Hay conversiones que surgen a lo largo de años o etapas de la vida. Sin embargo, Lucía Pastor, Lupa (Madrid, 1999), puede poner fecha y hora “a mi encuentro con Dios. La noche del 16 de octubre de 2021, ante una imposición de manos, recibí la plenitud de sentirme amada”, asegura a Omnes.
Su conversión es conocida en los ambientes de Effetá. Al preguntar por Lupa, la conversación surgió fácil, un viernes por la tarde. La joven diseccionó sus percepciones con más precisión incluso que la de san Lucas al contar la conversión de san Pablo en los Hechos de los Apóstoles.
“Hija amada de Dios”
Lupa afirma: “Fue como si un hilo de luz iluminase todo mi ser, desde la cabeza hasta la planta de los pies con un fuerte ardor en el pecho. Fue como si alguien entrase literalmente dentro de mí y me vaciase de todo dolor, miedo, angustia, vértigo y tristeza. Y en cambio, me llenó de esperanza, perdón, luz, paz y amor infinito. Una transformación interior pero física, en la que pude sentir percibir anímicamente cómo el Señor me transformaba”.
“Es imposible poner en palabras lo que sentí en aquel momento”, añade Lucía Pastor. “Le reconocí como Padre, y me sentí por primera vez, hija amada de Dios. Fue sin duda el día más feliz de mi vida”.
“Tenía un anhelo del corazón, pero no sabía rezar el Padrenuestro”
Justo después de su conversión, Lupa se fue a vivir a Roma, “una experiencia superbonita. Siempre decía que el Señor me había abandonado y me había alejado de toda mi familia, pero en realidad me había enviado a la ciudad con más iglesias por metro cuadrado. El de arriba sabía lo que hacía”, asegura.
Y volvemos a la conversión, el tema de nuestra conversación. ¿Hubo prolegómenos, o fue de golpe? “Pues fue como caerte del caballo. Siempre he tenido como muchísima sed de lo que yo veía en algunas personas que era una felicidad plena”.
“Es verdad que tenía una búsqueda de felicidad, de alegría, de amor pleno, pero no era consciente ni de que esto venía de Dios, ni que lo necesitaba. Era simplemente un anhelo del corazón”, añade. ¿Como san Agustín? “Sí, justo. Mi conversión fue en Effetá, es verdad que yo ahí le puse un nombre a lo que podía estar buscando, pues a lo mejor es la fe lo que quiero. Pero no fue intencionado ni algo buscado, fue completamente una caída del caballo”.
“Para hacerse una idea, yo no sabía el Padre Nuestro. Es verdad que mi madre tenía por costumbre, antes de irnos a dormir, rezar al Niño Jesús, yo tenía una Virgen en mi cuarto, pero más allá de eso, no recuerdo. Dios no estaba presente en mi vida. Mejor dicho, sí estaba, pero yo no le veía”.
Del sentimiento a la formación
“Y luego es verdad que a raíz de mi conversión, encontré mucho mi lugar en Hakuna, porque como no tenía bases teológicas, fue a través del sentimiento como conocí a Dios”, reconoce Lupa. “Entonces encontré en Hakuna esa continuidad, y ahí comenzó mi formación más teológica, conocer la Biblia, la vida de Dios…”.
“Ahora, mi balanza de fe está mucho más nivelada, no es tanto sentimiento y corazón, sino que tengo mucho más conocimiento y formación, de cabeza, involucro mucho el servicio y el trato a los demás. A día de hoy, se trata de seguir construyendo. Y no olvidarme de para qué vivo. Siempre digo que para tres cosas. Vivo para dar gloria a Dios. Dos, para dar importancia a lo importante, y tres, para vivir en verdad. Y creo que las tres significan lo mismo”.
“A nivel comunidad, sigo buscando dónde está mi lugar, y no pasa nada”, reconoce Lupa. “Estoy en unos talleres de Schoenstatt, leo muchísimo sobre los Jesuítas, he tenido mucho contacto con gente del Opus, estoy aprendiendo de todos lados, y el Señor me llevará donde me tenga que llevar”.





