son renovados y reavivados.
La misión de Cristo al explicar las Escrituras a los corazones decepcionados de los discípulos que iban a Emaús continúa hoy. Esa misión continúa en law Iglesia, y esto es lo que vemos al apóstol Pedro hacer en la primera lectura y en su carta en la segunda lectura. Él explica la realidad de la resurrección, que es el fundamento de nuestra fe, en los Hechos de los Apóstoles: “Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: […] enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras». Pedro habla con autoridad; les pide que escuchen sus palabras. Luego utiliza el mismo método empleado por Jesucristo haciendo referencia a David: “pues David dice, refiriéndose a él: […] mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los Muertos”.
La autoridad para explicar las Escrituras de tal manera que los corazones se inflamen pertenece ahora a la Iglesia y a su magisterio. Lo que los apóstoles y las mujeres no pudieron lograr solo con su testimonio, Cristo les enseñó cómo hacerlo. El Magisterio de la Iglesia, la buena teología y la lectura de las Escrituras con la mente de la Iglesia son esenciales para inflamar los corazones.
Hoy las lecturas nos recuerdan que nuestros corazones deprimidos, faltos de fe y esperanza, pueden convertirse verdaderamente en corazones inflamables si dejamos que Cristo, Pedro y la Iglesia nos acompañen y nos expliquen el amor de Cristo por nosotros. Hemos sido liberados por amor, “no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo”, y eso es lo que inflama el corazón.



