La trampa del victimismo: ¿por qué el creyente se siente más perseguido de lo que lo está?

Hay mucho que aprender de conversos como Ana Iris Simón o Ernesto Castro y la novedad con la que ven muchos aspectos al cristianismo.

27 de julio de 2026·Tiempo de lectura: 4 minutos
victimismo

La semana pasada, en el Observatorio de lo Invisible, Ernesto Castro relataba con su habitual ironía su experiencia tras su reciente bautismo. Esperaba, decía, hostilidad, sospecha, algún tipo de ataque a la altura del paso que acababa de dar. En vez de eso, se encontró con una vida cotidiana que seguía funcionando exactamente igual. Bromeaba con que aún estaba esperando “los estigmas”, preguntándose en tono de humor qué había hecho mal para no ser perseguido.

Unos meses antes, Ana Iris Simón —también conversa reciente, criada en una familia atea— contaba algo parecido en el Congreso de Católicos y Vida Pública. Lo que le sorprendía era el pesimismo que muchas veces encontraba entre los creyentes, pues encontraba un discurso oscuro y desesperanzado que chocaba con lo que ella misma sentía. Viniendo de un ambiente ateo que describía como “frío”, la comunidad de fe le resultaba, en comparación, cálida.

Ambos testimonios apuntan a la misma paradoja: quienes llevan tiempo dentro de una comunidad —sea religiosa, política o de cualquier otro tipo— tienden a sentirse más asediados y a percibir su entorno de forma más sombría que quienes acaban de llegar. El recién llegado, con su mirada sin estrenar, capta con más nitidez tanto lo bueno del lugar como la desproporción del pesimismo ambiental. Esto no es una impresión aislada de dos intelectuales conversos, es un patrón que la psicología social lleva décadas documentando.

La adaptación borra lo bueno y deja lo malo

El primer mecanismo relevante es la adaptación hedónica de Harry Helson: cuando un estímulo se mantiene constante, deja de generar la misma respuesta emocional. Para alguien que lleva toda la vida en una comunidad, lo bueno de pertenecer a ella —el consuelo, el sentido, la compañía— se ha vuelto invisible por costumbre. 

Lo que sigue destacando, en cambio, son los roces, las críticas externas y los conflictos. El converso, al no estar acostumbrado a muchas cosas, percibe el contraste completo: nota lo cálido del entorno con la misma intensidad con que un veterano ya no lo nota.

El sesgo de negatividad: lo malo pesa más

A esto se suma lo que Roy Baumeister y sus colegas descubrieron: los eventos, comentarios o amenazas negativas dejan una huella psicológica más profunda y duradera que los positivos de magnitud equivalente.

Este sesgo de negatividad hace que una crítica hostil hacia la fe, o una noticia negativa sobre la institución, pese mucho más en la memoria y en el estado de ánimo colectivo que decenas de interacciones neutras o amables. Quien lleva años expuesto a ese goteo de negatividad —debates, titulares, comentarios en redes— acumula una sensación de asedio que no se corresponde necesariamente con la frecuencia real de la hostilidad, sino con su intensidad emocional.

Ver enemigos donde el otro ve indiferencia

Existe además un fenómeno muy bien documentado llamado “efecto de los medios hostiles”, descrito originalmente por Vallone, Ross y Lepper en 1985. En su experimento clásico, partidarios y detractores de una misma causa veían el mismo material informativo y ambos bandos, de forma simétrica, lo percibían como sesgado en contra de su propia postura.

Así se explica que las sensaciones ante un mismo partido de fútbol sean tan diferentes entre los dos equipos. ¿Entendemos ahora por qué los argentinos se han sentido injustamente tratados en el mundial?

Trasladado este sesgo a los asuntos de fe, se entiende cómo cuanto más identificado está alguien con su grupo, más tiende a interpretar la actitud ambiental general —el tono de la conversación pública, la cultura popular, la sociedad secular— como sistemáticamente hostil, incluso si esa sociedad es en realidad mayoritariamente indiferente. 

La destrucción de un corazón cristiano

Ninguno de estos mecanismos implica que la hostilidad hacia los creyentes no exista, ni que las críticas a la Iglesia carezcan de fundamento en algunos casos. Lo que sugieren estos experimentos es que la intensidad con la que uno percibe el asedio no es un termómetro fiable de la temperatura real del ambiente, sino el resultado de un conjunto de sesgos cognitivos —adaptación, negatividad, identificación grupal— que actúan con más fuerza cuanto más tiempo se lleva dentro. 

Por eso, paradójicamente, a veces hace falta la mirada de quien acaba de llegar para recalibrar la de quien lleva toda la vida ahí. 

Vale la pena detenerse, en algo que no es solo un problema de percepción errónea sino un problema espiritual: estos mismos sesgos, cuando se instalan en el corazón, hacen materialmente más difícil vivir el núcleo del mensaje cristiano.

El mandamiento de amar al prójimo presupone, como mínimo, ver al prójimo como alguien capaz de ser amado y de amar. Pero si los sesgos negativos han ido construyendo la sensación de que ese prójimo concreto —el vecino secular, el compañero de trabajo que se burla, la cultura ambiental en general— es fundamentalmente hostil, entonces el amor al prójimo deja de sentirse como un mandamiento exigente y empieza a sentirse como algo directamente contradictorio con la propia supervivencia emocional. 

El sesgo no elimina el mandamiento, pero lo vuelve psicológicamente cuesta arriba de una manera que probablemente no le corresponde a la realidad.

Algo parecido ocurre con la alegría y la esperanza, que en la tradición cristiana no son un añadido opcional sino una señal distintiva —san Pablo insiste en la alegría incluso en la cárcel—. Si la atención está permanentemente capturada por los episodios de rechazo, esos pocos momentos vívidos de hostilidad terminan pesando en la memoria mucho más que los mil momentos neutros o buenos que hay alrededor. El resultado es un cristiano que, sin proponérselo, vive instalado en un estado de ánimo defensivo y sombrío, precisamente lo contrario de lo que su propia fe le pide encarnar ante los demás. 

La desesperanza que percibía Ana Iris Simón al entrar en ambientes eclesiales es la consecuencia directa de que estos sesgos, no corregidos, acaban ocupando el lugar que debería ocupar la esperanza.

Nada de esto es una acusación ni un motivo de culpa: son sesgos humanos, comunes a cualquier grupo y como tales no se resuelven con fuerza de voluntad sino con conciencia de que existen. 

Precisamente por eso la mirada del converso reciente —la de un Ernesto Castro que espera estigmas y no los encuentra, la de una Ana Iris Simón que encuentra calor— puede funcionar como una gracia útil para el que lleva tiempo dentro: un recordatorio de que el prójimo, visto sin el filtro acumulado por años de sesgo, suele ser mucho más amable de lo que la memoria selectiva quiere hacer creer.

El autorJavier García Herrería

Redactor de Omnes. Anteriormente ha sido colaborador en diversos medios y profesor de Filosofía de Bachillerato durante 18 años.

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