Evangelización

“La felicidad es como las placas solares, no se puede almacenar para uno solo”

Jaime Sanz recoge en un libro divulgativo sobre el camino de las Bienaventuranzas una ruta para ser feliz que parte de la entrega de uno mismo.

Jose Maria Navalpotro·25 de abril de 2026·Tiempo de lectura: 6 minutos
felicidad

“Quiero que la gente descubra que un cristiano no es un ‘pringao’. Es ser feliz”. Con esta idea, Jaime Sanz (Palencia, 1962) acaba de publicar en Palabra “No busques ser feliz, ¡consíguelo!”. Monseñor Jesús Sanz, en el prólogo, asegura que “el secreto de la felicidad más dichosa es el que se explicó en aquel Sermón de la Montaña”. Las Bienaventuranzas, como camino para ser feliz… también en lo humano.

Jaime Sanz, de igual apellido que su obispo, aunque sin parentesco, ejerce ahora su labor en la parroquia de la Sagrada Familia de Oviedo y como capellán del hospital. Doctor en Derecho, antes ha sido capellán universitario, en la Universidad de Navarra en Madrid, en la Escuela Deportiva Brafa y en centros de enseñanza. Ha publicado más de media docena de libros sobre matrimonio, vocación, escucha.

Ahora saca “No busques ser feliz, ¡consíguelo!”. El título suena un poco a libro de autoayuda, de vendehumo… 

-Sí, suena, suena, pero por eso tiene un subtítulo: “El camino de las Bienaventuranzas”. 

La idea es explicar a la gente que ser cristiano es ser feliz, o sea, que no es dejar de serlo, sino que realmente es buscar ser feliz.

Porque a veces existe la idea de que ser cristiano es apuntarte por si acaso existe algo, o un decir “mira, esto es lo que hay, pues resignación”. Pues no, ser cristiano es ser feliz a tope y disfrutar de la felicidad. Esta es la clave. Si uno no entiende esto, uno no entiende el mensaje cristiano de las bienaventuranzas.

¿Qué es el cielo? Pues la vida en la tierra llevada a su máxima expresión. No quiere decir que no haya cruz y contradicción, que las habrá, pero quiere decir que uno en la cruz encuentra al Señor y encuentra el motivo del dolor. Uno en la contradicción encuentra muchas veces que está como la Virgen al pie de la cruz, acompañando al Señor, con un dolor tremendo, pero con una serenidad que no es triste, sino que es alegría, como estaría la Virgen. 

Pero ¿dónde queda aquello que dijo Santa Teresa de Jesús de que la vida es una mala noche en una mala posada? 

-Ella lo dice refiriéndose, precisamente, a la tierra. Es decir, el cielo es muchísimo más. No porque esto sea un desastre. Es cierto que el mundo es muy complicado, estamos en una guerra, estamos con gente muy necesitada, la gente está desorientada. Es una mala noche en una mala posada, pero aun así es una maravilla. O sea, que si esto es una mala noche, ¿qué será el cielo? Nosotros vivimos con los pies en la tierra, pero la cabeza en el cielo.

Usted ha estado con universitarios, ahora en una parroquia y en un hospital. ¿Tiene experiencias directas de personas que experimentasen la felicidad precisamente por su fe? 

-Tienes la experiencia de los santos, la experiencia de Jesucristo. Hay un capítulo del libro que dice que Jesucristo fue el hombre más feliz del mundo. ¿Por qué? Porque cumplió la misión que el Padre le había encomendado. Esa misión es hacer la Redención. Y no fue fácil. Muere en la cruz, le condenan con un juicio injusto, y además le infligen una pena, como es la flagelación, que es de muerte. Una injusticia bestial. Pues el Señor muere absolutamente feliz.

Todo se ha cumplido, dice al final. Creo que es muy importante que entendamos esto, porque si no, no entendemos la vida cristiana. O sea, la vida cristiana es felicidad.

Algunos no creyentes acusan a los católicos de estar amargados por estar siempre pensando en la cruz. Y les parece que el mensaje de Jesús y su vida son historia de hace siglos. ¿Qué decir a los jóvenes que piensan eso? 

-Esa es la idea del libro. Hacer ver, primero, que la felicidad no está en tenerlo todo, o en darse todo tipo de placeres, o en el egoísmo de conseguir todo y vivir yo feliz y a los demás que los zurzan, sino que uno tiene la experiencia de que cuando ha sido más feliz, es cuando se ha entregado. La felicidad está en la entrega. 

La felicidad no se puede acumular. Aquí, encima de la parroquia [San Manuel González, en Madrid, donde se realiza la entrevista], tenemos unas placas solares, que sirven para autoconsumo. Cuando sobra la electricidad del sol que se ha generado, se manda a la red. No se puede acumular. Pues esto es lo mismo. La felicidad no la puedes acumular y guardarla para ti. Tienes que darla. En la medida en que tengas una entrega mayor, en esa medida tú haces felices a los demás y a tu alrededor hay más felicidad. 

Las bienaventuranzas son una especie de guía de la felicidad. 

¿También incluso a nivel humano?

-Sí. Tocan casi todos los palos. Tocan la pobreza, el hambre y la sed de justicia, la misericordia, la persecución, la limpieza de corazón, el dolor… Todas las situaciones tremendas por las que pasa el hombre se incluyen en las bienaventuranzas. Pero son oxímoron, porque son una contradicción.

Porque dicen cosas como “bienaventurados los pobres…” y eso no se entiende. Las bienaventuranzas no son un discurso teórico, sino que son un discurso de lo que el Señor ha vivido y que nosotros lo aprendemos de Él. Jesucristo no predica un evangelio teórico, sino que predica el evangelio que ha vivido y que han compartido los que han estado con Él. Son las bienaventuranzas en cierta manera el esquema de la vida del Señor.

Si uno las sigue, es cuando realmente es feliz. 

De todas las bienaventuranzas, ¿cuál es la más difícil de vivir?

-Quizá la de la mansedumbre, la de los mansos de corazón. Porque depende mucho del carácter. Y la mansedumbre se adquiere con el tiempo y la experiencia.

Es difícil ser manso cuando a uno le pisan un callo. La mansedumbre está en aceptar al otro como es, en querer a la gente, en saber comprender a los demás. Creo que es de las virtudes más difíciles, que requieren más tiempo.

En general la gente mayor suele ser más mansa. Yo tuve un caso en el hospital de un médico, que era un cardiólogo muy conocido. Tenía el corazón destrozado y estaba muy mal. Pasó meses en el hospital. Cuando ibas a verle, te contaba todas las novelas de Santiago Posteguillo que había leído, te hacía pasar un rato agradable con él. Impresionante. ¿Por qué? Porque vivía entregado incluso en esa situación de dificultad tan grande. Por ejemplo, pidió que no le dieran analgésicos y que no le pusieran morfina al final, porque quería ofrecer los dolores al Señor.

Fue un ejemplo en el hospital. Todas las enfermeras, los médicos de la planta, los sacerdotes que le íbamos a ver, estábamos realmente emocionados. 

¿No corremos el peligro de que estas bienaventuranzas parezcan un poco utópicas? Es decir, un ideal, pero inalcanzable. 

-Ese peligro lo corres si no las vives.

Si tú procuras de verdad ser pobre, la pobreza de espíritu, desprenderte de las cosas, abrazarte a los valores que realmente merecen la pena. O si tú procuras ser misericordioso, sabiendo perdonar siempre y olvidar, y perdonar enseguida, bueno, pues entonces no es nada teórico, es una realidad práctica. 

Monseñor Jesús Sanz, mi obispo, el de Oviedo, en el prólogo, dice que las bienaventuranzas son como un balcón al que uno se asoma para ver lo que tiene que vivir de la vida de Cristo, y entonces luego aplicárselo. O sea, es contrastar la vida de Cristo con nuestra vida, como dice Catecismo.

En el libro habla mucho de felicidad. ¿Cuál es el mayor enemigo de la felicidad?

-El egoísmo, sin duda alguna.

¿Qué aporta este libro? Porque hay un millón de libros sobre las bienaventuranzas.

-Lo que aporta es, en primer lugar, una visión moderna, actual, en lenguaje divulgativo, de las bienaventuranzas.

Yo intento divulgar las cosas más elevadas de manera sencilla a la gente de hoy. Estoy en contacto con mucha gente, estoy en la pomada, porque estoy con universitarios, en el hospital con los que sufren, en una parroquia más pobre que Vallecas, en Oviedo, en el barrio de Ventanilles, que es lo más pobre de entre los pobres. 

Cuando venía para acá, me ha llamado una señora. Me dice que quiere hablar conmigo porque tiene tres hijos, le han echado del piso, no tiene vivienda, no tiene dónde dormir, no sabe qué hacer. Le he dado unas soluciones provisionales, y ya hablaremos la semana que viene. Eso es la bienaventuranza real, eso es lo que uno tiene que aprender a vivir. 

Es darse cuenta de que es posible vivir así, que es posible llevar una vida cristiana hoy, tal y como están las cosas, y en el ambiente en el que uno se mueve. No hace falta irse a Sudán del Sur, sino que en tu ambiente puedes vivir en plenitud las bienaventuranzas. Pero sin quedarse a medias. Quedarse a medias es una apuesta por la infelicidad. Es un quiero y no puedo. Es como decir que podrías haber comprado el billete de lotería al que ha tocado el Gordo, pero no lo compraste porque eras un rata. 

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