Continuamos nuestra serie de artículos inspirados en la Teología del Cuerpo de san Juan Pablo II. En el artículo anterior reflexionábamos sobre una verdad fundamental que devuelve al cuerpo su verdadero lugar: el cuerpo es creación de Dios, es bueno y nos permite hacer visible el amor cuando le dejamos hablar su propio lenguaje. Gracias a él podemos vivir la comunión, la mutua donación y el servicio.
Sin embargo, surge una pregunta inevitable. Si estamos llamados a relaciones tan ricas, —filiación, fraternidad, amistad, noviazgo, matrimonio—, ¿por qué seguimos experimentando la soledad? Esta es la pregunta que nos acompañará en este segundo artículo.
Un fenómeno curioso
Muchos de nosotros hemos vivido esta experiencia. Termina una fiesta. Se apagan las luces. El teléfono deja de recibir notificaciones. Y aparece el silencio. No importa si tienes muchos seguidores en redes sociales, muchos contactos, o estás en varios grupos de WhatsApp. En algún momento todos experimentamos esa sensación interior que nos hace pensar: “estoy solo”.
A veces ese silencio es bueno. Puede ser un momento de paz para descansar o para concentrarnos. Pero, cuando la soledad se prolonga demasiado, puede convertirse en tristeza, desánimo o incluso llevarnos a buscar consuelos equivocados. Entonces surge una pregunta importante: ¿Por qué parece que existe una soledad “buena” y otra que nos pesa en el corazón? ¿Podría esconder esta experiencia una verdad más profunda sobre el ser humano?
Antes del primer abrazo
El libro del Génesis contiene una frase que ilumina mucho esta reflexión: “No es bueno que el hombre esté solo…” (Génesis 2, 18). Lo interesante es que estas palabras aparecen antes del pecado original, antes del sufrimiento humano. Esto significa que la experiencia de la soledad no nace simplemente como consecuencia del pecado. Por ello, san Juan Pablo II llamó a esta experiencia: “soledad originaria”. Un estado primigenio en que fue creado Adán.
Pero entonces surge otra pregunta: si la soledad puede ser dolorosa, ¿por qué Dios permitió que el hombre la experimentara? San Juan Pablo II explica que esta soledad no era ni puede pensarse como un castigo, sino como un momento de descubrimiento. Gracias a este estado primigenio, el hombre comprende quién es delante de Dios y del resto de la creación. Adán da nombre a los animales y se da cuenta de algo sorprendente: ninguno es como él. Ninguno dialoga con Dios. Ninguno puede decidir libremente. Ninguno ha recibido la responsabilidad de custodiar la creación. En esa experiencia, Adán descubre su propia dignidad. Comprende que no es una cosa ni un simple animal, sino una persona…
El descubrimiento de la comunión
Si continuamos la lectura del Génesis, encontramos lo siguiente: “Adán puso nombre a todos los ganados, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no encontró ninguno como él” (Génesis 2, 20). Y entonces sucede algo decisivo. Dios forma a la mujer y la presenta al hombre. Y Adán exclama con alegría: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Génesis 2, 23). Muchos teólogos ven en estas palabras de alegría la primera celebración matrimonial. Adán reconoce delante de sí a alguien igual en dignidad y, al mismo tiempo, distinto y complementario. Y es con este maravilloso evento, que el hombre descubre que su vocación no es la soledad, sino la comunión. Antes de ese encuentro Adán podía estar satisfecho con la creación…, pero aún no experimentaba plenamente la alegría de la comunión interpersonal.
El primer abrazo humano, por tanto, revela algo fundamental: hemos sido creados para el encuentro.
El remedio para la soledad
La experiencia de Adán sigue siendo reveladora para nosotros hoy. Cuando nos sentimos solos, generalmente solemos buscar algún tipo de relación. A veces llamamos a un amigo, chateamos con alguien. Otras veces intentamos llenar el vacío con distracciones: fiestas, redes sociales, entretenimiento… Pero muchas veces el sentimiento de soledad regresa.
¿Por qué?
Tal vez porque la soledad no se cura simplemente con interacción, sino con comunión auténtica: con la familia y los amigos cuando dedicamos tiempo y ofrecemos un cariño verdadero. En el matrimonio cuando vivimos la fidelidad, el cuidado mutuo y la entrega. En definitiva: en cualquier relación donde la persona se convierte en un don sincero de sí misma, como explica tantas veces san Juan Pablo II.
Por tanto, cuando nuestras relaciones se quedan en la superficie pueden distraernos por un momento, pero el corazón siempre seguirá buscando algo más profundo.
¿Cómo se ve la comunión real?
Podríamos poner muchos ejemplos. Todas las relaciones humanas tienen su modo auténtico de vivirse. Pero el Génesis nos ofrece una imagen muy clara en el encuentro entre Adán y Eva. El texto dice que “Los dos estaban desnudos, Adán y su mujer, pero no sentían vergüenza uno de otro” (Génesis 2, 25). Esto significa que sus cuerpos expresaban la verdad de su amor. No había dominio, ni utilización, sino reconocimiento mutuo y entrega. Adán veía en Eva a alguien distinto, pero igual en dignidad. Alguien a quien amar, no a quien poseer. Alguien con quien compartir la vida, no a quien dominar. Sus cuerpos hablaban el lenguaje para el cual habían sido creados: el lenguaje del don de sí.
¿Qué nos dice esto hoy? Que cuando experimentamos la soledad, el corazón no está pidiendo simplemente distracción, escapes. Está pidiendo comunión real. Se puede decir, entonces, que la soledad más que algo negativo como tal, puede convertirse en una señal que nos recuerda nuestra vocación más profunda: amar a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.
Por eso, cuando te sientas solo, quizá valga la pena detenerse un momento y preguntarse: ¿Estoy viviendo solo para mí mismo? ¿Mis relaciones se han vuelto superficiales? ¿Estoy dejando espacio a Dios en mi vida?
Y después de esa reflexión, lo mejor es pasar a la acción: llamar a alguien para saludarlo. Pedir perdón a quien aún guardamos resentimiento. Escuchar con paciencia a quien necesita ser escuchado. O simplemente hacer oración, en silencio. Todos estos pequeños gestos de amor pueden transformar la experiencia de la soledad. Porque cuando el amor se vuelve concreto, el corazón, el cuerpo y el alma, experimentan su alegría más profunda: la de haber sido creados y dados a la persona por Dios, no para la soledad, sino para la auténtica comunión.



