Uno de los muchos aspectos que asemejan a León XIV al Papa Francisco es la cercanía con la gente que ha manifestado, como tuvimos ocasión de ver en el aniversario de la elección del Papa. Mientras los medios de comunicación dedicaban largos artículos a evaluar su primer año como Pontífice, León XIV decidió pasar ese día en Nápoles.
La ciudad es una maravilla de vida y color, donde las callejuelas se entrelazan a la sombra de la ropa tendida y en cada esquina hay imágenes de la Virgen adornadas con velas y flores o pequeños homenajes a Maradona, también con velas y flores. En esta maravillosa y caótica ciudad pudimos ver al Papa saliendo al encuentro de la gente, acercándose a los lugares donde vive la fe el pueblo napolitano.
Visitó primero el santuario de la Virgen de Pompeya en el día de su fiesta, para después acudir a la iglesia donde se custodia la reliquia más popular de la urbe, la sangre de san Jenaro, que cada año se licúa en un fenómeno de gran relevancia y que, según los más supersticiosos, es la garantía de que en ese año no habrá grandes desgracias. Dio una bendición con la reliquia y después se dirigió a una de las plazas más emblemáticas de la ciudad para un encuentro con más de cincuenta mil personas.
Un episodio peculiar pero que manifiesta la personalidad de los napolitanos y la sencillez del Papa sucedió en varios puntos del recorrido, en los que distintas personas quisieron regalar una tradicional pizza al Santo Padre. Dos de estas personas consiguieron acercarse al papamóvil y entregar sus creaciones a León XIV, una de ellas con su nombre escrito sobre la pizza y la otra con un diseño de la imagen del Papa sobre la masa. Ambos fieles fueron recibidos por él con la sonrisa del pastor que ama a sus ovejas y se divierte con sus gestos de cariño.





